By Lizy Pérez
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Regresamos a casa sin saber cuántos días tendríamos que permanecer dentro, nos despedimos como si nos fuéramos a ver mañana sin saber que el mañana se convertiría en muchas semanas, de haberlo sabido, hubiéramos dicho más o hablado menos para escuchar más.

Nuestra rutina ha cambiado, los días ya no son iguales. Las calles lucen desoladas, los buses vacíos, las tiendas desiertas, las estanterías ya no están tan llenas como antes, las luces están apagadas, parecería que es un domingo muy de mañana, pero en realidad, es un día entre semana. No hay otra cosa de la que se hable, enciendes la televisión y allí está, en Facebook, en Twitter, en el grupo familiar de WhatsApp, lo dice la vecina, las personas en el súper, “coronavirus” la palabra quizá más pronunciada últimamente y la que ha cambiado la vida de millones drásticamente. Recibimos tanta información a diario que puede llegar a ser agobiante, lo cierto es que resurgen nuestros miedos, la incertidumbre al futuro y la expectativa de qué será después de esto.

En la era de la información somos parte de esa sociedad que vive atomizada de tanta información, en los noticieros se informa cada vez que surge un nuevo contagio, la paranoia colectiva aumenta y lo que escuchamos es solo un reflejo de la realidad. Las noticias hablan del tema sin parar y por estar tan al pendiente entre nosotros dejamos de interactuar, cercanos a la pantalla pero alejados de los nuestros.  Sin embargo, aunque estamos separados no estamos aislados; la tecnología es buena acorta distancias.

Por eso me resisto a escribir desde la estadística y el cientificismo, y me obligo a escribir más con el corazón que con la razón. Porque estos días en casa también son de reflexión…

Hace un par de días leí un artículo sobre la llamada “claustrofobia por cuarentena”, haciendo referencia a la ansiedad que se puede sentir por permanecer en casa por bastante tiempo sin la posibilidad de salir por disposiciones de salud y del gobierno. Aunque claro está que poder quedarse en casa por abrumador que pueda parecer, es en realidad un privilegio que no todos pueden tener y que debe valorarse. También gracias a quienes tienen que salir de casa y trabajan para que la situación se mantenga a flote.

La claustrofobia es el temor anormal para permanecer dentro de recintos o espacios cerrados, y los síntomas pueden ser la ansiedad y trastornos nerviosos. Aunque el término refiere a un entorno físico per se, metafóricamente es posible llevarlo a un plano más amplio y personal.

Una fobia es el temor irracional o enfermizo hacia una cosa, persona o situación; y el miedo un sentimiento de angustia o desconfianza hacia una determinada situación. El movimiento es necesario para no estancarse, y aunque no podamos salir físicamente de casa, es importante tomarse el tiempo para explorar fuera de nuestro espacio habitual.

Estábamos tan acostumbrados a salir sin problemas y a la hora que fuera, que quizá no habíamos valorado la libertad de poder hacerlo. Por eso, es momento de valorar lo que tenemos y agradecer por lo que es nuestro, porque somos dichosos de tener tanto sin merecerlo; porque la vida misma es un regalo.

La rutina ha cambiado y es momento de cambiar. Hemos salido de la zona de confort, pero es una invitación a crecer. Permitir que este proceso tenga lugar es ser valiente, pero somos fuertes.

Es tiempo de ver más allá de nuestra ventana, salir de la burbuja para observar más allá de nuestro propio horizonte. Porque viajar abre la mente, e intentar ponerse en los zapatos de otros logra la empatía. Porque el mundo no es solo nuestro, ni nuestra vida es propia; estamos aquí de paso y cada acción cuenta para dejar el mundo mejor o peor de lo que lo encontramos.

Las emociones salen a flote en la soledad, en el silencio se puede meditar, reflexionar y pensar, ¿Qué es lo que nos causa tanta ansiedad? ¿Qué es lo que en verdad nos da miedo? El miedo al qué dirán, el temor a equivocarse, a no decir las palabras apropiadas o expresar lo que sentimos en el momento preciso, quizá es ansiedad al futuro, al día de mañana, a despertar y no saber cual es el mejor rumbo.

Nos acostumbramos tanto a la rutina, a despertar temprano, a escuchar el sonido de bocinas en el tráfico, que simplemente extrañamos lo que una vez no deseamos. Pero, afortunadamente, no somos seres programados con un itinerario, eso nos diferencia como humanos, el poder decidir, el libre albedrío, porque nosotros podemos soñar, imaginar, pensar, cuestionar, criticar, y mucho más.

Lo importante es aprender de los errores para no volver a cometerlos, creer en las segundas oportunidades para levantarse con más fuerza, es momento de pedir disculpas para perdonar, de dejar ir para sanar y saltar para poder volar.

La vida no consiste en luchar contra otros, sino en una lucha constante con nosotros mismo, entre hacer lo que sabemos que es correcto o ignorar lo que sabemos que tenemos que hacer.

Ahora tenemos el tiempo para pensar, para imaginar, para soñar, para creer y para reencontrarnos a nosotros mismos. Para deconstruir lo malo y reconstruirnos a nosotros mismos, para sembrar amor propio y florecer, para estar frente al espejo y apreciar lo que se ve, para disfrutar lo que bien que se siente sentirse en paz.

La verdadera claustrofobia puede estar en el cuarto de nuestra mente al no ser capaces de salir de nuestra zona de confort para escuchar a los demás, o en el espacio del corazón por tener miedo a sentir y salir lastimados. Miedo a lo espontaneo porque la rutina parece más segura, miedo a crecer por la incertidumbre del futuro, miedo a ser nosotros mismos y no complacer a los demás, miedo a decir lo que pensamos por temor al qué dirán, miedo a equivocarse sin siquiera intentarlo. Sí, sentir miedo es normal, pero dejar que eso nos paralice no lo es. Que el miedo no nos detenga y nos haga despertar un día para darnos cuenta que nos somos felices porque tuvimos miedo de arriesgarnos.

Las crisis sirven para aprender, para reflexionar, para priorizar y para cambiar. Parecería irónico afirmar que los conflictos son positivos, pero los problemas generan cambios y aportan enseñanzas que nos van formando.

Me asombra los rápido que pasan los días últimamente, quizá mañana sea mejor que hoy y el futuro más emocionante de lo que imaginamos.

Estoy enraizada, pero fluyo.

Virgina Wolf

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Pensando en el cielo con los pies en la tierra de la eterna primavera.

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One Comment
 
  1. Avatar
    Alan / 20/04/2020 at 13:46 /Responder

    Ante la complicada situacion generada por el COVID-19, todas las rutinas de cualquier persona residente en Espana se han visto mermadas, pero dichos cambios afectan a las personas con TEA de manera exponencial, de ahi la “necesidad”, que no el capricho, de poder salir a tomar a la calle .

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