catarata 1

Stephanie López/ Opinión/

Mochila al hombro y agua, mucha agua. Así empecé mi aventura. Caminamos bajo esos rayos de sol que se incrustaban en la piel y la tostaban en cada paso. Era aún de mañana en el departamento de Santa Rosa. Ahí iniciamos en la Aldea San Juan Tecuaco, los paisajes de distintas tonalidades verdes se alternaban con los campos de caña de azúcar seca y tierra. Llevábamos quizás unos 30 minutos caminando, las gotas descendían por mi cara acariciando suavemente mi piel y caían al suelo. Otras eran atrapadas constantemente por mi pañuelo, ese que mojaba en alguna poza para tolerar un poquito más el calor.

Ahí también dan ganas de ir al baño, no hay tuberías ni letrinas. El fondo a la derecha queda a discreción del viajero. Dejamos la mochila en el camino con una amiga como señal que nos habíamos desviado del trayecto, para que el último guía del grupo pudiera esperarnos, y pues, fuimos a buscar un arbolito (todo marchó bien, por si les interesaba saber). Luego, seguimos caminando.

puente

Sentía que iba llegando al quinto círculo del infierno, cada vez ardía más mi piel (no miento). Y entonces, como un oasis en pleno desierto, nos encontramos frente al río Margaritas. Con ropa y botas puestas corrimos al agua, era el primer descanso. Ahí, sentados en las piedras dentro del río, refrescamos nuestros cuerpos; luego, continuamos el camino, 4 horas para ser exacta. La perfección de la naturaleza era tal, que en el trayecto no pasaban más de 60 minutos sin reencontrarnos con el mismo río. Cuando la piel se volvía a tostar y la ropa empezaba a secarse, ahí llegaba el río Margaritas a seducirnos con sus ricas aguas no contaminadas (aún), toda una maravilla al aire libre. En la última parte del trayecto atravesamos un puente colgante. Tablas de madera apolillada forraban su suelo y se tambaleaba a nuestro paso. Algunas ya habían pasado a mejor vida, y en su lugar solo quedaba una vista de 90 grados al río. Emocionante, al menos para mí.

Era quizá las 4 o 5 de la tarde cuando llegamos al área del campamento junto a las cataratas.

Montamos campamento (a eso se le llama armar las carpas) y fuimos a disfrutar del hermoso paisaje, cinco cataratas cayendo desde una altura de 35 metros aproximadamente. Entre las rocas gigantes caían los chorros, unos más gruesos que otros, todos a una misma poza. En la parte de abajo, la poza se rodeaba de roca gigantes, grandes y pequeñas. El sonido del viento chocando contra los árboles se mezclaba con el del agua que caía en picada a la poza y este a su vez, se alternaba con el silencio de la madre tierra. Nadar, platicar, chapotear, descansar, tomar fotos o meditar. Todo, todo se podía hacer ahí.

Llegó la noche y con ella, la cena. Una parillada al estilo montañista: carne, chorizo, chile pimiento, cebollitas, berenjena, todo asada en una fogata. Los platos y cubiertos para el suculento festín quedaba a la creatividad de cada quien y a la solidaridad de todos. Platicamos, reímos, comimos, descansamos, no había más luz que la de la fogata. El cielo estrellado, despejado, azul oscuro acompañaba a la luna llena. Redonda, blanca e inmensa, así se presentó. Luego, solo quedó dormir.

El domingo despertamos a las 7 de la mañana: “Levanten campamento antes de que salga el sol” dijeron los guías. Eso hicimos, luego comimos. Y llegó el momento que todos esperábamos, ¡era hora de hacer rappel! Dieron un pequeño curso para los principantes y empezaron a repartir el equipo. No lo niego, a pesar de haberlo hecho antes, el miedo me acompañaba. Aunque cada vez menos intenso, pero siempre está ahí. Era mi turno, el guía revisó mi equipo y me colocó la soga en el arnés. Lo peor del rappel, creo yo, es colocarte justo en la punta de la roca dándole la espalda al vacío y dejar ir tu cuerpo levemente unos 45 grados (sin mover tus pies), confiando en que una de tus manos hará el trabajo de frenar la cuerda para no dejarte resbalar. Una vez estando en la posición inicial, no hay mucho arte para seguir descendiendo. Es más, siempre lo he dicho, “se requieren más huevos que técnica para bajar”. Solo es cuestión de que una de las manos que sujeta la soga justo en la espalda baja, abra y cierre rápidamente para ir dando un poquito más de cuerda y así continuar el descenso. Ahí, bajando, siempre es bueno detenerse a observar el paisaje, no siempre se puede contemplar desde una perspectiva un tanto extrema. En fin, resbalé en la primera parte del trayecto, quizá por no abrir mis piernas a la misma altura de mis hombros para mantener el equilibrio. Mis rodillas se golperaon contra las rocas. Unos cuantos raspones, nada más y seguí. En los últimos 10 metros de la catarata ya no se puede apoyar los pies a las rocas verticales, ahí solo queda colgar de la cuerda y bajar lentamente o rápidamente (según su nivel de “extremo”). Abajo, un guía me recibió, ese que controla las cuerdas en caso suceda un accidente y la persona se venga en caída libre. En ese caso, el guía usa su fuerza para tensar la cuerda y frenar a la persona desde abajo y evitar que quede a la suerte de la gravedad.

rappel

El rappel terminó y era hora de regresar. Subimos todas las mochilas a un pickup. Olvidé contarles, hay dos opciones para llegar a las Cataratas: a pie o en carro. Nosotros caminamos y nuestro equipo se fue en carro. De regreso, el mismo tramo. Sol penetrante y aguas frescas del río se turnaban para interactuar con nuestro cuerpo. Vamos a descansar, dijeron nuevamente. Calculo que eran como las 2 de la tarde y almorzamos. Yo ya no tenía mucha comida, al igual que varios de mis amigos. Pero curiosamente, ahí, en plena naturaleza, la comida de uno se convierte en la comida de todos. Entonces la comida abunda y abunda y abunda. Y así siempre que alguno no lleva refacción, termina comiendo exquisitamente bien. Ha de ser alguna ley de la naturaleza, no lo sé.

Solo recuerdo que luego de comer seguimos caminando hasta llegar al bus. Agotados y sudados, fuimos a una tienda en busca de algún liquído frío que sustituyera esa agua pura que con el sol, se había calentado en el camino. El fin de semana había acabado. Y la madre tierra se despidió de nosotros, se transformó en atardecer y vestida de unos colores anaranjados amarillentos nos dijo adiós. Yo creo que nos agradeció por haberla disfrutado, por haber compartido nuestro fin de semana con ella. Yo solo sonreí y suspiré. Y ahora, ¿cuál será mi próximo destino? pensé.

sunset

Imágenes: K’ashem / Luis Aldana/

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