By Claudia Aj Hernández
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Cada vez se hacía más frecuente la carencia de inspiración, la falta de ideas, de motivación, de imaginación. Y es que, he pasado por tanto en los últimos cuatro meses, lo suficiente como para llenar diez hojas de historias con finales distintos, pero no es de mí que quiero hablar.

Era miércoles, recurrí al método de siempre, me confiné en un bar, sola, pero con la misma gente, aguanté sobria 3 canciones, después me acompañé de un par de gin tonic para que me agilizara la mente. Una muchacha de tacones altos y el pelo alborotado, con una cerveza en la mesa empezó por tararear cada vez más fuerte el coro de No pasa nada; mientras un flaco se esforzaba en tocar la guitarra como El Gordo, aferrada a su libreta se empeñaba en describir a cada fulano del lugar, se reía sola por ratos y por otros fruncía el ceño, y fiel a esa costumbre mía de quererlo saber todo, le pregunté sobre qué escribía, sobre lo efímera que es la vida me contestó, me dio una cátedra de su teoría que iba más o menos así: los seres humanos tendemos a estar inconformes con nuestro destino, aunque estoy segura que no fue destino la palabra que utilizó. No parecía ser del tipo de persona que cree en el destino.

La vida se valúa por los segundos en que quisiéramos darle replay, sin embargo, gastamos más tiempo deseando lo que no tenemos y desaprovechamos lo que sí tenemos, claro que no lo hacemos conscientemente, eso de quejarnos regularmente se nos da de manera natural. Comenzó señalando a una pareja de novios, asumiendo que lo eran, cada quien entregado totalmente a la pantalla de su celular. En otra mesa, una señora haciéndole mala cara a un plato de nachos de Q60.00, sumado a eso, un mesero que claramente no era nada feliz con su trabajo. Mientras hay personas que perdieron a sus seres queridos, hay muchas otras que ignoran a los que tienen al lado, mientras hay niños y ancianos sin un plato de comida, hay otros que tienen de más y la desperdician y mientras hay miles de personas que salen cada mañana con la esperanza de encontrar un trabajo, otros no valoran el que tienen.

Entre balbuceos, mencionó que una experiencia de hospital, bastante fuerte al parecer, de esas que suelen acercarte más a la resignación que a la oración, le permitió ver lo efímera que es la vida, entendió eso que decían, que las manecillas del reloj solo van hacia delante, que un parpadeo dura más que el mismo instante en que te cambia la suerte. Fue entonces cuando hice cuentas de las mil veces que le he reprochado a Dios y él me ha bendecido el doble, para entonces me descubrí tarareando “…crees que a mí no me pasa nada”, con el ceño fruncido, media sonrisa en la cara y la mitad de una cerveza en la mesa.

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Me gusta escribir líneas de experiencias propias y ajenas, de historias vividas y soñadas, transmitir sentimientos y dejar el alma al descubierto.

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