By Martín Berganza
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Martín Berganza / Opinión/

Llevamos poco más de un año de presenciar la mayor tragedia absurda de nuestros tiempos: el ascenso de Donald Trump y la posibilidad latente de que presida el gobierno más poderoso del planeta. Pocos latinoamericanos ven a Trump con buenos ojos, por una buena razón: representa el desprecio y hostilidad norteamericana al latinoamericano común, bueno, a la población mexicana que representa la mayoría de la población latina en Estados Unidos, despreciando el sacrificio que hace el migrante normal y criminalizándolo como violador, holgazán y delincuente.

La mayoría de medios estadounidenses que consumo, son de orientación liberal social (la izquierda estadounidense cuyo liberalismo hegemónico lo condiciona como “izquierda” pese a no ser una izquierda opuesta al capitalismo) y se han encargado durante buena parte de la campaña a reportar con minuciosidad los exabruptos del millonario neoyorquino. Buena parte de los medios derechistas han tenido reservas al apoyar abiertamente a Trump, representando para ellos una afrenta a algunos de los valores  principales del conservadurismo estadounidense de sobriedad, control y respeto junto con el hecho de expresar admiración por uno de los principales rivales geopolíticos estadounidenses como lo es Vladimir Putin. Al día de hoy, ningún diario estadounidense de orientación liberal o conservadora ha apoyado a Donald Trump, prefiriendo apoyar a Hillary Clinton como es el caso de The Arizona Republic, o bien, se decantan por apoyar a Gary Johnson, candidato del partido libertario (por ejemplo, el Chicago Tribune).

Al 2 de octubre, el promedio hecho por el sitio Real Clear Politics  de las encuestas presidenciales publicadas por los medios de comunicación, situaba a Hillary Clinton con una ventaja del 2.5% ante Trump. Esta cifra podría incrementarse en vista del reciente escándalo destapado por el New York Times, en el cual, según un formulario de impuestos que fue filtrado a dicho medio, Trump utilizó las lagunas legales del Código de Rent Interna  para declarar una pérdida de 915 millones de dólares, resultando en una deducción significativa de impuestos.  Si bien es una práctica común y hasta esperada que los multimillonarios estadounidenses evadan impuestos gracias a sus ejércitos de abogados y contadores, refleja mal a un candidato que se ha rehusado categóricamente a revelar su declaración de impuestos siendo una práctica tradicional estadounidense, con el pretexto de que el Servicio de Renta Interna lo está auditando (lo cual no quita la posibilidad de que lo haga).

Este último, es solo el más reciente y quizás el más sorprendente de una serie de escándalos que ha plagado a la campaña del candidato republicano.

Hillary Clinton, en cambio, es percibida justamente como candidata del establishment. Esposa del expresidente Bill Clinton, Senadora por el Estado de Nueva York y Secretaria de Estado durante el primer período presidencial de Barack Obama. Clinton ha formado un impresionante capital político, siendo representativa del ala democrática moderada y representa una opción poco apetecible para la  oposición republicana que, pese a la vulgaridad y explosividad de su candidato, la percibe como una sucesora de las políticas de Barack Obama. A Clinton también le pesa el escándalo de la utilización de un servidor personal de correos mientras fungió como Secretaria de Estado, así como las donaciones hechas a la fundación Clinton mientras ocupaba el cargo, especulaciones que fueron hechas para comprar influencia. Mal que bien, como se ha discutido extensamente en los medios liberales estadounidenses, el ser mujer le ha traído como consecuencia un nivel de escrutinio y exigencia poco visto en candidatos masculinos. Se espera que Clinton se adhiera al ideal de la moral protestante estadounidense, pero que sea lo suficientemente agradable como para aparecer maternal (que nunca ha sido fuerte de Clinton) y que, encima sea capacitada para el cargo y que todavía ha recibido críticas por estar “sobrecapacitada” (como si tal cosa fuera negativa[1]).  En suma, su candidatura lucha contra un movimiento conservador que reacciona ante las recientes victorias de la administración de Obama en cuanto a salud, así como en temas sociales o en la reciente constitucionalización del derecho de las parejas homosexuales a contraer matrimonio.

Esta compleja lucha electoral estadounidense, es un buen termómetro para el cambio de época que se vive en el mundo occidental: el divisionismo dentro de las izquierdas y derechas establecidas, dando lugar al auge de políticos populistas, tanto de izquierda como de derecha.  No sabemos qué representaría para Guatemala un gobierno de Trump, pero la política exterior estadounidense de Obama fue iniciada por Clinton. No es descabellado asumir que los estadounidense continúen con los mismos objetivos estratégicos de Obama bajo Clinton. La política estadounidense hacia Guatemala es de lo poco que ha prevenido una cooptación aún más completa, descarada y violenta de los diferentes grupos mafiosos que luchan por el poder a nivel local.

Por el momento, es conveniente que esa política continúe aunque sus efectos a largo plazo en el país son completamente inciertos.

[1] http://video.foxbusiness.com/v/5064162136001/is-clinton-overqualified-to-be-president-/

Imagen: Unsplash

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Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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