By Axel Ovalle
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Cuando entré a estudiar a la Universidad, recuerdo que caminaba por los pasillos con cierto nerviosismo. Quizás los nervios se debían a que me preocupaba la posibilidad de que no fuera a encontrar el salón de clases a tiempo y me tocara quedarme afuera o que, al llegar al salón, me dijeran de que el trámite de asignación no estaba bien hecho, por lo que yo no figuraba en el listado de alumnos del catedrático. Tales cosas nunca me sucedieron, pero fueron parte de esos momentos que se viven cuando eres de primer ingreso.

En un inicio, yo asistía a la Universidad haciéndole caso a las palabras que dijo mi mamá: para conseguir un título de grado de carácter profesional; buscando ser aplicado, luchando por ser sobresaliente con el fin de conseguir un buen promedio y optar a la distinción de SUMMA CUM LAUDE. Sin embargo, he de decir que los primeros años me dejé llevar por el “quiero vivir y aprovechar cada momento” que terminé por hacer todo lo que me habían dicho que jamás hiciera, y por eso no conseguiré ninguna distinción al graduarme.

No obstante, no estuvo mal la decisión que tomé porque la disfruté y sé que tampoco lo estará la que tú vayas a tomar.

A unos pasos de terminar la carrera, puedo decir que el estudiar en la universidad no es solo para que aprendamos dentro de sus cátedras las herramientas necesarias para desarrollarnos en la vida en sociedad, sino que también para que aprendamos fuera de ella, en sus pasillos.

Es en los pasillos de la universidad y en sus alrededores es donde se viven momentos, como Stephen Chbosky describe en su libro “Las ventajas de ser invisible”: en donde te sientes “infinito”. Y no solo me refiero a las oportunidades de escaparse de clases para irse de fiesta o al puerto con tus compañeros, el llevar pachones con bebidas “hidratantes” para aguantar las clases magisteriales, o los bocadillos o chivos especiales para ganar un examen “tripero” pero con buena nota. Me refiero al hecho de compartir con jóvenes, que al igual que tú, sienten una gran inconformidad ante el sistema, ante la sociedad y la vida. Jóvenes que buscan una respuesta, que anhelan conseguir un logro, una distinción.

Jóvenes que están luchando por alcanzar sus sueños –o el de sus padres-.

Hablo de esos momentos que nos ayudan a darle un sentido a nuestra vida, que nos encaminan en la búsqueda del quién soy y el a dónde llegaré, parte esencial de conseguir experiencias en el camino que nos empujarán a seguirle sintiendo gusto y amor a lo que estamos aprendiendo y por lo que podemos llegar a hacer con ello. Aún cuando se haya encendido la alerta de que te encuentras en un lugar que es el que no deberías estar. Se vale cambiar de rumbo e intentar otra posibilidad.

La universidad es, en resumen, la gran escuela de la vida, en la que no solo se pasan por las diferentes modas, si bien son las más extrañas ropas que jamás alguien volvería usar, hasta por las drogas más exóticas del mercado, así como por clases que no comprenderás por qué están en tu pensum. Es en donde se construyen relaciones -que si bien muchas solo llegarán al primer parcial o serán un romance de un semestre- te dejarán un aliento sobre quién eres. Es en donde se va forjando un carácter, una identidad, se descubren propósitos, se construyen sueños, se emprenden ideas y, sobre todo, se empieza a escuchar esa voz interior, de nosotros mismos.

La Universidad es ese camino mal pavimentado, lleno de baches, túmulos, curvas peligrosas, que solo terminará cuando se logré dejar plasmado en un papel tu nombre precedido por un título profesional. La “experiencia universitaria” sí existe, y quienes tienen la oportunidad de inscribirse en ella deben aprovecharla al máximo. Puesto que cada día es una nueva lección, cada situación es un escalón más, para que al final consigamos saber un poco más sobre quiénes somos y hacia dónde nos encaminamos en esta vida.

Por lo que deseo a quienes inician este camino o a quienes salen de él, que este nuevo año esté lleno de momentos “infinitos” y que los atesoren en su ser, que les permitan acercarse más a su destino y los hagan conocerse un poco más que ayer.

 

About the Author

Querido alguien: No sé cómo te llamas ni dónde paseas tus tristeza, pero sé que algún día me encontrarás.

Estudiante de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rafael Landívar. Escritor Incauto, poeta, prisionero y fiel.

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