By Silvia García
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Todo estaba fríamente calculado. Me graduaría del colegio al lado de mis mejores amigos y luego me inscribiría en la universidad para estudiar eso que siempre soñé. Tomaría cursos adicionales, haría ejercicio y, tras 5 años de esfuerzo, me graduaría; obtendría mi bien merecido título de licenciada. Así empezaría por fin a trabajar profesionalmente. Ya con mi salario en mano, iría “haciendo mis cositas”: comprar un carrito, hacer un par de viajecitos y claro, no pueden faltar esas compras innecesarias que te hacen creer que tu capacidad de adquisición te hace una mejor persona.

En fin, lo siguiente en la lista consistía en, ya con mi experiencia profesional y académica, emprender. Sí, dar ese valiente, y bastante de moda hoy en día, salto a la libertad económica. Comparto el final del maravilloso y, a mi parecer, bien logrado plan.

Encontré un trabajo genial. La paga era decente y el ambiente bastante dinámico. Hacia lo que me gustaba y me quedaba tiempo para ir al gimnasio. ¿Muy bueno para ser cierto? Pues sí, ese trabajo genial, estaba solo en mi cabeza. En realidad nada funcionó. Nada resultó como lo había planeado.

Envié mi CV por doquier, hablé con conocidos buscando referencias laborales y me compré un lindo atuendo para proyectar una imagen profesional en los procesos de reclutamiento. Y nada, mi preparación académica prácticamente no servía de nada en las entrevistas. Mi poca experiencia en el área lo hacía aún más difícil y mi carisma quedó a un lado. Experimenté el rechazo de una forma nueva y diferente. Siempre había pensado que al contratarme, las empresas estarían haciendo una gran adquisición, pensé que estarían ganando a una valiosa colaboradora, capaz e inteligente.

Sabía cómo exponer mis talentos ante los reclutadores, ¿cuál era el problema entonces? Toda esa situación me llevó a reflexionar, ¿en realidad soy tan capaz como pienso ser? ¿Tengo lo necesario para aportar calidad e innovación a las actividades diarias de una compañía?

Estaba frustrada. Mis papás siempre se mostraron orgullosos de mí y en todo momento se alegraron de mis logros, a pesar de no ser sobresalientes. Mis papás me amaban tanto que olvidaron decirme algo: la realidad. Olvidaron decirme que mis notas promedio no harían la diferencia. Olvidaron decirme que los desvelos en el colegio no se comparan al verdadero esfuerzo que debes de hacer de adulto para salir adelante. Me premiaron porque me amaban, y se los agradezco, pero obviaron la verdad del mundo.

El mundo laboral es competitivo y fuerte. No basta con tener carisma y ser bueno en lo que haces. Claro, este es un tema muy amplio que puede ser abordado desde múltiples perspectivas, la mía es: seamos realistas respecto a nuestras capacidades profesionales. Hagamos a un lado lo bueno y lo malo que nos hayan dicho y examinémonos a profundidad, seamos sinceros con nosotros mismos.

¿Nos estamos esforzando lo suficiente? ¿Estamos entregando todo por ser profesionales que impacten en su área laboral?

Esto ya no es una cuestión de sueldo o de hacer una carrera profesional. Antes de avanzar debemos de conocer en dónde estamos. Vivamos con pasión, encontremos nuestra esencia y compartámosla con el mundo.

 

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