By Brújula
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palma

Tania Estrada/ Opinión/ 

La abundancia de elementos naturales se convierte en una fuente de conflicto cuando estos son vistos solamente como recursos por distintos grupos que, bajo la bandera del desarrollo, los explotan.

Visiones de desarrollo diferentes, cada cual sustentada en creencias y cosmovisiones opuestas, se encuentran en una suerte de campo de batalla cuando se debate el uso de fuentes de agua, montañas y suelos. Por un lado, una visión capitalista que busca el crecimiento económico como única vía para mejorar los niveles de vida (¿de quién?). La naturaleza se convierte en fuente de riqueza, reservada al mejor postor. Por el otro, una visión que entiende a la naturaleza como aquella madre que brinda lo mejor de sí a sus hijos e hijas, pero a la vez demanda respeto y cuidados. Una visión con sentido de sostenibilidad y  sustentabilidad.

La visión de la naturaleza como bien de cambio, se encuentra con la visión de la naturaleza como fuente de vida.

Flora y fauna riquísimas colman varias regiones del mundo y brindan sus frutos a quienes habitan sus tierras, mientras estos agradecen a su Dios sin saber que eso mismo que llamaron “bendición”, pronto se convertiría en una maldición. Distintos países en Latinoamérica dan muestra de esto y Guatemala es uno de ellos.

El país de la eterna primavera es el lugar idóneo para la instalación de megaproyectos basados en la explotación del ambiente, no solo por sus riquezas naturales, sino también por la falta de certeza jurídica de la tierra, la corrupción y el irrespeto a los Derechos Humanos; así como una legislación pobre que impone pocos (e insignificantes) requisitos para la instalación de hidroeléctricas, mineras, empresas de extracción de aceite, entre otros.

Una vez instalada la empresa, los efectos en el ambiente se hacen evidentes de manera inmediata, pero los efectos sociales lo hicieron mucho antes.  

Aquel nacimiento de agua que abastecía a comunidades enteras es ahora destinado al proceso industrial en las mineras, la tierra que daba maíz y frijol, ahora está ocupada con palma africana para suplir a países europeos con su aceite para fabricar biodiesel (que junto al etanol, son la alternativa ecológica al petróleo… ¿en serio?). Todo esto se hace posible por medio de empresas -nacionales y extranjeras- de capital transnacional, que ingresan a las comunidades con promesas de empleo “seguro”, viviendas “dignas” y “desarrollo”.

Pero la realidad dista mucho de dichas promesas. Comunidades divididas y desalojadas de sus tierras, estados de sitio, violaciones, amenazas a  líderes comunitarios, secuestros e inclusive la pérdida de vidas humanas… todo porque aún no comprendemos que existen distintos caminos al desarrollo. Y que tu idea de desarrollo no es necesariamente la mía.

Es decir, si tu desarrollo se sostiene sobre la base de los atropellos a mi dignidad, ¿será realmente desarrollo?

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