Diario

Fernando Grajeda/ Promoción XLIII / Colegio Liceo Javier/

Al recordar mis años en el colegio, me vienen a la mente muchos momentos que me llenan de melancolía y me dibujan una sonrisa en la cara.

Considero que hay muchos recuerdos, pero hay tres en especial que me han marcado de gran manera. La primera que podría mencionar es el deporte. El ser parte de la selección de basketball del colegio desde quinto primaria hasta quinto curso me moldeó en muchos aspectos importantes que hoy en día como profesional, e incluso en mi vida personal, son pilares fundamentales de mi desarrollo humano. Me refiero a la disciplina, el trabajo en equipo y la competitividad sana que se llegaron a convertir en parte de mi ADN. Muchos de mis grandes recuerdos del colegio se remontan a las veces que me tocaba defender los colores del Liceo Javier en otros colegios, en otros departamentos del país e incluso cuando fui seleccionado nacional. Las amistades que logré formar con los integrantes de cada uno de los equipos con los que jugué, son todavía amistades que se mantienen y tienen un significado muy importante en mi vida.

Otra actividad que me marcó, y la cual engloba la filosofía del colegio, fue aquella ocasión en quinto curso en la que tuvimos la oportunidad de ver, oler y experimentar la realidad de niños con desnutrición que vivían en la aldea Camotán, Chiquimula, debido a un período de sequía alargado que se vivió en este lugar. Recuerdo que fue durante este viaje que realizamos algunos voluntarios del colegio, que pude ver la triste realidad de nuestro país en el cuerpo de unos niños indefensos y desnutridos que no tenían la culpa de lo que les estaba sucediendo.

Sin embargo, no lo guardo como un recuerdo gris, sino al contrario, fue una experiencia que me hizo salir de la burbuja de la que estamos acostumbrados en Guatemala y ver con mis propios ojos la verdadera realidad del país.

Fue ahí donde confirmé que, aunque viviera fuera, yo de alguna forma tenía la responsabilidad y el compromiso de hacer algo por mi país. Y ese compromiso al día de hoy ya se ha empezado a hacer realidad, aunque me gustaría poder hacer más, pero es un recordatorio que continúa resonando dentro de mi mente y corazón como algo latente y esperanzador.

Finalmente recuerdo, y aunque ya no como estudiante sino como un exalumno, la maravillosa oportunidad que tuve de presentar la novela que escribí el año pasado, en el 2012, a casi 600 alumnos entre primero y quinto curso del Liceo Javier matutino y vespertino.  Esta presentación me tocó el alma porque pude de alguna forma – fundamentada en hechos y no solo en sueños – demostrarle a los alumnos que cuando uno sueña en grande y actúa, las cosas se dan. Muchas veces no de la forma que nosotros queremos, pero de la forma que Dios quiere para nosotros y que es muy importante que estemos atentos y dispuestos a aceptar que tenemos una misión en esta vida, y  debemos ser luz en cualquier faceta de vida que nos toque afrontar siempre de la mano de Dios.

Quiero darles un “gracias” a todas las personas, alumnos, exalumnos, maestros, directores, sacerdotes, entrenadores, personas de administración, de la garita, de la tienda, y a todos los que han sido parte de la historia de este Liceo Javier durante estos 60 años, porque gracias a la dedicación de cada uno de ustedes, y de nosotros como estudiantes, se han podido dar las bases de moral, ética y sobre todo de promover el servicio a los demás, en un mundo donde el egoísmo y la soberbia parece que son los valores más aceptados.

Gracias a todos por ser parte de esta historia y los insto a que sigamos luchando por una Guatemala en paz y que no perdamos la esperanza que la igualdad la podemos alcanzar en todos los aspectos sociales, económicos y sobre todo, humanos. Un fuerte abrazo desde Santiago de Chile.

 

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