By Rincón Literario
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Francisco Juárez/Corresponsal/

—Ah, maldita sea. Hay levantamiento militar. ¡Henricksen! ¿A dónde vas?

—Nos vemos en la calle setenta y tres.

—¡Henricksen! Espera por Dios, sólo déjame tomar el equipo, está en la habitación. Tengo que subir tres niveles.

—¡Calito apúrate, tenemos que cubrir!

Henricksen preparó su equipo y aseguró los cinturones con los que debía cargar la pesada cámara. “Cine 60” podía leerse en el cinturón. El equipo había sido usado por otro reportero gráfico en ocasiones anteriores y se encontraba deteriorado. Llevaba apenas dos semanas en el país después de volver de Suiza. Había radicado en Europa por cinco años gracias a la beca “Boris Ivs” para estudiantes de cinematografía la cual le había sido otorgada por la universidad gracias a su rendimiento académico. Cuando sucedieron los hechos de ese septiembre tenía treinta y tres años.

—¡Calito! ¿estás listo? —gritó desde el patio central. No recibió respuesta—. ¡Calito por favor tenemos que partir!, todos los demás ya han salido del hotel.

Subió por las escaleras hasta el tercer nivel. Llegó a la habitación 33.

—¡Vámonos muchacho! No me digas que entraste al baño, no es momento para que te andes cargando en los demás.

Solamente escuchó el movimiento de los demás huéspedes saliendo del hotel.

—Los tanques avanzan por la Libertador —dijo una pareja que se cruzo en su camino.

—¡Calito, abre la puerta! —dijo golpeándola con vigor, pero nadie respondió.

Se asomó a la ventana y trató de distinguir movimiento dentro de la habitación pero la oscuridad cubría el interior.

—Imbécil —murmuró cuando bajaba las escaleras hacia la planta baja.

Al atravesar el lobby alcanzó a escuchar la transmisión en directo a través de radio Mendoza. Al salir se encontró con un grupo de personas que corría en su contra. Tomó a un hombre del brazo.

—¿De dónde vienen? —preguntó Henricksen.

—Del Rifki. Estábamos tomando unos tragos cuando escuchamos las descargas a unas cuadras. El chico que repartía la leche entró y nos alertó sobre el avance del ejército.

Corrió hacia la calle Setenta y Tres. Pensó que  allí se encontraría con Calito pero no lo identificó entre los pocos hombres que huían rezagados.

—¡Conchasumadre! ¡Malparidos! ¡Milicos golpistas! —gritaba uno de los hombres que se resguardaba tras un poste del alumbrado eléctrico.

La descarga de los fusiles se escuchaba cada vez más cerca. Se veía menos gente por la calle.

Henricksen cruzó por Víamar rumbo a Independencia. Al llegar a la esquina de Huérfanos un tanque y un carro blindado se encontraban apostados apuntando sus armas contra el edificio de Gobernación.

—¡No! ¡No disparen por favor! —gritaban a través de los balcones las personas que se encontraban en el mismo.

Se vio solo, abandonado en aquella esquina. El pensamiento que abarcaba las calles era el miedo. El podía sentirlo a través de las piernas. Las rodillas temblaban. La chaqueta de corduroy café se encontraba empapada en sudor. La camisa negra de cuello de tortuga le asfixiaba. Se acomodó el equipo sobre el hombro.

Llegó a avenida Libertador. Un grupo de efectivos del ejército disparaba contra los transeúntes. Encendió la cámara. Su mundo se redujo a las imágenes que atravesaban el lente rayado por el maltrato y el paso del tiempo. A su alrededor corrían las personas buscando refugio. Identificó al oficial al mando del regimiento. Le filmo directamente sin importar las amenazas que éste le profirió.

 

—Señor Henricksen le ha sido otorgada la beca “Boris Ivs” en reconocimiento a su compromiso académico y profunda dedicación al enaltecimiento de nuestra institución y la nación. Sea usted pues germen de cambio en las tierras de Europa —el auditorio se puso en pie al momento que el joven Joseph Henricksen estrechaba la mano del rector de la Universidad Estatal.

—Con esto podré cambiar el mundo —le decía a su hermana mientras le mostraba la cámara que su padre le había regalado en recompensa del logro alcanzado—. Te mandaré por correo las imágenes que tome de Suiza. Sé que te gustarán.

 

El oficial desenfundó la escuadra y la apuntó directamente contra él.

—¡Soy reportero gráfico! ¡No porto ningún arma!

El oficial disparó. Contuvo el aliento por un momento. No pudo moverse. Inexplicablemente apretó el mango de la cámara y continuó grabando.

 

Después de cinco largos años regresaba al país lleno de esperanza. Ingresó en la agencia de noticias del Pacífico.

—Muchacho, será necesario que salgas a la calle. No me es agradable encomendarte esto, se nota que eres un muchacho preparado, inteligente, talentoso. Pero las circunstancias nos exigen cubrir los hechos. ¡A cada hora sucede algo en esta ciudad de mierda! Son tiempos difíciles y tengo que tener en las calles a todo el personal, incluso a los cabrochicos.

—Señor Nassif no hay necesidad de preocupaciones. Lo haré con gusto. Sé que con las imágenes que obtengamos podremos mostrar la verdad de lo que está sucediendo.

—Tienes el entusiasmo que yo tenía al entrar a este negocio hace más de veinte años. No soy nadie para arrebatártelo. ¡Eh! Calito, ven. Te presento a Joseph Henricksen. No te separes de él. Muéstrale cómo trabajamos en la agencia. Bueno muchachos, a trabajar.

 

El oficial dio media vuelta y se dirigió a un grupo de carabineros que se encontraba en la palangana de un camión. Todos apuntaron los fusiles hacia Hericksen. Este no dio un paso atrás. Dirigió su cámara en dirección a uno de los carabineros que le apuntaba. Hizo un breve acercamiento. A través del lente atravesó la imagen del fusil soltando el disparo. El sonido. El carabinero que recargaba el fusil.

La pesada cámara se estrelló contra el pavimento. Continuó grabando.

En el lobby del hotel se escuchaba la transmisión de radio Mendoza.

—Recién acaban de matar a un reportero gráfico.

—¿A quién?

—En la Libertador. No le sabría decir.

—¿Reportero gráfico de dónde?

—No puedo precisar a qué diario pertenecía.

—¿Está todavía allí el cadáver?

—No, se lo llevaron quien sabe a dónde. Supongo que a la morgue.

 

Se escuchó estática. El radio se apagó.

 

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