By Daniel Monroy
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En reiteradas ocasiones he manifestado en este espacio que las personas que forman la opinión pública en el país son activistas que no admiten ninguna crítica y que piensan que su verdad es absoluta. En mi opinión, son un peligro para el pensamiento crítico y solo agravan el ambiente de zozobra que golpea al país.

Sin embargo, al participar en conversaciones con amigos, personas cercanas y compañeros en la universidad, me he dado cuenta que muchas personas no comparten todo el discurso que impera en la mayoría de los medios de comunicación y en las redes sociales de los personajes arriba mencionados. Al contrario, me he percatado que el guatemalteco de ahora exige pragmatismo, soluciones reales y propuestas concretas para enfrentar los grandes problemas que atacan al país.

La realidad y los flagelos sociales no están para andar vitoreando ídolos de barro, ni mucho menos para andar romantizando movimientos, instituciones, personajes o cosas tan superficiales e insignificantes como un hashtag.

Quizás el guatemalteco de a pie se está empezando a dar cuenta que los ídolos de barro no le van a dar empleo ni mucho menos van a elevarle el nivel de vida.

En las últimas semanas todos hemos visto cómo determinados personajes han salido a defender lo indefendible, a indignarse con los asuntos que les conviene, a argumentar contra la persona en lugar de argumentar contra las ideas contrarias a su agenda política, y sobre todo, a defender con vehemencia a personas que probablemente son igual de corruptas que los integrantes del famoso “Pacto de Corruptos” (cuyo uso se ha extendido para encuadrar dentro del mismo a toda persona que opina diferente al ideario romántico de “lucha contra la corrupción” que ellos han creado).

Creo que la situación se está exacerbando y que el sesgo político y la defensa oficiosa de los ídolos de barro los ha llevado a caer en cuestiones infantiles y poco serias. Un ejemplo claro es el de afirmar que determinada persona forma parte del “Pacto de Corruptos” solo porque no idolatra a su fiscal o comisionado favorito. O peor aún, la de querer imponer a los demás la idea de que defender la vida te convierte en asidero del gobierno. Y así, podría hablar de un sinfín de majaderías que día a día se leen y que solo demuestran que hay un libreto definido que tienen que seguir.

La pregunta es: ¿Hasta qué punto la sociedad y los lectores van a seguir creyendo y abogando por ese discurso que solo ha dividido y que no aporta nada a la construcción de soluciones reales para el país? El momento determinante será en las urnas, cuando los guatemaltecos ejerzan su derecho de voto. Ahí será el momento en donde podremos observar si los guatemaltecos se dejaron seducir por el discurso imperante o decidieron ir más allá de lo que las columnas de opinión de los mismos de siempre dicen.

Al final de todo, los guatemaltecos son los que tienen el poder de optar por una decisión sería con propuestas que atiendan la realidad económica y social del país. Me temo que en ese momento es donde podremos observar que la opinión pública no es igual a la opinión publicada.

Pero esa es mi opinión. Que el tiempo y el pensamiento crítico de los chapines se encargue de darme la razón (o de refutarme).

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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