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José Antonio Cornejo Guerra/

“¡Nena, no juegue allí, hay mucha tierra, se va a ensuciar!”…

Con toda tu picardía me volteas a ver como buscando una aprobación. Sé que lo haces, sé que buscas que te de la luz verde para hacer lo que estás sintiendo, para que sea tu escudo contra la dictadura de reservas que te han impuesto. Solo puedo apreciar tus ojos chinitos y traviesos iluminar una sonrisa de medio lado y lo rosado de tus pómulos como atardeceres de verano.

No digo nada, levanto mi mano y sonrío. Sigues brincando con tus piecitos sobre la tierra, das vueltas y vueltas y finalmente caes al suelo. A tu corta edad hablas mejor que muchas personas que conozco, intentas decir –cayó- y ríes. La tierra entre seca y mojada, un tanto se levanta como polvo y te hace toser, otro poco en cambio, mancha tu pantaloncito rosa y desde dentro de la casa, se escuchan unas pantuflas furiosas salir a enfrentarnos.  Te levanto despacito y de una vez te lanzo al aire como tanto te gusta y he vuelto a tomarte en mis brazos.

Un camisón enojado nos regaña por el desastre y tu pones tu carita de princesa de cuentos de hada, yo como tu caballero que ha jurado protegerte sempiterno, tomo la culpa y la estocada viene hacía mí y mi falta de consideración. Que no entiendo que en la tierra no se juega porque ella se ensucia y que después anda con las manos polvorientas, si se enferma, ya sabemos de dónde viene la causa. Aunque las personas piensen que eres muy pequeña para comprender, sabes exactamente lo que ha pasado y me abrazas como terminando exitosamente una travesura que te ha hecho feliz. Nos hizo feliz hija mía.

No diré –cuando tengas edad- porque ya la tienes, me doy cuenta que estás comprendiendo el mundo tal y como te lo susurro en nuestros juegos inventando en un garaje de dos por dos metros. Hemos luchado feroces batallas contra un canino viejo y desdentado, conquistamos gran parte del reino de las flores a las cuales arrancas algunos los pétalos para conservarlos como prueba de tu hazaña.  Te  vi la primera vez que descubriste el cielo tras la punta de mi dedo y tus ojos se abrieron por primera vez tanto, que pude notar un jirón de tu alma. Hemos aprendido a volar tantas veces justo donde aprendiste a decir “uno…tos…y…tes” y hoy descubrimos un gato viejo que duerme en el balcón de la vecindad.

Son tantas cosas que no puedo terminar de nombrarlas en las pocas líneas que compondrá esta carta, para todo lo demás tendremos la melodía de los días. Has aprendido hija, que jugar con la tierra no es malo. Que al ensuciarse te embarras de lodo pero te manchas de felicidad y tu sonrisa vale más que todos los detergentes del planeta. Claro amor, yo no lavo tu ropa, mi rol es “nada más”  jugar contigo; sin embargo a tu edad, jugar lo es todo, como deberíamos ser todos. Por eso eres sabia.

Supongamos amor, que la tierra representa los problemas; cada vez que tengas el valor de enfrentarte a ellos saldrás avante y habrás aprendido una lección, por supuesto que la gente que te ama no quiere que la vida te hiera, pero eso es inevitable. Lo que puedo hacer por ti es ayudarte a levantarte siempre con una sonrisa, con tu mirada hermosa al horizonte y reconociendo los errores cometidos.

Si dejas de jugar con la tierra te perderás de ensuciarte, de ver cómo crecen de ella flores hermosas y coloridas, dejarás de percibir su olor cuando la lluvia la empapa y no conocerás a todas las hormiguitas que en ella habitan. La tierra también te enseñará gusanos feos que con el tiempo les brotan hermosas alas y se vuelven mariposas, así que, ¡juega con tierra amor! Yo no soy un espectador, soy la persona que te ama, te admira y te protege, aunque sea desde este rincón del mundo y tras una distancia que no será eterna.

Atte,

Tu papi.

Ciudad de Penderla, marzo de 2013

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