By Antonio Flores
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La sociedad guatemalteca pareciera no cansarse de estar a la vanguardia de lo absurdo, somos ese lugar donde la vida es tan ambivalente y bizarra que pareciera sacada de una novela, una serie, película o hasta algún cómic. Nuestra realidad siempre supera a cualquier historia de ficción que pueda imaginar, lo cual a veces no tengo idea si es demasiado bueno o extrañamente malo. Guatemala es esa singularidad en el espacio y tiempo, donde por más que tratemos de celebrar y vivir la diversidad, somos incapaces de vivir en armonía, tolerancia y amor. Allí estamos, buscando como estar pendientes de las cosas que contrarias a nuestra verdad, para demostrarles “que se equivocan” y deben allanar sus senderos para llegar a la verdad que nosotros conocemos.

Como individuos y/o sociedad, presentamos el mismo patrón de comportamiento,  parece que nuestra necesidad de tener siempre la razón es más grande que nuestra búsqueda de paz.

Entre nosotros, abundan aquellos con el ego muy grande y una empatía muy pequeña, capaces de desestabilizar la armonía de todo contexto, por más sencillo, sagrado o cotidiano que este sea. Esta actitud se ha visto asociada generalmente a los creyentes religiosos, que suelen verse enfrascados en luchas para defender dogmas, templos o imágenes; muy a pesar de que seamos un país con expresiones culturales fuertemente arraigadas a la fe, las cuales no son sino una muestra de lo diversa y dispar que es nuestra sociedad.

Para entender estos comportamientos, primero hay que entender que cada persona es un mundo, pero también somos máquinas de creencias, moldeadas a través de la experiencia y lo cotidiano en nuestras vidas. Por eso, cuando hallamos consuelo o respuestas en nuestra fe, las interiorizamos y asumimos como programas mentales que nos repetimos hasta procesarlo y verlo como algo propio, como un objeto que debe ser defendido a capa y espada. Forma parte de nuestra psique (ego), el cual de por si ya es un mosaico de variadas y férreas creencias que hemos moldeado a nuestra conveniencia, a tal punto de querer tener la razón, cueste lo que cueste.

Si bien es sano que todos tengamos nuestras propias creencias, verdades u opiniones, que cada uno ha ido descubriendo con el tiempo y a través de la experiencia, para forjarnos una identidad y definición propia ante la vida, hay que tener mucha precaución de no caer en un circulo vicioso que no contempla la diversidad. Hay que evitar encerrarse en la premisa subconsciente de “mi verdad, es la única verdad que cuenta” y desde los sesgos de nuestra mirada, juzgar a los demás por vivir/creer distinto.

Por lo tanto, si analizamos lo sucedido con la procesión de la vulva en los últimos días, podemos entender que no es más que un reflejo de la inmadurez emocional que tiene nuestra sociedad, para enfrentarse al cuestionamiento de todas las cosas que ha tomado como normales. Aquella certeza de que todo lo que estamos haciendo es bueno, justo y verdadero, según algunos, esta siendo amenazada por una piñata de vulva en hombros de mujeres manifestantes. No son capaces de reconocer el significado de la protesta, el trasfondo del mensaje y los motivos que tienen: hacer un llamado a la reflexión de nuestros arquetipos sociales machistas y excluyentes. La indignación es un reflejo de la incapacidad para interpretar la realidad, cuando nuestras creencias hayan su sustento en costumbres, textos o imágenes, pero no en el mensaje dignificador y de amor con el cual fueron concebidas, en su mayoría, las religiones.

Nos volcamos en la defensa de un pensamiento donde las imágenes, templos, textos y tradiciones son sagradas, pero no las personas y sus derechos, sueños, seguridad o dignidad.

Por ende, es más probable que la religión se haya vuelto una proyección del ego de los creyentes y no un sitio seguro para el amor, la expresión, la búsqueda, el consuelo y la paz. Pareciera que aquellas premisas sobre la diversidad, los enfoques y perspectivas de pensamiento, donde la vida y las personas encuentran su máxima belleza y expresión, fueron sustituidas por la necesidad de tener la razón. En estos senderos de necedad y dogmatismo interminable, hemos dejado poco espacio para el amor, para descubrir quienes somos y a qué pertenecemos. Somos diligentes para responder, pero no para escuchar. Quizás y estemos dando respuestas a preguntas que ni siquiera nos estén haciendo.

El mundo es enorme, y allá afuera hay lugar para tantas cosas, que pueden ser de nuestro agrado o no, por qué todo un mundo forjado a través del tiempo y la Historia no será otra cosa que diverso. Seremos capaces de apreciarlo, contemplarlo y compartirlo solo si reconocemos en el otro nuestra misma búsqueda de respuestas, amor, respeto y pertenencia. Debemos ser capaces de conectarnos a los demás, de ser sensibles, respetuosos y hábiles a la hora de crear entornos más armónicos, que nos conduzcan al amor y alejen del miedo.

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Vuelo bajito por la ciudad... contemplo y comparto lo contemplado. Creo en el amor, busco la verdad, luchó por la justicia y disfruto la amistad; eterno aprendiz, estudiante, amigo, hermano, bata blanca. Tratando de tranformar la eterna primavera.

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One Comment
 
  1. Mujer con salud / 20/03/2018 at 04:14 /Responder

    Eso es verdad, te doy la razon en que el ser humano es cabezon por naturaleza y es raro encontrar alquien que prefiera vivir en armonia!!

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