Era un día soleado pero frío de enero. De los últimos que le abren paso al verano. Acababa de iniciar el ciclo académico 2018 en la universidad y al terminar mis clases ese día, mi novio y yo decidimos ir al famoso Paseo Cayalá. Un centro comercial preferido por turistas extranjeros y nacionales por su arquitectura estilo europea y tiendas lujosas.

Eran las 11 de la mañana y como era de esperarse, habían muy pocos consumidores. Tomados de la mano, caminamos y nos sentamos en una banca que se encuentra frente a un bus estilo inglés.

Pasaron unos diez o veinte minutos, quizás cuando un agente de seguridad del centro comercial se nos acercó y nos dijo: “Por favor retírense de aquí”. — ¿Por qué? — pregunté. “Pueden poner incómodas a otras personas” insistió. En el instante, no entendí lo que sucedía.

Se me olvidaba que vivo en una burbuja de aceptación en la que todos mis amigos (incluso unos que no están totalmente de acuerdo), respetan y toleran mi orientación sexual.

El guardia de seguridad al que llamaré “Javier”, me miraba con una expresión completamente neutral sin indicio de emoción alguna.

—No entiendo, no estábamos haciendo nada. Solo estábamos sentados aquí, ni siquiera nos estamos agarrando ni nada.— Estaba impactado. Solamente le había tomado la mano a mi novio y le había dado, a lo más, tres piquitos.

—Usted pregúntele a los del kiosco de información, ellos le van a decir que eso no está permitido aquí.

Lo entiendo, Javier solo estaba haciendo su trabajo.

Mi corazón se comenzó a acelerar y es que no soy una persona que sepa de confrontaciones. Me paré y le dije a mi novio —Mi amor, vamos al kiosco, ¿Cómo va a ser que nos saquen por esto?—, pero él me dijo que no importaba, que solo nos fuéramos y que todo estaba bien. Que lo olvidáramos.

Como una pareja homosexual en nuestro país, estamos acostumbrados a bajar la mirada y a retirarnos.

Sin embargo, yo no me iba a retirar sin tener evidencia de todo lo ocurrido. Ese día únicamente me limité a tomarle foto al carnet del policía y nos fuimos. Javier se sintió intimidado, lo podía sentir. Pagué los Q10 de parqueo (que sentí que me los habían robado), encendí mi carro y me fui.

A la semana siguiente, después de haberle contado de mi experiencia a varios amigos, me sugirieron que escribiera algo para hacer una denuncia pública. Pero no tenía suficiente evidencia, por lo que reuní fuerzas y regresé a Paseo Cayalá.

Entré con mi carro y me estacioné en el mismo lugar que la vez pasada, me bajé y caminé casi corriendo hacia el kiosco de información donde una mujer me atendió.

—Buenas tardes, ¿Ustedes tienen algún reglamento de conducta aquí?

—Impresas no. ¿Necesitabas algo?

Le expliqué la situación a la señorita y me preguntó si estaba dentro de mi vehículo cuando Javier nos retiró a mi novio y a mí del centro comercial. Respondí que no.

Después de ver la multa de mil quetzales que le hicieron a una pareja, ni muerto.

Procedió a hacer una llamada a su jefa y a preguntar sobre el reglamento. Me dijo que no lo tenían, a lo cual yo agrego que seguro que ni siquiera tienen uno. Me explicó que es una empresa privada y que me tengo que acatar a lo que el comercial manda.

—Sí, eso lo entiendo, pero ¿Cómo puedo tener certeza de que me dijo eso por unas reglas establecidas del comercial o simplemente fue la gana del policía la de no dejarnos estar ahí?

—Fíjate que sí tienen reglas, pero no te las puedo dar. Pero te aseguro que tanto los guardias como el personal del comercial tienen un reglamento que acatar.

—Pero mi pregunta es: ¿Las reglas aplican solamente a las personas homosexuales? —Yo he visto personalmente a muchas parejas siendo incluso más afectuosas que nosotros y no les dicen nada. Me gustaría que me dijera porque así simplemente dejo de venir.

No respondió a mi pregunta. Se limitó a decirme que le diera mi nombre y mi número de teléfono y que me iba a contactar. Se lo di, le pedí su nombre y me reafirmó que se iba a contactar conmigo.

Por cierto, ya pasaron más de 20 días de ese incidente y sigo esperando una llamada o correo de Cayalá con el reglamento de comportamiento dentro de sus instalaciones.

Mi búsqueda de respuestas y de certidumbre sobre lo que se puede o no se puede hacer en Cayalá, no estaba terminada. Luego de un momento de caminar hacia mi vehículo, encontré a una guardia de seguridad y le pregunté que si conocía a Javier. Me dijo que no pero que lo podía contactar. Lo buscó por la radio y unos momentos después, Javier llegó.

Le saludé y le dije que solo tenía que hacerle unas preguntas. Javier estaba nervioso.

— ¿Qué onda? No sé si te acordás de mí. Yo estaba el jueves pasado aquí y me dijiste que si me podía ir porque estaba con mi novio y podía poner a otras personas incómodas.

—No me acuerdo pero si quiere hable con mi supervisor.

Llamó al supervisor y este vino en su motocicleta. Javier se quedó escuchando, seguía nervioso, pero quería aparentar que no lo estaba.

Le expliqué al supervisor lo que había pasado pero me aseguré de explicarle primero que yo no tenía nada en contra de Javier, que entendía que era una empresa privada y que él solo estaba siguiendo órdenes.

Él habló por el radio, interrumpiéndome. Le hizo el gesto a Javier para que se fuera y Javier se fue.

