By Isa Contreras
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Este es mi último año de carrera universitaria, finalmente termino mi trayectoria como estudiante landivariana. Esto implica muchos sentimientos encontrados, pero más que eso implica un año entero de prácticas profesionales, una tesis y muchos CFI’s pendientes. Las prácticas profesionales tienen un requisito semanal de 4 horas; y por si eso era poco, he decidido tomar el reto de involucrarme en una modalidad pionera de tesis con mi facultad. Todo esto en un promedio de 9 meses si quiero llegar a graduarme en febrero del próximo año. Sumándole a mi carga académica, debo manejar un trabajo de tiempo completo lleno de proyectos nuevos y ambiciosos. Un calendario de viajes laborales cada par de meses, eventos cada trimestre, visitas de estudiantes extranjeros y profesores invitados.

 

No es una exageración cuando digo: “Enero fue el año más largo de mi vida.”

 

Todas estas situaciones (por las cuales me siento muy feliz y agradecida) me han hecho percatarme de un factor importante en la vida de todo ser humano. Un factor que, hasta este último mes, daba por controlado y un poco ignorado. Mi salud mental. He tenido una vida bastante tranquila, sin altibajos y muy serena. La salud mental siempre ha sido un tema que no me afectaba a nivel personal, simplemente era un hecho que daba por sentado. Todas las situaciones que se acumulan en mi 2019 me han llevado a re-evaluar y tomar consciencia de mis niveles de ansiedad, estrés y cansancio mental.

 

Como psicóloga, no puedo solo aconsejar a las personas que cuiden de ellos mismos, debo hacerlo yo también.

 

En Guatemala el tema de salud mental está menospreciado. No le damos importancia a nuestros niveles de estrés, cansancio emocional, fatiga, ansiedad o depresión. Pensamos que esto viene de la mano de una carrera profesional exitosa o un título universitario. No debería ser así, deberíamos ocuparnos de mantener niveles de estrés bajos, y una salud mental excepcional. Así como hacemos ejercicio a diario y comemos saludable (casi siempre), debemos tomar un paso hacia atrás en nuestro día a día y evaluar cómo se encuentra nuestra mente. El sistema de salud guatemalteco aún no ha logrado ver la importancia que tiene la salud mental en nuestra salud física; como éstas van de la mano y se afectan una a la otra. Es por esto que cada vez que una persona tiene mucho estrés en su trabajo, cae en una gripe de dos semana (¿curioso, no?).  No existen programas ni seguros públicos que le den prioridad al cuidado de la mente y las emociones.

 

El servicio de psicología y terapia debería ser gratuito y de acceso público, sobre todo en una sociedad con tantos factores estresantes como la nuestra. Es por esto que debemos tomar la situación en nuestras propias manos.

 

El primer paso para cuidar de nuestra propia salud mental es estar consciente de los niveles de estrés y ansiedad que situaciones externas nos provocan, ya que podemos crear un plan de contingencia. Si bien es cierto que no puedo huir de mis responsabilidades académicas y laborales, sí puedo tomar acciones sobre mis emociones y ansiedad. Puedo recordarme a mi misma que no todo tiene que ser perfecto, y que las cosas caen por su propio peso. Puedo tomar 10 minutos de mi día para mi misma, hacerme un té y cerrar los ojos. Puedo tomarme un almuerzo largo el viernes, porque media hora más de descanso no va a hacer que ocurra ningún cambio drástico en mi proyecto.

 

La salud mental es tan importante como la salud física.

 

Todos sufrimos de pequeños bajones de ánimo o ansiedad, lo importante es identificarlo y tratarlo como un problema real. Esto no es una muestra de debilidad, al contrario, es una muestra de madurez emocional. Se deben atender los problemas cuando se encuentran en su etapa inicial, cuando solo son un pequeño dolor de espalda y no un ataque de ansiedad. Cuidar de la salud mental propia y de los demás es un excelente inicio para convertirnos en personas felices y completas.

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