By Brújula
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Ciudad-Sus-Marzo

Foto por: Rudy Herrera Mármol

Procesión del domingo de San Bartolomé Becerra. 

Rudy Herrera / Ciudad de Guatemala Sustentable /

Durante la cuaresma, si uno pasa los fines de semana en el centro de la ciudad capital o en cualquier lado de la Antigua Guatemala, no hay forma de evitar contacto con una procesión o sus seguidores. Las procesiones guatemaltecas son una tradición fuertemente urbana que cambian las rutinas citadinas de forma temporal, y es por eso que vale la pena aprovechar la época para hablar de ellas desde el punto de vista de “ciudades”.

Vale aclarar que, para orientarnos hacia una discusión más inclusiva intentaré dejar de lado el simbolismo religioso y lo que ellas representan desde el punto de vista espiritual para la religión católica. Esto no quiere decir que niegue su importancia religiosa para una gran parte de la población de nuestras ciudades o que le reste valor a una discusión religiosa. Decidí abarcar este tema así porque quiero que reflexionemos sobre el tema de manera que gente religiosa y no religiosa puedan evaluar su valor para la ciudad entendiéndose mutuamente, y decidí tomar solamente los siguientes tres temas específicos:

Sobre comunidad y pertenencia…

Es innegable que las procesiones, junto con las alfombras, velaciones y demás tradiciones relacionadas, son extremadamente admirables en un sentido organizacional; si hay procesión un día, significa que en ese día (y varios días antes) tenemos a gran parte de la ciudad dejando de hacer lo que hace normalmente para ser parte de una celebración de la comunidad entera. Para muchas comunidades urbanas, en varias ciudades alrededor del mundo, organizarse de este modo para celebrar una causa que una a un sector tan grande de la sociedad es algo impensable; incluso para muchas comunidades en las ciudades guatemaltecas, no hay causa o razón que las una de tal manera. Si o si, hay que reconocérselo a las procesiones y todas las actividades que conlleva.

Tenemos entonces a familias, amistades y comunidades enteras dedicando energía, tiempo y dinero en algo que los hace sentirse parte de una causa mayor, la cual les da un sentido de pertenencia a la comunidad que pocas actividades logran. De hecho, ya quisieran poder hacer eso las empresas con sus trabajadores; a pesar que trabajan para una oficina todo el año, -en muchos casos- las personas sienten más pertenencia a la procesión que pasa enfrente de su casa una vez al año que a la empresa que le da trabajo todos los días de ese mismo año.

Sobre la apropiación del espacio público…

Un tema de debate que siempre está presente en la cuaresma es el de la movilidad urbana, en otras palabras, siempre oímos frases como “¡yo también estaba por allí, pero no me podía ni acomodar el fleco!” o “¡qué gentío que había!”. La cantidad de gente que está dispuesta a pasar por estas aglomeraciones demuestra que a las personas nos gusta caminar en espacios públicos si son seguros, activos, y familiares. Programas como Pasos y Pedales confirman esto cada fin de semana. Si nos ponemos a ver la afluencia de personas que buscan y quieren espacios al aire libre para caminar y recorrer su ciudad, queda claro que muchas personas queremos aprovechar el buen clima de nuestro país y pasar menos tiempo encerrados. Aquí es donde aprovecho para reiterar nuestra petición para tener más parques y más áreas peatonales en las ciudades, lo cual le corresponde en gran parte a las municipalidades.

Pero la razón por la cual se arma el debate no es porque caminar en la calle en días de procesión sea apretadito y lento, sino porque hay gente que necesita movilizarse hacia y desde las ciudades, y a veces las procesiones son una apropiación del espacio público que no incluye a todos. 

Se toman las calles por tradición y que no se diga más, a quién le gusta, bueno, y quien no, también. Aquí es donde le hablo a las municipalidades, porque creo que ellas pueden servir de mediadoras entre estos distintos grupos para hacer de esta tradición algo más inclusivo. Es una lástima que aunque las procesiones en Guatemala existen desde hace siglos (en 1543 fue la primera procesión en la ciudad de la Antigua Guatemala), no hemos logrado ajustar perfectamente la logística de las mismas para tomar en cuenta a las personas que necesitan movilizarse hacia y desde la ciudad en esos días. Los policías de tránsito y las personas a cargo de las campañas de comunicación de las municipalidades deben saber que su rol es indispensable, para que tengamos a una ciudadanía informada de los horarios, de sus derechos y sus alternativas, y no solamente de las prohibiciones y limitantes que tenemos en esos días.

Sobre el comercio procesional y sus consecuencias…

Desde el punto de vista económico, semana santa también trae un crecimiento en la actividad comercial de las ciudades con procesiones. Es una temporada muy activa para la economía y no necesita de un bono 15 para que suceda. Además, es importante recalcar que la mayoría de los materiales y productos que se compran para alfombras, textiles, comidas tradicionales y decoraciones son nacionales por lo que somos los guatemaltecos que nos quedamos a gastar en las ciudades junto con los grandes grupos de extranjeros que nos visitan, quienes conjuntamente estimulamos la economía guatemalteca.

Queda claro, al ver la cantidad de vendedores ambulantes que la comunidad procesional se convierte en un mercado móvil en el que la oferta y la demanda interactúan libremente por las calles de la ciudad.

Sin embargo, con más prosperidad vienen ciertos problemas, especialmente si no va de la mano de una cultura de consumo responsable. En nuestro caso, más ventas significa más basura, y no es solamente en la basura domiciliar (la que producimos en casa), sino también la que queda en nuestras calles (por muchos, quedan también las envolturas y desechos que la ciudadanía decide tirar en la calle para que alguien mas lo recoja o se lo lleve a otro lugar); calles por dónde pasa la procesión, además de dejar su huella en los restos de alfombra. En ese sentido, los consumidores cuaresmales debemos ser más responsables con nuestro consumo, desde que decidimos qué comprar hasta que decidimos qué hacer con la basura que traen nuestras compras.

Aparte de ser una tradición urbana de mucho valor emocional y cultural para nuestras sociedad, las procesiones han logrado agregar valor social y económico a algunas de las ciudades más importantes del país. Cada vez que sale una procesión a realizar su recorrido, queda en evidencia que existe una comunidad en esa ciudad que está dispuesta a darle prioridad a esa actividad sobre el resto. Además, las procesiones nos dan un buen ejemplo de como combinar las actividades culturales de hace siglos con las actividades de la economía moderna que cree que no se debe desperdiciar un día de trabajo porque baja la productividad. Una ciudad debe aprender el balance entre trabajo, salud y cultura para tener mejor calidad de vida.

Por eso debemos aprovechar estas procesiones y percibirlas como un recordatorio de varias cosas; entre ellas, que los espacios públicos tienen mucho valor, que vivir en ciudad no significa vivir de forma aislada y sin sentido de comunidad, y que siempre, si, siempre, hay cosas que podemos mejorar para tener actividades en la ciudad que sean más inclusivas.

Las procesiones dejan mucho de que hablar, y queda claro que una columna no logra incluir todos los temas a discutir. Incluso, solo dentro de estos tres temas (Comunidad, Espacios Públicos y Economía), es imposible incluir todos los matices de opiniones existentes, sin embargo la idea de una editorial es servir de detonador para reflexionar y hablar de los temas que no hablamos todos los días. Espero, entonces, que durante esta semana santa, ya tengan al menos tres temas de que hablar con sus amistades.

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