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José Ochoa / Opinión /

El Facebook es una herramienta apasionante. A veces, cuando quiero sentirme más miserable, me detengo de vagar en los perfiles de mis amistades y visito las páginas oficiales de varios medios de comunicación, Prensa Libre, Emisoras Unidas, La Hora, Guatevisión, entre otros, y reviso los comentarios en sus publicaciones; en particular las que tratan temas sociales.

Miserable porque me pregunto cómo es posible que  podamos difundir tanto odio a través de unos cuantos caracteres.

Me explico. Cuando la Corte Suprema de Estados Unidos legalizó el matrimonio homosexual en ese país, las publicaciones en Guatemala dieron pauta a una variedad de comentarios, algunos con fundamentos religiosos, pero casi siempre hirientes, denigrantes y críticos con la decisión; homofóbicos, pues. O con las notas de cuando capturan a un supuesto delincuente y la primera respuesta es: que los maten.

No dejará de sorprenderme cómo un país cristiano puede ser tan fanático de la muerte.

Por eso, cuando me preguntan por qué me gustan tanto los videojuegos, música, series y deportes les respondo “¿por qué no?”. Es allí cuando me encierro en una partida de FIFA, en el nuevo disco de Foals, viendo sin parar Daredevil o gozando de un Monterrey contra Santos, donde trato de motivarme ante una sociedad que necesita luces, que tiene posibilidades, pero por momentos parece obligarte a la tristeza.

Y es por eso que me enfurezco más cuando en esos mis lugares de paz personal se ven bañados en la ignorancia selectiva. El deporte es el gran ejemplo. Lo que en la lógica –y hasta según los espíritus deportivos que tanto difunde el Comité Olímpico Internacional (COI)– debería ser una actividad saludable, se presta para los comentarios con más estereotipos y prejuicios.

Ahora, la selección nacional compite en la Copa Oro 2015. Allí toca el rival de siempre, para nosotros, porque no comprendo el odio hacia México. “Es que son muy prepotentes”, me dicen algunos, o que siempre nos hacen de menos, responden otros, pero lo cierto es que enfrentarse al país vecino es sinónimo de echarles en cara muchas cosas. Y, como si faltara más, tras un empate a cero en Arizona, las páginas de Facebook se llenaron de “¿y dónde están los cinco goles que nos iban a meter, hijos de la gran puta?” o más rabia.

Pareciera que el verdadero objetivo del éxito no es la superación, sino atacar a los demás.

Y la selección es el lugar donde se preparan, incluso aún más, estereotipos. Como un vídeo que se difundió, como le gusta decir a los medios: viral. Allí, un joven guatemalteco -aunque por el acento parece ser residente en Estados Unidos- llora, se enoja y hasta quema una camisola porque no hay modo que el equipo nacional de fútbol gane un juego, o no sea goleado. “Pongan huevos”, dice, mientras en los comentarios recibe el apoyo de miles que piden sí, un verdadero chapín siempre va a apoyar a su selección; y sí, que mejor llamen a otros patojos a jugar, que ellos sí van a “sudar la camisola”; o, claro, por favor, pongan el nombre de Guatemala en alto.

Aquí parece que millones de quetzales robados nos parece mal, pero que nos metan tres goles es para llorar y sentir que nada está bien en esta vida.

Sí, me enfurece que eso pase porque, como ya dije, si quiero sentirme miserable busco las notas sociales y sus comentarios. En el deporte esperaría recibir satisfacciones por una victoria, gozo por un buen partido o tristeza, pero tristeza linda porque un equipo que me gusta pierda un partido. Los fanatismos llevan a las reacciones más desproporcionadas e idiotizados por una pelota, ya no se disfruta el deporte, se depende de él.

Sin duda, estaré más tranquilo no cuando la selección vaya a un mundial, sino cuando podamos ver un partido de fútbol sin pensar tanto en el rival, sin insultos, y más nervios que estereotipos.

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