By Brújula
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Instituto de Investigación y Proyección sobre Economía y Sociedad Plural (IDIES)/

El 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer. Una fecha que no es casuística, pues es emblemática de la lucha de las mujeres por el reconocimiento de sus derechos[1]. Es por ello que el presente boletín hace énfasis en los retos de género para la inclusión social.

Entre los retos hacia la construcción de un modelo económico para la inclusión social está resolver la deuda con el 51 por ciento de la población mundial: las mujeres. Las brechas y barreras de género constituyen una dimensión de las exclusiones, a las que no escapa Guatemala, que limita las posibilidades de desarrollo de las mujeres.

Un factor que ha determinado la exclusión de las mujeres es la división sexual del trabajo, estructurada a nivel global, que les asigna a ellas las actividades reproductivas no remuneradas y a los hombres, las que son remuneradas; lo primero en el ámbito privado y lo segundo, en el ámbito público. De esto se deriva una construcción social que, en el imaginario colectivo, ha asociado a las mujeres con el espacio doméstico, las actividades no remuneradas y la subordinación; mientras lo público, el reconocimiento económico y la toma de decisiones se han considerado atribuciones masculinas.

Lo anterior ha fundamentado históricamente destinos diferentes para mujeres y hombres en una sociedad en la que, hoy por hoy, el sexo aún influye en el acceso al poder y a los recursos. Las brechas de género se observan en todos los ámbitos de la sociedad: en lo económico, en lo social, en lo cultural y en lo político, tanto a nivel de cargos públicos como los de elección popular las mujeres aún constituyen minoría.

En el caso de Guatemala, el desarrollo de las mujeres adolece de numerosos rezagos, que deben ser analizados en su complejidad.

En educación, por ejemplo, aún no se logra igualdad en la tasa de matriculación, a pesar de que se registra un mayor logro educativo entre las mujeres. Esta situación contrasta con el limitado acceso al mercado de trabajo, sobre todo a un empleo formal y una menor remuneración para ellas en dicho mercado.

Las exclusiones de género subyacen en las lógicas cotidianas: la división sexual del trabajo, las relaciones de poder y la responsabilidad del trabajo de cuidado que recae en las mujeres, por ejemplo. Al ser utilizadas como instrumento de poder masculino, dichas lógicas refuerzan los círculos de dominación y opresión, que afectan más a determinados grupos de mujeres, particularmente aquellas que habitan en el área rural y más aún si son indígenas.

De ahí que las brechas de género, por lo general, se profundicen y refuercen en el área rural y en grupos indígenas. Es por ello que las mujeres indígenas del área rural cargan con el mayor peso de las exclusiones y de la pobreza.

Frente a la situación descrita, se ha observado también rutas para el desarrollo de las mujeres; la más visible está en la educación, que ofrece posibilidades transformadoras: en los últimos años se han reducido las brechas en los años promedio de escolaridad entre mujeres y hombres jóvenes. Así también, es importante el papel de las instituciones, por la posibilidad de promover procesos de empoderamiento e incidencia desde el nivel local.

Tanto el Estado como el mercado, las instituciones sociales, las organizaciones y la Academia tienen un papel y una responsabilidad importante para lograr la inclusión. Es importante, por lo tanto, fortalecer su papel, así como también la transformación de los marcos de política y legales de manera que propicien la equidad de género.

[1] El 8 de marzo se conmemora

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