By Antonio Flores
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Detenernos por un momento y observar desde lo cotidiano, es darnos cuenta de todas las batallas que acontecen entre nosotros; Platón decía a sus contemporáneos: “Se amable, pues cada persona con la que te cruzas está librando su ardua batalla”. Esas palabras aún pueden hacer eco entre nosotros, porque si de verdad tomamos el tiempo para comprender y observar, no solo nos daríamos cuenta de lo que el otro esta lidiando, sino de lo mucho que ignoramos nuestras batallas internas.  Dicen que somos una generación que ha decidido hablar sobre la salud mental, sus implicaciones y demás en nuestro día a día, aunque soy de la idea que si bien las palabras son un buen punto de partida, no podemos quedarnos estancados allí.

¿Se imaginan que como justificante para ausentarse del trabajo o de clases, pudiéramos decir “Lo siento, me tomaré un tiempo para mi salud mental”? Sin que esta expresión sea genesis de burlas, risas, memes y demás; parece extraño tal justificante, pero no debería serlo, no debería estar mal que de vez en cuando, veamos hacia nosotros y nos cuestionemos qué está sucediendo, dónde estamos parados, qué estamos sintiendo, cuánto nos llena o importa lo que hacemos, si somos felices o si alguna vez quisimos serlo. Ahora creo que podría interpelarte y hacerte la siguiente pregunta

¿Cuando fue la ultima vez que detuviste todo para mirar en tu interior y entender que estaba pasando contigo?

Si respondiera esa pregunta, diría que es algo que no solemos cuestionarnos a menudo, aunque en nuestra sociedad, cuestionar cualquier cosa, interna o externa, no es común o bien vista. Peor mas allá de la interpelación, esta el extraño sentido de que todo en nuestra mente no es tan importante como en nuestro cuerpo, aunque siendo honestos, tampoco podemos esperar que nos importe mucho la salud mental si la salud física es intrascendente para la mayoría de nosotros que buscamos ayuda solamente cuando nuestro cuerpo no da más.

Whalt Whitman se refería a nosotros como aquellos sin fe que llenan los trenes sin fin para dirigirse a las ciudades de los tontos, y cuanta razón tenía. Si observamos nuestras rutinas, estamos absortos en patrones y algoritmos de conducta tan viciados como repetitivos, que nos alejan de lo que somos o anhelamos ser.

¿Cuándo fue la ultima vez que cualquiera de nosotros se dio cuenta de lo torcido que está escribiendo? ¿Cuándo nos detuvimos a recordar ese momento de niñez donde experimentamos la felicidad en su estado puro, cuando sentíamos que todo en el mundo tenia sentido y estaba bien? ¿Cuando fue la última vez que nos permitimos llorar y sentir que el mundo se desmoronaba frente a nosotros, sin que pudiéramos hacer algo?

A la salud mental le atañen estas preguntas, le corresponde interpelar a nuestra consciencia y al subconsciente, para saber que estamos ocultando o viviendo, hallar respuestas y sanar las heridas que hemos ido acumulando por el camino. No nos damos cuenta, pero estamos en una búsqueda para volver a esos momentos de felicidad, traerla de vuelta y sin embargo, mientras más nos enfocamos en ello, en ser felices y plenos otra vez, más nos elude y escapa de nuestra vista. De hecho, pareciera que la paz, la felicidad y la plenitud nos llegan como un subproducto, un efecto de secundario de esos momentos cuando estamos comprometidos, absortos, concentrados, inspirados, compartiendo, aprendiendo, bailando o sintiéndonos amados.

Mientras tengamos como ocupar la mente, podemos pretender que todo esta bien y no sucede nada en nosotros o entre nosotros; si no somos capaces de reconocer las batallas que libramos dentro nuestro, no podremos ser empáticos y comprender que el otro también esta luchando como puede. 

Deberíamos buscar el tiempo para tomar una pausa, ordenar las ideas, sentir y llorar los momentos, abrazar la historia y honrar nuestro camino; comprender que sentir afecto  o miedo, que las derrotas y el desamor no nos hacen débiles e ignorarlas y pretender que no esta sucediendo nada tampoco nos hacen fuertes.

Adentrarnos a los obscuros e ignorados rincones del ser, nos permitirá ser auténticos, tener paz y ser felices; esa búsqueda interior, también nos permitirá que los otros se aparezcan como son, sabiendo diferenciar lo propio de lo ajeno. Así, podremos responder en los espacios de encuentro y conocimiento desde lo que somos, sentimos y experimentamos en las batallas propias; esto nos señalará nuevos caminos y nuevas propuestas para entender el pluralismo y abrazar la diversidad.

Pero mientras no reconozcamos nuestra propia necesidad de ayuda, seguiremos siendo un tremendo “salvese quien pueda” donde todos pereceremos, mas pronto que tarde.

De nuestras vulnerabilidades vienen nuestras fortalezas.
Sigmund Freud.

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Vuelo bajito por la ciudad... contemplo y comparto lo contemplado. Creo en el amor, busco la verdad, luchó por la justicia y disfruto la amistad; eterno aprendiz, estudiante, amigo, hermano, bata blanca. Tratando de tranformar la eterna primavera.

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