By Rincón Literario
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Stephanie Burckhard/

La luz del atardecer venía acompañada de una nueva paciencia, adulta ¿quizás? Exhausta sí. Ese mismo día, por la mañana el aroma del té recién hecho me abrió los ojos y comencé a leer el libro sobre el minimalismo. Le había puesto todas las esperanzas a esas páginas.

Por supuesto que dos horas después de seguir sus instrucciones me había arrepentido. Era peor de lo que había pensado. En el rincón de la habitación estaban todas las gavetas vacías, una inmensa montaña de ropa en ángulo desafiante ya se venía al suelo, los discos, los libros, los cables, todo afuera. Ni cuento el estado de la cocina y del estudio.

En el siguiente capítulo explicaba que ahora tocaba la magia del orden y del despojo. Saqué sartenes, videojuegos, zapatos y de inmediato la triste figura de muchos objetos innecesarios se precipitaron por la puerta. Para las cuatro de la tarde la casa tenía un aspecto holgado.

Salí para leer el último capítulo del libro. En él, me preguntaban si cada objeto con el que me había quedado producía felicidad en mi vida. Si no era así, tenía que sacarlo. El mundo de domingo parecía rincón de tardes de verano buscando extenderse. Una hora después mis ojos se fijaron en el color del atardecer, combinaba con el helado de fresa que me acababa de comprar, de esos que venden por el área de empeño de anillos de compromiso.

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