By Silvia García
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Te veo y te ignoro. Te veo y no me interesa tu situación. No me importa si hoy tuviste dificultades para venir a la universidad, o si vas por los pasillos con el estómago vacío y la billetera sin ningún centavo. ¿Tenés algún problema familiar? No es mi asunto, yo estoy bien, gracias.

 

Cuando la vida nos lastima o bien nos presenta situaciones en las que alguien sufre, nos encontramos ante el dilema de ignorar o afrontar. Lo primero es a lo que generalmente recurrimos. Se niega la existencia de la aflicción, se niega esa aparente realidad, se niega que en el 2016 Guatemala fue el quinto país con más desnutrición crónica del mundo, según datos de UNICEF.

No somos capaces de reconocer las necesidades del otro. Pareciera que solo sabemos como el mundo se ha encargado de anunciar que existimos para producir y consumir. Transitamos siempre por los mismos caminos, esos donde el paisaje es una ovación a lo que el dinero puede lograr. Rodeados de calles correctamente pavimentadas y señalizadas, arriates con bellos jardines, paisajes en donde un carro destartalado desentona con la línea de camionetas manejadas por guardaespaldas. ¿Acaso hemos visto la necesidad? ¿Nos hemos topado de cara con la escasez?

 

Absurdas visitas a hospitales, orfanatos y asilos que pretenden concientizar pero lo único que logran es generar lástima.

Un momentáneo y falso agradecimiento por lo que yo tengo y esa persona no. Unos segundos de comparación con el que menos tiene. ¿De qué sirve, por ejemplo, organizar proyectos de ayuda social cada fin de semestre en la universidad si esa realidad permanecerá solo como una ilusión?

Considero que de lo único que estamos conscientes es que en Guatemala existe una gran variedad de realidades. Sabemos que hay hambre, sabemos que hay pobreza, sabemos que existe la violencia pero, ¿cómo reaccionar ante algo que jamás te ha golpeado? ¿Cómo entregarse a la lucha por erradicar el hambre si jamás hemos experimentado lo que significa no tener absolutamente nada que comer?

Así como los alcohólicos confían más en la palabra de un rehabilitado que en la de un ser que jamás en su vida ha probado el licor, ¿cómo brindar un apoyo significativo para disminuir la pobreza si lo único que han alcanzado nuestras manos es la comodidad de una casa en la que no hace falta nada?

No necesitamos campañas con fotografías de niños esqueléticos, en definitiva no queremos ya más anuncios con música dramática e imágenes de mujeres indígenas rodeadas de niños hambrientos. Necesitamos salir y vivir la realidad, esa realidad que hoy asesina niños y que en el futuro aniquilará a nuestro país.

Si nos aferramos a una perspectiva egoísta, pensemos que en 10 años, cuando se nos presente la oportunidad de ser gerentes en una empresa y se planifique contratar nuevos colaboradores, será muy complicado. ¿Por qué? Por qué las personas a reclutar son los niños que hoy, por la pobreza y falta de una alimentación saludable, no están alcanzando su potencial físico e intelectual.

Cambiemos de realidad, dejemos de pensar que “tener” hace importante a una persona. Adentrémonos en la Guatemala que pide ayuda, que es genuina. Acerquémonos a esas personas que a pesar de vivir en escasez te abren los brazos y comparten con un cariño sincero, lo que tienen.

Dejemos lo que conocemos, experimentemos de primera mano lo que es necesitar y, sobre todo, actuemos.

Ser acreedor de un título universitario no te hace grande, usar el conocimiento como herramienta para luchar por crear oportunidades para alguien que no las tiene, sí.

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