By Brújula
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José-Coronado-Marzo

José Coronado / Opinión /

Así como cada par de años hay una estación particularmente fría, se avecina en nuestro país la temporada de elecciones, con efectos en nuestras vidas cotidianas igual de tangibles que el clima. La diferencia es que, en lugar de lluvia y granizo caerán sobre nosotros vallas publicitarias y frasecillas sin sentido; en lugar de sacar una sombrilla para protegernos de las gotas, conectaremos el auxiliar a la radio para no escuchar los anuncios. La melancolía que evoca lo gris del invierno será reemplazada por un sentimiento de impotencia y alienación provocada por el sobrecargo de coloridos rótulos en la calle.

Vicios de la democracia que nos afectan  a todos; ignorancia racional, visión a corto plazo, grupos de interés, alarmismo.

Todos conocemos la historia: los votantes son racionalmente ignorantes, nadie tiene el tiempo para enterarse de las propuestas de los candidatos, ni hablar de todos los demás factores que confluyen para crear su idoneidad. Todos sentimos que nuestro voto vale muy poco, tenemos clara evidencia de los incentivos que impulsan a las personas una vez están en el gobierno, y pareciera que no importa a quien terminemos por elegir, ninguno lograra hacer un buen trabajo y este terminará siendo corrompido por el sistema. Ojalá pudiéramos elegir partes de cada candidato, si tan solo pudiéramos ignorar el hecho de que en cuanto alguien asuma el poder buscará conseguir la mayor cantidad de beneficios para él y su grupo, y aunque lo haga inconscientemente perjudicará a todos aquellos que excluya de su proteccionismo.

Cuando llegue el momento de votar probablemente no sería raro que alguien pensara que es el malo de la historia, que al cumplir ese “deber cívico” tan impulsado por el gobierno y la sociedad civil estaría alimentando a la bestia. Claro, cuando llega el momento terminamos convenciéndonos que al no participar solo le damos más poder a otros sobre nuestras vidas, que así es como curiosamente siempre termina elegida la persona menos capaz y terminamos en las urnas con un empujoncito a la autoestima creyendo que nuestra aportación marginal crea una mejor Guatemala. Puede que sea cierto, que con este acto damos un paso más en el largo sendero a la prosperidad, lo que parecemos olvidar es que el futuro de los países no es algo que se determine un día cada cuatro años, sino algo que se construye con vigilancia y activismo constante.

Votar es como alimentar a la bestia.

No sé si votar es necesario para que las cosas marchen bien en nuestra República democrática, de lo que sí estoy seguro es que no es suficiente. Es por esto que el mejor momento para empezar a ser un mejor ciudadano, de aportar verdaderamente a la construcción de una mejor sociedad para nosotros mismos, es ahora. Antes de que todo se ponga verdaderamente en marcha es cuando debemos tomar la decisión de participación como un estilo de vida, en la escala en la que nos sea posible a cada uno.

Hay que mantener en mente que si no votamos cada día con nuestras opiniones, si no dejamos claro con nuestras acciones que no estamos dispuestos a ver cómo el gobierno cada vez más hace menos con lo nuestro y como se aprovecha para erosionar nuestros más fundamentales derechos, entonces, nosotros, nuestras familias y país verdaderamente estaremos perdidos.

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