By Maripaz Estrada
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¿Qué pasaría si un día te enfermas y resulta que para que puedas encontrar un alivio a tu padecimiento tienes que hacer interminables colas para que te atiendan? ¿Qué harías si no tienes dinero para comprar las medicinas? Y, ¿cuál sería tu acción por seguir si el centro de atención sanitaria está a horas de dónde vives?

En un país pluricultural y multiétnico como Guatemala, donde los bienes económicos están aglutinados en un sector aventajado de la sociedad y existe una gran inequidad entre los habitantes, estas preguntas que te acabo de plantear encuentran su respuesta en la realidad a la que muchos guatemaltecos se enfrentan. Sobre todo, cuando buscan atención para problemas de salud propios o de algún familiar.

Pero esta problemática no es reciente, sino que arrastra años de historia, problemas y escasa voluntad por la resolución de problemas.

Podríamos remontarnos a la época de la colonia, la crisis económica post independentista, el conflicto armado interno, la crisis económica de la década de los ochentas o las políticas económicas y fiscales de ajuste estructural. El problema en cada época, pareciera ser la inequidad en la dispersión de los bienes económicos y naturales, lo que eventualmente se tradujo en que la mayor parte de las personas no tengan acceso a los servicios básicos.

No es noticia nueva que la salud en nuestro país atraviesa uno de sus peores momentos: tenemos una baja cobertura y acceso limitado, la calidad del servicio no está acorde a las necesidades y la infraestructura está casi obsoleta. Las grandes diferencias entre los servicios privados y públicos evidencian la desigualdad entre los grupos poblacionales. Pero ante esto, quizá no es solamente la falta de recursos, cobertura e infraestructura, sino la escasa tolerancia, empatía, respeto y aceptación a diversos grupos étnicos, religiosos y de género lo que más ha de preocuparnos.

Y si quisiéramos seguir sumando problemáticas, podemos hablar también del bajo e inequitativo financiamiento, la ineficiencia e ineficacia en los servicios públicos sanitarios y la falta de coherencia entre el marco conceptual y el operativo. Nuestras políticas son reactivas, centrándose en la curación del individuo y no a la prevención de la enfermedad y promoción de la salud.

Sin embargo, estos problemas no quedan atrapados entre las estructuras políticas u operacionales, sino que se ven replicadas socialmente, entre las personas y comunidades, quienes eventualmente resienten estas prácticas, pues aprenden a dejar en segundo plano su salud.

Nos encanta hablar de la bella Guatemala, de ese lugar donde abundan los árboles, según el Náhuatl Quauhtlemallan. Ese país de la eterna primavera, lugar de enfrentamiento entre civilización y naturaleza, un puente entre el pasado colonial y el auge del nuevo milenio. Este país nos demuestra a través de lo cotidiano que, a pesar de sus abundantes recursos naturales y culturales, de su historia de constante lucha y superación, aún quedan múltiples aspectos en los que debemos trabajar para poder desarrollarnos en conjunto como sociedad.

Así que, en el largo plazo, de poco servirá que sólo condenemos al sistema, sus políticas y la forma de ejecución de los programas de salud.

Necesitamos algo más que eso,  como proponer soluciones, escuchar y entender a personas comprometidas con generar un cambio y llevar a la práctica todas aquellas ideas que vayan a mejorar el sistema de salud. Este no será un proceso fácil y de rápida eficacia, probablemente nos tome años e incluso décadas para reparar todos los estragos que la historia económica, política y social del país han generado en la salud, educación y seguridad.

Por tanto, quiero creer que llegará el día donde abrazaremos la diversidad de ideologías y opiniones, porque evidentemente si todos pensáramos igual perderíamos nuestra esencia. Quizá y en el futuro el acceso a la salud no estará condicionado por las realidades sociales y el acceso a los recursos con los que nos tocó nacer.

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