—Hay normas. Un protocolo por parte del centro comercial. Algunos agasajos o gestos de cariño o de pareja que cuando salen ya fuera de lo normal, entonces los encargados de seguridad se acercan a la persona y solo le pueden decir que por favor guarden la postura. Les piden que no hagan ciertos agasajos. Y para cierta gente es incómodo porque hay gente que se queja. Hay gente que los observa y se queja.

Traté de volver a hablar y me volvió a interrumpir, por lo que tuve que pedir la palabra. Le expliqué que no estábamos siendo nada afectuosos y que realmente no me sentía ofendido por lo que Javier había hecho, sino que solo era curiosidad y estaba indagando un poco sobre la falta de normas escritas en Paseo Cayalá.

Me siguió explicando sobre por qué se puede dar eso. Me dio a entender que si yo veo a una pareja homosexual en Paseo Cayalá y llego a quejarme con un guardia, les dicen que por favor guarden la compostura y que si no atienden al primer aviso, sí se les debería retirar del centro comercial por no seguir “las reglas establecidas”.

En ese mismo instante se me vino a la memoria la vez que llegué con mis amigos a Cayalá en la noche y había como cinco parejas besándose muy intensamente, con guardias a la par y que no les dijeron nada.

Al final, el supervisor me dio a entender que también les piden distancia a las parejas homosexuales por los niños. Aunque he visto, en experiencia propia, que muchas parejas heterosexuales llegan a Cayalá a besarse en frente de menores y no les dicen nada.

Ahora bien, ¿qué es lo que nos demuestra esto?

Básicamente se reduce a los diferentes estándares para parejas heterosexuales y homosexuales. Como lo dije anteriormente, yo he visto a parejas heterosexuales besarse intensamente en Cayalá. En algunas ocasiones, frente de guardias y niños sin sufrir repercusión alguna. Sin embargo, para una pareja homosexual es mucho más difícil.

Por ejemplo,  mi amigo Alex, me contó su experiencia con otro hombre, en el mismo lugar. Me contó que estaba con su primer novio, él teniendo unos 16 años. Ese día habían muchas parejas besándose y mostrándose afecto cerca del gigante que está por el barranco.

Su novio le propuso en ese momento que fueran pareja formal. Mi amigo aceptó y se dieron un beso. Para Alex y su novio,  también son incómodas las muestras públicas de afecto, por lo que él las mantuvo cortas y sencillas. En otras palabras, se besaron como las demás parejas lo estaban haciendo.

En cuestión de diez minutos, tenían a unos veinte policías detrás de ellos. Había diez en los juegos y otros que venían desde el gigante y del teatro. Se sentía como si hubiera sido un terrorista.

Uno de los guardias les dijo que dejaran de hacer eso, y Alex le respondió ¿Hacer qué? El guardia le respondió que no se podían besar ahí. Entonces Alex le dijo que le dijera a los demás también que se dejaran de besar. El guardia, se limitó a decir que estaba en contra del reglamento.

Alex hizo lo mismo que yo. Se dirigió a información. Ahí le dijeron que no había un reglamento, sino que eran normas del centro comercial. Regresó a las bancas con su novio y le dijo al guardia que le habían dicho que no tenían un reglamento, por lo que le pidió que los dejaran en paz.

El guardia accedió y se retiraron todos menos uno que los estuvo viendo por el resto del tiempo que permanecieron ahí. Tuvieron que salir a pie y volver a entrar para que ese guardia los dejara en paz.

Me contó que estaba “impresionado de que trataran así a un menor de dieciséis años.”

La experiencia de Alex y mi experiencia son bastante similares; pero no, no culpo a Cayalá por tratarnos de esa manera. No porque no solo es culpa de Javier, o Cayalá o los centros comerciales; es la sociedad guatemalteca en general.

Sé muy bien que ser homosexual en este país no es algo bien visto. Lo he vivido en carne propia. Desde las miradas feas en La Sexta, hasta en la misma legislación.

Guatemala no es un buen país para disfrutar de tu identidad sexual libremente.

El simple hecho de que alguien pueda exigir que se nos restrinja la posibilidad de demostrar, aunque sea el más mínimo afecto porque se sienten incómodos, es alarmante ¿No se reduce la dignidad humana a algo de intolerancia y desprecio?

Ser una pareja homosexual en Guatemala no es fácil. Implica desafiar a la sociedad, a los grupos religiosos y a los estigmas sociales arraigados a con el hecho de que te gustan los chavos o las chavas.

Por eso no; no culpo a Cayalá. Culpo a los grupos religiosos que previenen el progreso y la igualdad en el país. Culpo a los diputados que buscan retrasar los derechos humanos. Culpo a las personas que nos acosan en la calle a mi novio y a mí. Culpo a los papás que llaman “huecos” a sus hijos por no aguantar un golpe.

Entonces ¿Qué nos queda?

En mi opinión, debemos hablar del tema, debemos cuestionar y debemos conversar. Es la única manera en la que se logrará llegar a la aceptación, escuchando y haciéndose escuchar.

Y entonces, espero que un día mis amigos puedan estar tranquilos mientras caminan en la calle y yo pueda, algún día, comerme una crepa de Saúl tomado de la mano de mi novio en Cayalá, si me da la gana, sin miedo a las miradas de desaprobación y que luego nos pidan que nos retiremos.


Quiero dejar un par de cosas claras:
  • Sé que Cayalá es una empresa privada y se reservan el derecho de admisión.
  • Puede que este caso no ejemplifique lo que pasa con todas las parejas gay que visitan el centro comercial.
  • Este artículo contiene opiniones y mi experiencia personal. Puedes sentirte identificado con lo que está escrito o no.
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