By Antonio Flores
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Antonio Flores/ Opinión/

Últimamente he tenido muchos de esos días, donde la cotidianidad ataca por la espalda y viene con intenciones carrasposas; los momentos te abruman, la gente te cansa y lo ordinario pierde su encanto. El remedio para esos días es buscar motivos, libros, personas o circunstancias extracotidianas… motivos que para mí están condensados en pedalear por la ciudad. Andar en bicicleta por esta ciudad es todo un desafío, pero también un placer y una oportunidad de ver lo invisible a los ojos del citadino común.

Este mes me ha costado inspirarme, así que recurro a la bicicleta para encontrarme y poder escribir algo, salgo y la ciudad me recibe con los brazos abiertos para conversar. Debo admitir, que cuando voy en busca de historias o ideas, tengo un especial gusto por andar en bicicleta en la zona uno y mientras lo hago, suelo recordar las palabras de un antropólogo guatemalteco, quien decía que caminar por toda la sexta avenida (de 8a a 18 calle) bastaba para empezar a entender la esencia pluricultural y multiétnica de nuestro país. Mejor no puede describirse a tan popular y concurrida avenida; donde uno encuentra una vastedad de personas miembros de las diferentes etnias, niveles socioeconómico y académicos, profesiones, géneros, orientación sexual, religión y equipos de fútbol. En 10 cuadras de esta ciudad, encontramos lo que me gusta llamar la Guatemala profunda; no la de campañas publicitarias (con modelos altos y canchitos), ni la de artesanías, telas típicas o fotos de Tikal, sino la verdadera Guatemala, la que conformamos todos.

Ese país que somos, pero que tantos se niegan a aceptar, no sé si por miedo, ignorancia o conveniencia.

El semáforo me detiene, observo el mar de gente, la infinidad de rostros, los niños que pasean y los que trabajan, las madres con sus hijos, el joven con sus audífonos, el brocha ofreciendo su bus para llevarlos a casa. Admito que amo esos pequeños momentos de cotidianidad, esos te amo silenciosos entre personas. Pedalear es pasear a mi alma y llenarla de preguntas, mientras contemplo la ciudad, llega a mi la interrogante ¿qué tan malo es que nos reconozcamos como algo que ya somos? Recientemente hay un debate y una desinformación absurda, por no decir enorme sobre la justicia indígena, como antes sobre la medicina intercultural. Los argumentos (si es que podemos llamarles así) van sobre la misma línea: racismo disfrazado de ignorancia. En pleno siglo XXI alegar ignorancia sobre cualquier tema es insensatez, y una clara muestra de poco o nulo interés que se tiene por aprender; basta entrar a cualquiera de las apps de búsqueda en el teléfono para tener la información que se desee instantáneamente, sobre cualquier tema. Aún recuerdo como decían que la medicina intercultural era una estupidez porque se iban a usar los fondos públicos para tratar “supersticiones de indios” en lugar de gastar ese dinero en investigación médica o el tratamiento de enfermedades que “sí existen” y aquejan a los guatemaltecos; ahora nos desinforman, diciendo que justicia indígena significa que podrán lincharnos si un tribunal ancestral así lo decide. No sé de donde se sacan esas sus conclusiones tan alejadas de la verdad, pero debo decir que es una realidad tangible, qué el racismo está presente en nuestra sociedad a través de prácticas cotidianas en todos los niveles o nichos sociales.

“Indios igualados” “Hay que recordarles su lugar a estos indios chancletudos” “Ahora resulta que ellos quieren privilegios, después van a estar igual los mareros y narcotraficantes” ¿Se les hacen familiares estos comentarios? A mí demasiado, es una triste realidad, son las palabras de jóvenes que replican patrones de racismo, miedo y exclusión que creíamos “superados”, estos temas nos ponen sobre la mesa lo que pretendemos pasar por alto, que negamos y tratamos de repetirnos hasta el cansancio que ya no están allí. Dialogar sobre inclusión, oportunidades y equidad suele despertar toda una maquinaria social en la clase media, dispuesta a mantener un supuesto estatus quo que ya trabaja por el bienestar de todos. Hablemos de culturas y etnias en la universidad, los jóvenes dirán que no están para andar aprendiendo cosas de indios; hablemos de espiritualidad maya y su conexión con el cosmos, ya salen los fundamentalistas a gritar “herejes” y dar condenas al infierno por doquier.

Pareciera que cada vez que busquemos darle un reconocimiento a la diversidad o la identidad de las personas, siempre habrán brotes de clasismo e ignorancia.

Uno termina por darse cuenta que en este país pluricultural y multiétnico, el citadino (ladino) de clase media quiere decidir y opinar respecto al resto de pueblos en el país; tener la última palabra sobre su fe, sobre la sexualidad, sobre como brindar la salud y lo que es justo. Nosotros (los ladinos), un pueblo sin identidad, sin historia, sin costumbres o tradiciones de las cuales sentirnos orgullosos ¿O podrían ustedes decirme un aspecto que nos haga sentir orgullosos de una identidad ladina? Yo no, no siento que haya algo que nos haga vibrar de orgullo como la Danza de los moros en Chichicastenango, el Rabin Ajaw o el Rabinal Achi, la punta de los garífunas, la defensa de la naturaleza, la vida y la memoria como los pueblos Qe’qchi e Ixil, por mencionar algunos. No tenemos nada de eso, no lo conocemos y no nos importa, con una cultura de consumo y descarte tan impregnada en nuestro imaginario colectivo, lo que hacemos para sentirnos guatemaltecos es usar pantalones de tela tipica, pulseritas, playeras o sudaderos con tela típica, nos tomamos fotos en Tikal, la Antigua, Pana, etc. y usamos el #PerhapsYouNeedALittleGuatemala.

El semáforo sigue en rojo, estoy sobre la 8va avenida de la zona 1, justo al lado de la parada de transmetro, a punto de recorrer esa avenida que con sus bares, moteles, niños lustradores, vendedores de películas, damas de compañía, comida de canasto, vagabundos y olor a marihuana… esa también es la Guatemala profunda, la ignorada por conveniencia, la de rincones olvidados, ocultos a plena luz del día. A donde va todo lo que no nos gusta, los que marginamos, lo que no se ajusta a nuestro ideal; esa avenida, como muchas otras en la ciudad, es una suma de rincones oscuros y sucios, de sueños rotos, promesas vacías y miedos. Los convertimos en espacios alejados de la opinión publica, lejos de los reflectores o de las campañas turísticas del país, pues es allí donde creemos que los pueblos originarios pertenecen, a donde deberían ir a parar esas ideas de justicia y equidad para los pueblos.

El semáforo nos da la vía (finalmente) y en mi intento por salir, una moto y un taxi pasan peligrosamente a mi lado, como queriendo decirme que la calle es de ellos, que las bicicletas y los ciclistas no tenemos lugar en sus “dominios” solo puedo pensar que su actitud es la de muchos guatemaltecos “le temen a lo diferente, a lo que ellos no estén haciendo, a lo que no comprenden”. Y entonces pedaleo, moviéndome entre los carros … me interno en la ciudad, para seguir dialogando con ella, para liberarme, para seguir buscando respuestas, para reflexionar.

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Vuelo bajito por la ciudad... contemplo y comparto lo contemplado. Creo en el amor, busco la verdad, luchó por la justicia y disfruto la amistad; eterno aprendiz, estudiante, amigo, hermano, bata blanca. Tratando de tranformar la eterna primavera.

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