By Rincón Literario
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Francisco Juárez / Corresponsal / 

Viene de Mañana el vacío parte I. 

No, no son calles de tierra las que le tocó vivir. Rey recorría caminos grises y sucios, negros de tanto vivir, de tanto ser transitados por miles de cuerpos y llantas y suelas y pies descalzos.

Aún sabiendo que aquella ciudad se derrumbaba por dentro Rey no lograba salir de ella. Ignorante, inútil, lisiado de aquella libertad del campo y las montañas que a otros hombres les ha tocado vivir.

– ¿De qué sirve llorar tanto? Allá donde muere el camino podría llegar únicamente si otros me llevaran sobre sus manos. Me parece imposible ya ser otro, aquí estoy, bajo este techo, aún cuando al abrir la puerta de la casa sepa que al alcance de mi mano está la bastedad del mundo, sé que el final me llegará sin siquiera haberme atrevido. No, de nada sirve llorar aunque a veces me haga olvidar el horror de esta ciudad. Su brutalidad ciega me acongoja, su gris, sus ventanas sucias, su sol alto y abrazador colándose entre mis manos –pensaba.

Estaba solo aun en medio de las multitudes. Es allí donde se encontraba fundamentalmente solo. Aquella noche de mayo los acontecimientos se precipitaron de forma asombrosa y demencial y Rey no tuvo forma de prevenirlos o tan siquiera adivinar lo que sucedería.

Todas las noches parecían la misma noche, para un hombre solitario todas las noches son la sucesión de tristes reflejos que la pálida luz derrama sobre los objetos que le rodean. La misma luz, los mismos objetos. La luz blanca y distante de la luna, en la inmensa bastedad, contrastaba contra la oscuridad que abarcaba la calle, ni siquiera el fulgor amarillo de los focos del alumbrado eléctrico salvaba esa oscuridad.

Es posible que Margarita fuese tinta indeleble sobre su cuerpo, sobre sus actos. Había transcurrido diez años de su muerte y a pesar de que su nombre no salía de sus labios tras cada pensamiento y cada sin razón su ausencia los marcaba irremediablemente y fue por esta razón que a la semana de su muerte Rey decidió irse a vivir solo.

Su familia le parecía ya un cuadro distante, ajeno, borroso, como sumido en una niebla que apenas permite ver los objetos si se entrecierran los ojos.

Rey volvió a aquel restaurante cercano al parque. Pagó lo consumido la ocasión anterior, presentó sus disculpas. Como era temprano y hacía una linda tarde se dispuso a observar la calle a través del mismo ventanal, el andar de la gente lo absorbía, siempre lo hacía. Entre los grupos de personas que se formaban eventualmente en las esquinas divisó la silueta de una mujer, que por su complexión física no tendría más de veinte años. – Margarita –pensó, pero no se atrevió a acercarse gracias a ese miedo irremediable a ser observado, a exponerse.

–Imposible, hace ya diez años. –Aquel pensamiento hizo que toda imagen de la realidad perdiese su materia y las formas que se presentaban en su mente se posaron frente a sus ojos.

– ¡Es un estúpido! Ahora tendré que limpiar la mesa, la silla, sacar una sonrisa de cualquier parte.

– ¿Es el mismo de la noche anterior?

– ¡Sí, el mismo!, sabía que lo reconocía de alguna parte, vive a dos calles de mi casa, con su madre.

–Es un tipo muy raro.

–En la colonia dicen que está loco.

–Apúrate a limpiar antes que el supervisor vea ese desastre.

Las meseras salieron de la cocina y una de ellas se acercó rápidamente a limpiar el café que Rey había derramado sobre la mesa y las sillas. Aún sumido en sus pensamientos Rey se sorprendió al percatarse de la presencia de la mesera.

Si Rey se esforzaba lo suficiente lograba recuperar recuerdos de tiempos mejores, en los que la desesperación y el mal no le acosaban tanto. Aquellos lejanos días estaban atados, claro está, a Margarita. Aquellos días, apenas reconocibles ahora, formaban cuadros que se alejaban y volvían transformados en manchas extrañas en su memoria. El árbol, el cielo, las luces bajo las nubes, su delicada mano.

–Ahora todo se pudre metros bajo tierra, los recuerdos y aquello que fue amado no es más. No volverán a mí aquellos brazos. –pensó.

Al darse cuenta se encontraba ya caminando hacia la misma biblioteca, en lo alto de la ciudad. El dependiente de atención al cliente lo siguió con la vista, atento, desconfiado ante aquel hombre encorvado, con la mirada al suelo. Al cruzar uno de los anaqueles lo perdió de vista.

