By Daniel Monroy
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Vos pensás demasiado las cosas antes de hacer nada” le dice la Maga a Oliveira, en una escena en Rayuela, la obra más representativa de Julio Cortázar. A lo largo de la vida, las personas vamos saltando de escenario en escenario, tocando puertas y nadando en lo desconocido. Justo cuando creemos haberlo visto todo, nos damos cuenta que lo que hemos visto, es en efecto, nada. Eso nos hace creer que la vida nos está advirtiendo, nos cohibimos y creamos mecanismos de defensa ante las cosas que parecen amenazas y nos sumergimos en un mundo rígido e irreal. Caemos en el juego de la excesiva racionalidad y nos volvemos radicales y pretendemos que las situaciones sean casi perfectas, exigimos perfección, puntualidad y coherencia. No le damos espacio a los sentimientos, a la empatía y mucho menos a la tolerancia.

Con el paso del tiempo del tiempo, nos convertimos en entes complejos para tomar decisiones.

Estamos tan agotados de ver que la vida es incierta y que las peores cosas llegan cuando menos se necesitan. Ponemos a prueba nuestra racionalidad, buscamos –de forma descontrolada- las causas para explicar los efectos, queremos información perfecta y lo peor de todo, esperamos que los demás actúen y piensen de la misma manera que nosotros. Paulatinamente nos transformamos en lo que escribió Cortázar: pensamos mucho las cosas antes de hacer nada, una decisión común se vuelve en un juego de ideas. Nuestra cabeza es el centro de combate entre los pensamientos positivos y negativos, nos levantamos, nos caemos, nos levantamos, nos caemos… Al final, cedemos ante lo negativo no hacemos nada y nos visita la frustración por las noches.

La mala noticia inunda nuestros sentidos cuando nos damos cuenta que solitos nos estamos empujando hacia el abismo. La situación es insostenible en el tiempo,  tocas fondo, vas y venís, pero nunca encontrás un lugar seguro. Nunca existen suficientes razones para cambiar; nunca existen suficientes motivos para confiar. Estás solo y no tenés a donde ir, estás sollozando en el fondo del pozo.

¿Tu única salida? Darle otra oportunidad a la vida, a las personas y a vos mismo.

Hay que volver a atreverse a soñar, a ser honesto, a confiar y a disfrutar todo aquello que nos rodea. Todo consiste en cambiar los hábitos, los ambientes y a no dejar que la toxicidad de algunas personas se convierta en piedra de tropiezo en nuestra carrera de vida.

Si te gusta alguien, decíselo, sí querés estudiar una carrera poco convencional, pero sabés que ahí está tu pasión, no dudes en hacerlo. No dejés que el bando de los pensamientos negativos se apodere de tu mente.

Que la reflexión sea una actividad del alma enriquecedora que te ayude a actuar de mejor manera, y no una tortura que solo te hace perder tu esencia. Se puede encontrar el balance y se puede vivir mejor, pero requiere un paso de fe y de valentía, depende de nosotros si queremos cambiar.

A veces, no hay que pensar tanto las cosas, solo hay que saltar al agua y vivir intensamente.

Carpe Diem.

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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