By Rincón Literario
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Luis Pedro Véliz/

Se levanta de la cama y pone el pie izquierdo, es zurdo. Quizá amaneció con la extremidad correcta. Son las nueve de la noche y está estrenando resaca, como todos, como muchos, o como pocos. Si no empiezo ahorita esta me termina de alcanzar. Si la prendo ahorita, mañana amanezco sin goma. Como la calle se presta para los ebrios, las putas y los perros, caminar no está de más, además, dicen que paso a paso uno va sudando el alcohol.

La noche se ve borrosa, miope que parte las gafas. La música y el beat le marcan la vida, aunque un audífono no funcione bien y todo suena como se ve, desenfocado.

Ella se suma a la caminata nocturna y entre amiguitos y ajitos, las pupilas dilatadas somos todos, los espejos sonrientes también y una cerveza quebrada en el piso guía el camino: el norte se saborea bajo la lengua.

El bar no es nadie más que a los que ya se les pasó un poco la edad y ven desde la barra las faldas a las que les faltan un par de años, tan solo unos, no más. El otro año ya es legal, dicen.

Volvamos a la calle y déjese querer, hombre. No sé cuál es su problema si no soy yo.

Abre los ojos, ella le toma la mano, y la otra la guarda en su bolsillo derecho trasero, se la arrebata y le compra un café, le ve con desaprobación y le pide que no lo haga: cuídese, bebé, no quiero que le pase algo.

Vuelve a abrir los ojos y ella sigue allí, alucinógeno de la teletransportación. Transeúnte en New York, todo brilla tanto como las pupilas que dilata viéndose al espejo. Es ella: su espejo.

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