By Martín Berganza
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Martín Berganza/ Opinión/

Estoy sentado en mi cocina, leyendo la nota de Prensa Libre de hoy, dónde explica la iniciativa de Jorge Serrano Elías para refundar al Estado, llamada de forma tan original, “Frente Amplio Refundación”.  Aparentemente, al ex-presidente golpista le pareció una idea coherente juntar a personajes tan ideológicamente distintos y representativos de la vieja política como Pablo Monsanto y Byron Lima. También incluye a funcionarios que trabajaron en su gobierno para cocinar una propuesta que busca renovar al Estado.

Un exgolpista trabajando con personas con poca vocación democrática… ¡seguro resulta bien!

Pero veamos. Refundar al Estado es un anhelo de amplio espectro ideológico: desde la izquierda, representada en movimientos sociales urbanos y campesinos, hasta la derecha libertaria, que aún no olvida los planteamientos de Pro Reforma. Parece que a ninguno satisface – y con buena razón – el régimen “democrático” que los militares bondadosamente nos otorgaron al concluir la fase más intensa de la lucha contrainsurgente. Porque recordemos que el régimen de facto de Efraín Ríos Montt tuvo como misión reformar el sistema electoral y de partidos políticos, emitiendo la Ley Orgánica del Tribunal Supremo Electoral (Decreto-Ley 30-83), la Ley del Registro de Ciudadanos (Decreto-Ley 31-83) y la Ley de Organizaciones Políticas (Decreto-Ley 32-83). Esto, efectivamente, sentó la base del posterior Decreto-Ley 3-84, la Ley Electoral Específica para la Elección de la Asamblea Nacional Constituyente. Con esta serie de decretos leyes, el Ejército efectivamente fue el que otorgó la democracia, por pura voluntad y conveniencia política. Y desde entonces, entramos en la sempiterna discusión de cómo mejorar o refundar al Estado.

La dificultad que no han percibido ni Serrano, ni otros, es que la elección a diputados de una Asamblea Nacional Constituyente, se haría bajo el mismo sistema electoral, con los mismos partidos políticos. Entonces se torna bastante obvio que se necesitaría una reforma integral al sistema para producir nuevos partidos que postularían candidatos probos, o que por lo menos, respondan a los intereses de los afiliados dentro del partido y no al comité ejecutivo nacional, que normalmente responde a los financistas del partido. La actual reforma electoral no soluciona del todo estos males, aunque tiene el beneficio de dotar al Tribunal Supremo Electoral con la facultad de comprar espacios de tiempo de aire en los medios de comunicación para distribuirlo equitativamente entre los partidos. Esto, sumado a la disposición que establece una revisión cada cuatro años de las normas electorales, para proponer cambios y que esta se adapte al espíritu de los tiempos, resulta en dos grandes beneficios para el sistema electoral guatemalteco.

¿A qué conclusión quiero llegar? Que una refundación del Estado necesariamente pasa por el actual sistema de partidos políticos. Cualquier grupo o colectivo tendrá que pensar en constituirse como una opción electoral para, por lo menos, lograr la elección de suficientes diputados para negociar una “refundación”. Pero bueno, de eso dependerá la voluntad de cada grupo.

El problema central sigue siendo el mismo: la refundación no puede estar en las manos de los mismos actores políticos.

Está en nuestras manos diseñar el sistema electoral que logre partidos representativos y eficaces, para luego poder competir en las elecciones y lograr los cambios que se desean. De lo contrario, podremos esperar hacerlo de otra forma, fuera de la política formal, pero los actores políticos con las viejas prácticas seguirán metiéndole goles a la población guatemalteca.

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Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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