By María Fernanda Sandoval
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A manera de propósito decidí iniciar el año con el cerebro y la agenda limpia. Como una purificación cerré mis redes sociales en noviembre del año pasado. No sucedió lo inesperado, efectivamente me sentí un poco más libre.

Entre los beneficios encontré:

 La imagen

Hablando con un amigo que no tiene redes hace años, me di cuenta del gran esfuerzo que empleaba proyectando mi imagen a través de estos medios. Mis gustos, disgustos, emociones, actividades, logros, fracasos, relaciones, etc.  ¿Hasta dónde llegaba mi esfuerzo por la proyección de una imagen? ¿Presentaba una realidad distorsionada?

Editar el físico es fácil, con filtros y recortes en Photoshop; editar las relaciones también es sencillo si se agregan grandes textos que digan todo aquello que cara a cara no podemos decir, “mejorarse” uno mismo es temiblemente accesible, pero… ¿es necesario? ¿es sano? ¿si no proyectamos lo que somos, estamos mintiendo? ¿por qué? ¿a quiénes? ¿para qué?

 La gente que te tiene estima –la que verdaderamente te estima-

Las personas cercanas seguirán en contacto con o sin redes. Si se decide desaparecer un rato del mundo virtual, los amigos y la familia son los primeros –o talvez únicos- en notarlo. Estuve ausente poco tiempo, pero fueron las personas que me quieren, quienes se comunicaron: “¿hey, y tu redes?”, “te iba a etiquetar… no te encontré”, “qué onda, ¿todo bien?”.

 Las vías de comunicación presencial están allí. Juntarse una tarde a tomar un café y que se alargue la velada a horas de platica; una llamada telefónica o una visita inesperada vale mucho más que un like. Los que te quieren, sabrán que estás haciendo de tu vida sin necesidad de las historias del snap y a veces está bien hacer el tiempo de conocer más a fondo cómo les va a ellos. Escuchar qué pasa en su nuevo trabajo o ver qué tan estresados los tiene la tesis, se siente mejor si es con sus voces y gestos; y no a través de los emojis del whatsapp.

Mucho más tiempo libre; mejores lecturas, no memes, no chismes

Esta fue la razón del experimento. En lo personal las notificaciones al celular me ponen ansiosa, cada vez que llega una debo revisarla en los próximos minutos. Llega al menos una por hora; así que de las diecisiete horas diarias que estoy activa, al menos dos se pierden frente a la pantalla del celular.  Tiempo que durante la desintoxicación invertí en buenas lecturas antes de dormir, ejercicio o simplemente compartir con mi familia qué tal la jornada.

Un “contra” pesado que gana la batalla:

Aunque son tres los beneficios, el motivo para volver a la actividad virtual es fuerte y evidente; las noticias ya no son novedosas ¿existían los periódicos?

Un tiempo sin redes no solo significó alejarme de los chismes, los memes o el cumpleaños de gente que no recuerdo; también me enteré tarde de las noticias importantes que suceden en nuestro país y el mundo.  Desde mi contexto y forma de vida, son las redes sociales las que hacen familiares las noticias. Un par de links son suficientes para enterarme al instante qué está sucediendo, porqué, qué se piensa, qué se crítica, quiénes apoyan y por qué lo hacen. Aunque ojeé los periódicos de vez en cuando, es innegable la facilidad que representan las noticias en la barra de inicio. Además del gran avance que han tenido los medios digitales críticos y conscientes, que son de sencillo; Brújula entre ellos.

Satanizarlas no es lo correcto. Son herramientas actuales y útiles, además de recreativas (tanto que si no se está consciente pueden ser el motivo de millones de horas perdidas). Alejarme un tiempo me hizo bien y volveré a hacerlo de ser necesario; en-red-ada o no, lo importante es la autocrítica.

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Estudiante de Derecho. Universidad Rafael Landívar. Interesada en la poesía, el arte y la sociedad.

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