By Rincón Literario
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Autor: Jeanny Chapeta

Algo metálico cae rebotando ruidosamente en el piso y me despierta… Con lo que me cuesta conciliar el sueño, pienso. Abro los ojos pero tardo unos segundos en acostumbrarme a la luz blanca y densa de la habitación. Como en sueños me llegan los quejidos; algunos son míos. Me duele todo mientras intento incorporarme.

A lo mejor hoy sí, me repito confiado, pero mi cuerpo me recuerda que a lo mejor hoy no. Más despierto, me acomodo la almohada tras la espalda y veo a mi alrededor: muchas camas a la derecha, muchas camas a la izquierda. Mi vecino del lado derecho está dormido. Mi vecina del lado izquierdo ya no está. Quisiera preguntarle a alguna enfermera si sabe de ella, pero descubro (sin sorpresa) que no puedo articular palabras. Me quejo un par de veces, mientras me acomodo en mi cama (mía desde hace un par de semanas y mía hasta que mi cuerpo decida querer vivir de nuevo) para volver a quedarme dormido.

La siguiente vez que despierto, la densa luz blanca ha desaparecido y en su lugar veo por todas partes las luces rojas, verdes y azules de los aparatos que miden el pulso o los sueros; el resto es oscuridad y sombras. Escucho un quejido cercano. Es mi vecino. Le pregunto si necesita algo (el descanso me hizo muy bien porque ya tengo voz)  y angustiado me responde que no encuentra las pilas de su radio. Mejor, porque mi vecino todo lo que hace es dormir de día y cantar y quejarse de noche.

Quiero volver a dormir así que le digo que espero que las encuentre y me doy la vuelta. Mi vecino susurra “gracias”. Sigue quejándose y buscando a tientas en su cama las baterías. Lo escucho llorar un rato después. Me da compasión y me decido a ayudarlo. De todas formas no tengo tanto sueño.

Siento mi cuerpo mucho más aliviado y compruebo que puedo moverme con más libertad. Trato de sentarme. Después de terribles esfuerzos lo logro, aunque el sudor perla mi frente. Me limpio con la sábana y me incorporo como puedo. Tomo mi bolsa de suero y bajo de la cama por las gradas metálicas. Su frío me enjuta la piel. Detesto ser viejo por la poca piel que me queda para cobijarme. A tientas llego al espacio de mi vecino y lo ayudo buscando en la orilla. Le doy la vuelta a la cama y tropiezo con algo pequeño. Me agacho, y aunque siento que mi espalda va a romperse,  encuentro lo que me despertó por la tarde: las dichosas pilas. Se las entrego. De inmediato las coloca en la radio. Vuelvo a mi cama, pongo el suero en su base y trato de descansar un poco, pero no lo logro.

Mi vecino tiene ganas de hablar, y mientras encuentra el programa que me ha hecho escuchar toda la semana que ha estado aquí, me habla de su familia. De su hija la guapa. De sus nietos tan feos porque se parecen al papá. Dice que no sabe si van a venir. Que a lo mejor y mañana sí. Que siente que se va a morir y que van a venir solo por su radio. Que qué bueno que tiene su radio. Que si no fuera por eso se moriría solo. Deje de prestarle atención, cosas de viejo, pienso, pero no le digo nada; solo asiento. Carraspeo un poco para que sepa que lo escucho. Al fin encuentra su emisora y lo escucho cantar, olvidándose de que existo, que es de noche y que los demás queremos dormir.

Me acomodo en mi cama y veo al techo. La voz de mi vecino se confunde con la de los otros enfermos que se quejan como si cantaran. Somos pájaros moribundos en una jaula que huele a medicina, pienso, sonriendo. Sonreír hace que me den ganas de ir al baño. No quiero que vengan a limpiarme, así que busco a tientas de nuevo el suero y me bajo, sudando, mugiendo y temblando de frío, al pasillo de los baños. Escucho a mi vecino cantar. Me gusta su voz. Me desespera que cante. Sus susurros rebotan en este lugar tan horrible y me recuerdan que todos estamos solos y que lo más probable es que no salgamos de aquí. No entiendo cómo puede alguien cantar teniendo tan poca esperanza. Como puedo me hago a un lado la bata y me quito los incómodos pañales. Sigo escuchando ecos de gemidos y la voz de mi vecino. No he podido calcular su edad y no creo que importe mucho saberla. Me alivia pensar que es mayor que yo.  El frío de la loza de baño me duele en el pelo. Al menos no tardo mucho. Pararme es otra historia. De nuevo me escucho mugiendo de dolor; me repito a diario que odio ser viejo. Ya de pie me pongo los pañales como mejor puedo y camino de vuelta, despacio, tocando las paredes, hasta encontrar el pabellón de emergencia. Me guío por el sonido de la radio de mi vecino, que ya no canta, para llegar a mi cama.

Escucho una, dos, tres canciones. Me estoy quedando dormido cuando escucho una canción familiar que ya he oído muchas veces en la voz de mi vecino. Siempre la canta a esta hora porque en su programa la han puesto todos los días. Espero un rato y nada. Mi vecino no la está cantando. Me aclaro la voz y le pregunto si está bien. Me responden sin querer otros quejidos, pero no el suyo.

Me asusto y bajo en dos saltos de la cama. Se me olvida que la espalda me estalla y que tengo frío. Voy a su cama y lo toco. Está quieto. Dormido. Así parece. Pongo mis dedos en su nariz: nada sale. Nada entra. La radio sigue como si nada y la canción está a punto de terminar. Le toco el cuello. Nada se mueve. Le toco la cara. La penumbra no ayuda. Me topo con sus pestañas y casi toco su ojo izquierdo descubierto de párpado. Se habrán quedado abiertos, pienso. Escucho mi corazón saltándome por todas partes. La canción termina. Busco a tientas la radio y la apago. La llevo a mi cama como a una muerta. Cierro los ojos y me duermo de inmediato. Por la mañana, ya no está mi vecino. Dando un vistazo me pregunto quién se habrá dado cuenta. Nadie tiene cara de aflicción. De nuevo, estoy cansado. Me quiero dormir. Alguien me toca. Una mujer muy guapa me saluda. Con los ojos tristes y brillantes me pregunta si conocía a su papá y respondo, volteando a la derecha y viendo la cama vacía, que sí. Me pregunta si he visto la radio que él llevaba. Le digo que sí, pero que ayer no encendía, que no supe más de ella. Se murió solo, dice –guapa y triste– y sale llorando. Por la noche, a escondidas, enciendo la radio y tarareo algo. Ojalá que la muerte me encuentre cantando.

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