Rey se sentó frente a uno de los vitrales de la biblioteca. Una delgada cortina blanca le impedía ver a través del ventanal pero lograba escuchar la lluvia caer y resbalar sobre el grueso vidrio. –Es invierno. –Pensó.

El resplandor que entraba por la ventana lo alarmó. Aquel intenso calor hizo que saliera apurado de la sala en la que se encontraba. Al salir no pudo contener la mueca estupefacta que se dibujó en su rostro.

La ciudad entera se quemaba bajo inmensas llamas rojizas. El fulgor proveniente de la lejanía impregnaba el cielo de un color cobrizo y aumentaba la sensación que se había cernido sobre su cuerpo entero.

Rey tuvo que recostarse sobre el marco de la puerta para no caer presa del pánico. Recorrió las calles aledañas buscando a cualquiera que le dijera qué había sucedido. Sin embargo no encontró a nadie a su paso, ni el dependiente de atención al cliente, nadie. Todo se quemaba, el aire era espeso y calentaba con la fuerza del sol de medio día, ni la lluvia que caía de forma copiosa lograba aplacar las llamas que se extendían por todas partes. El pavoroso calor quemaba el cabello de sus brazos. Poco a poco sus pies y piernas prendieron en llamas. El fulgor del cuerpo cubierto en fuego amarillo, azul y rojo iluminaba las paredes y el pavimento. Gritaba desesperadamente, ardiendo en una hoguera monstruosa. Aquel estupor se transformó en una exclamación: “¡Margarita!”.

En ese momento Rey abrió los ojos y comprendió que era una pesadilla, aún se encontraba en la biblioteca y el sudor caía sobre las páginas abiertas del libro, en uno de los tantos libros en los que en vano buscaba una explicación a todo aquello que le sucedía.

Aún arrojado en el delirio de la pesadilla Rey logró salir de la biblioteca. La lluvia continuaba, inclemente, incesante. Sin saber qué hacer, Rey tomó un taxi y le pidió al conductor dirigirse al café Diéguez. Durante el camino observaba el cielo que escampaba. Las tenues estrellas que aparecían en el cielo cada vez más claro.

–Ver al cielo, si, ver a lo eterno. Que absurdo es en realidad todo, nunca llegaré a conocer nada, hundido en la pobre realidad de los pocos años a los que me ata el destino de todo hombre. Al igual que Margarita, al igual que padre, madre. La estrella tenue, lejana, Margarita, árboles, luces.

-Señor, disculpe, llegamos hace cinco minutos.

– ¿Qué dice?

–Llegamos ya al café… al café Diéguez. –dudó el conductor.

Rey se quedó viendo fijamente la entrada del local. Extendió su mano y pagó.

–Gracias.– dijo Rey.

El taxi se perdió de su vista a dos calles. Dentro del café se encontró con Domínguez. Rey se sorprendió de no haber pensado en él todo ese tiempo, tal vez, su único amigo. La última vez que lo había visto fue en el funeral de Margarita. Sin embargo aquella noche parecía tan lejana que llegó a dudar de todo lo acontecido.

– ¡Eh Domínguez! –Dijo Rey.

Al voltear la cara Domínguez no pudo evitar la expresión de asombro que se dibujó en ella.

–Olabarria Maria Goretti. –dijo Domínguez.

– ¿Cómo estás?

–Lo mismo te pregunto yo, hace tanto, te ves tan cambiado.

–Han sucedido tantas cosas.

–Claro, después de… ¿Qué haces por acá?

–Necesitaba estar en un lugar conocido, familiar.

–Ven, ¿deseas tomar algo? Pide lo que desees.

–Gracias. Una taza de café por favor.

Sorbiendo el café, Rey se perdió en medio de los recuerdos, en aquellas lejanas tardes en las que Domínguez, Margarita y él se encontraban en el parque Mirador, bajo los altos eucaliptos, sobre las hojas que caían, siempre, en invierno. Todo parecía tan lejano, la voz de Margarita hablando algo sobre los pájaros que rodeaban el parque, viéndolos caminar, sonriendo y distrayéndose con sus costumbres, con los pichones gritando desde el nido. La joven Margarita, la niña. Para siempre niña, para siempre eterna en el recuerdo de quienes la conocieron. A Rey ni a Domínguez se les pasó por la mente que Margarita llegara a tener un final como aquel, aquella noche de mayo, en la que la vida de todos cambió para siempre.

 

 

 

 

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