By Isa Contreras
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Recuerdo perfectamente el día en que un profesor de literatura me enseñó quiénes eran Camus y Sartre, el día en que me hicieron leer “El Túnel” de Ernesto Sábato y “Don Quijote” o cuando me presentaron a Borges y Cortázar. Tengo presente cómo me marcó esa clase de literatura que tomé en mi primer año de universidad. No olvido el momento en que me enseñaron a pensar… Y es verdad lo que dicen: la ignorancia es una bendición.

Puedo recordar muy bien lo que era mi vida antes de formarme una opinión propia. Era muy sencillo escuchar a mis mayores y obedecer. Cuando uno es joven (bueno, más jóven que mis 23 años), por lo general sólo sigue la corriente y se deja llevar por los demás. Pero a veces, sólo a veces, suceden cosas de otro mundo. Esto fue lo que me sucedió cuando descubrí la literatura. Ese momento en el que me dí cuenta que el mundo no es como lo pintan. Que las cosas no son todas iguales, que las personas están formadas de muchos matices, unos más oscuros que otros.

La literatura me enseñó a pensar por mi propia cuenta y, desde entonces, lo promuevo como si me pagaran por hacerlo.

Así que aquí les va un poco de mi campaña publicitaria:

Cuando se abre un libro, ya sea de cuentos, narrativa, filosofía o historia, se activa algo en nuestra mente. Se activa esa voz que nos dice que no todos pensamos igual. Existen más personas en este planeta, con una opinión e ideología distinta a la nuestra y no necesariamente quiere decir que está mal.

Cuando leemos las ideas de otros aprendemos sobre otros mundos, otras formas de pensar, podemos comenzar a mezclar las ideas que nos gustan de estas personas con las propias. Me gusta la idea de poder formar mi propio criterio sobre los valores, la religión, la vida y la muerte. La literatura me da la oportunidad de sumergirme en los pensamientos de personas más inteligentes que yo y comparar  mis ideas con las de ellos. Me permite darme cuenta que no sólo yo tengo toda la razón.

Sin duda alguna pensar es peligroso. A los gobiernos y a las iglesias no les gusta que la sociedad piense, que cree su propio criterio.

Por supuesto, una sociedad culta y letrada es mucho más difícil de manejar a su gusto y antojo. Pensar es difícil pero necesario. Sin duda alguna, tener ideas muchas veces va a generar choques con nuestro sistema económico creado para mover masas.

Por esto recuerdo tan bien el día en que me enseñaron a pensar y lo agradezco millones. El día que me libraron de prejuicios y telas ante mis ojos. Agradezco el día en que encontré que el propósito del ser humano es pensar, crear, innovar e imaginar… y todo por culpa de la literatura.

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