By Axel Ovalle
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¡Qué rico que es comer!, se lee en la publicidad de una cafetería. ¡Qué rica la comida!, exclaman los comensales en los restaurantes al pedir su cuenta. ¡Qué rico!, han de pensar ustedes siempre que ven su plato atiborrado de colores, de texturas, de olores.

Comer es una necesidad del ser.

Una necesidad que ha sido transformada en placer y lujuria. Tantos son los condimentos y los guisos que acompañan el plato fuerte, que lo revisten. Siempre es un pollo o alguna carne, también puede ser pescado o una berenjena, si se es vegetariano; bañado en salsa roja o blanca, con queso u aceite. Acompañado de guarniciones como arroz, pasta y ensalada. La comida se deleita no solo por el paladar sino también por la mirada. Tanta gente que tiene el privilegio de escoger qué comer, si algo frito, guisado, cocido o a la parrilla. Si es fresco o recalentado. Si se hacen 5 comidas o solo 2 para guardar la línea. Mientras más verde, más salud. Mientras más rojo, más energía.

¿Cuántas calorías para lucir bien en el bañador? ¿Cuánta fibra para no padecer de malestar? ¿Con qué lo acompañaremos? ¿Con qué cerramos la velada? Qué rico que es comer el postrecito, poder sopear el pan en el café. Darse el gusto, ¡qué felicidad! ¡qué rico que es comer! –digo en mis adentros al saborear un poco de la pasta Alfredo que yace frente a mí.

He pensado en lo afortunado que es el ser humano al escoger lo que desea comer.

Al verse entre bares y bufes, all you can eats, y 2×1’s, comida italiana, cocina mediterránea, platillos coreanos y comida casera. Así como variedad de estilos, promociones y nombres. Si se lo come todo, si repite la ensalada, si lo pide para llevar o si deja las sobras.

Veo de nuevo mi plato. Esta vez pienso en que en algún departamento de nuestro país, en alguna aldea quizás, vive un Alfredo que está siendo sometido por la pobreza, que no tiene el privilegio de decir “¡Qué rico que es comer!”, puesto que a no le alcanza ni un céntimo para llenar esta necesidad.

A ciencia cierta, la pobreza se agudizó en Guatemala en la última década, especialmente en el área rural e indígena, donde alcanza hasta al 83,10 por ciento de sus habitante. Eso advirtieron el año pasado los expertos en el marco del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza que se conmemora el 17 de octubre.

Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, a nivel mundial, más de 800 millones de personas aún viven con menos de Q10 al día y muchos carecen de acceso a alimentos, agua potable y saneamiento adecuado.

Así como Alfredo, no solo en el resto del mundo, sino en nuestro país, hay gente que sigue viviendo en pobreza extrema, el estado más bajo de la pobreza y que incluye a toda persona que no alcanza a cubrir el costo mínimo de alimentos en determinado tiempo. En Guatemala, de acuerdo con la medición del Instituto Nacional de Estadística  –Encuesta Nacional de Condiciones de Vida 2014-, se categorizaba dentro del umbral de pobreza extrema a toda persona que no alcanza a cubrir el costo mínimo de alimentos en un año -5 750 quetzales anuales-.

Esta cifra sigue aumentando.

Quizás estoy loco, o estoy siendo exagerado, pero pienso que la relación entre pobreza y hambre es casi inevitable. Los pobres de hoy serán los desnutridos del mañana, la desnutrición no se da en periodos de gran escasez, no es una característica de las emergencias humanitarias, como estamos acostumbrados a ver en las noticias. La mayor parte de los fondos dedicados a la desnutrición aguda se destinan a intervenciones a corto plazo.

El hambre es una emergencia diaria y que tiene muchas causas, una de estas es la pobreza. No puedo dejar de pensar que en las afueras de este restaurante está un niño palideciendo, deseando alcanzar las sobras que dejamos en las mesas que pronto se convertirán en desechos al ir a parar a algún contenedor de basura.

Pienso en las niñas y niños flacos como alfileres, sin atención médica, convalecientes, sin fuerzas, que conforman un 40% de los niños menores de 5 años con desnutrición localizados en el suroccidente del país, según el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

¡Qué rico que es comer!, pensaba. Pensaba antes de conocer que en Guatemala cada vez hay más niñas y niños que padecen de desnutrición debido a la pobreza extrema en la que viven y que Alfredo puede ser un número más en esa cifra. Comer no es rico, es un un derecho, para muchos un privilegio, es una necesidad o un anhelo…

Hay que comer con conciencia, hay que comer lo que es, hay que comer lo que hay, sin desperdiciar y compartir más de lo que podemos.

 

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Querido alguien: No sé cómo te llamas ni dónde paseas tus tristeza, pero sé que algún día me encontrarás.

Estudiante de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rafael Landívar. Escritor Incauto, poeta, prisionero y fiel.

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