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Brújula/

“La urgencia es la señal del dolor”, afirmaba el Dr. Carlos Díaz hace algunas semanas en el auditorio de la Universidad Rafael Landívar.  En Guatemala urgen muchas cosas, urge el millón 200 mil viviendas para guatemaltecos sin hogar, urgen las condiciones para los 4 millones de niños y niñas que se encuentran fuera del sistema educativo, urge que la justicia sea pronta y cumplida para los miles de casos archivados en el Organismo Judicial.  Urgen porque duelen; duelen porque implican vidas humanas, dignidades arrebatadas, plenitudes de vida interrumpidas.

Sin embargo, también existen situaciones cercanas a nosotros que duelen. Duele el amigo que se va, la vida que se arranca, el futuro que cambia de rumbo sin aviso previo.  Esos dolores tan cercanos que cambian nuestra visión de la vida y reformulan nuestras prioridades. Muchas veces son estos pequeños dolores, y no los grandes, los que nos abren los ojos ante las difíciles situaciones que vivimos como guatemaltecos.

El pasado 21 de febrero, un hecho de violencia en la zona 11 arrebató la vida de Ana Lucía, una joven estudiante de la Universidad Rafael Landívar.  Delincuencia común que estamos cansados  de leer y escuchar en los medios de comunicación, delincuencia que arrebata vidas valiosas día con día, llevándose consigo pedacitos de alma de amigos, parejas, familiares y conocidos.

La vida de Ana Lucía fue interrumpida con cápsulas de plomo, sin mayor explicación.

“Lo peor que les puede pasar es que nos les duela nada”, continuaba el Dr. Díaz en su discurso, refiriéndose a los jóvenes y su vida muchas veces llena de indiferencias ante el dolor ajeno.  Y es que debemos dejar de ser indiferentes, desde la pérdida de una sola vida injustamente, hasta las miles de personas que viven en nuestro país sin condiciones que los dignifiquen.  No podemos continuar caminando por la vida creyendo que nuestra individualidad nos salvará.

En Brújula conocimos a Ana Lucía, y con su partida, también se fue un pedacito de nuestra alma.  Pasó por nuestra revista de forma breve y puntual, pero significativamente valiosa. Su apoyo en una campaña que buscaba botar estereotipos sobre condiciones económicas, sociales y culturales, fue una campaña creativa y exitosa. Sin el trabajo de Ana Lucía y Daniella esto no hubiera sido posible.  Para muchos, la partida de personas como Ana Lucía son estos dolores cercanos que nos pegan y nos sacuden.  En Guatemala, la impunidad se pasea de forma imperante y esto no cambiará a menos que como país logremos convertir el dolor en esperanza y acción por cambiar las situaciones injustas que nos rodean. Guatemala nos duele, y es momento que como jóvenes decidamos reconocer esos dolores, ser sensibles ante ellos y actuar para que cada vez, el país nos duela un poquito menos.

Muchas veces, las personas que se van dejan luces brillantes regadas por doquier, sin siquiera haberlo planeado. Estamos seguros que Ana Lucía seguirá brillando a través de muchas personas que la conocieron, trascendiendo así esta vida llena de contradicciones.  La luz  no se apaga aquí.

 

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