By Martín Berganza
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Martín Berganza/ Opinión/

Esta última semana hubo un espectáculo mediático en torno a un principio procesal. Normalmente, se tiene el gusto de escuchar, casi siempre de medios conservadores o afines al poder, que debe respetarse el debido proceso, que el debido proceso es lo que garantiza el Estado del Derecho, que esto y lo otro. Y así. Esta semana tocó con la famosa presunción de inocencia, un principio que se circunscribe al ámbito del proceso penal, por una entrevista que República GT otorgó al abogado constitucionalista Gabriel Orellana. Claro, fue hecho sin mencionar que Orellana es representante legal de Canal 3 y tiene interés en el caso. No es precisamente una opinión independiente.

Aquí se observa un fenómeno que rara vez ha interesado a los guatemaltecos: el conflicto de interés.

En la esfera pública, se observa esto particularmente representado en el Congreso de la República. Por ejemplo, Diputado X propone una norma para legalizar salarios más bajos para maquilas. Normalmente, se esperaría que dicha propuesta tuviese los suficientes argumentos, tanto técnicos como ideológicos, para pasar dicha norma. Pero resulta que un medio publica que el diputado en cuestión es accionista de una maquila. ¿Qué sucedería en otros países? Existiría un escándalo mediático de tal magnitud que el diputado en cuestión se vería obligado a renunciar, por vergüenza y por llevar a cabo una conducta poco ética con recursos públicos en donde se habría beneficiado personalmente. Pero Guatemala dista mucho de ser un país normal. Acá, el diputado probablemente se callaría por un par de semanas y se acabaría el asunto, como alguien que intentó legislar para obtener un beneficio netamente personal, sentado cómodamente en su curul.

En la esfera privada, se entra a un área gris en cuanto a los conflictos de interés. En cuanto al mundo jurídico, existen bufetes corporativos que sí hacen este tipo de declaraciones, porque las empresas que representan son extranjeras y normalmente esperan esto de los abogados que contratan, tanto en sus países como aquí. El conflicto es más evidente en los medios de comunicación, en especial cuando los columnistas o analistas presentan un punto de vista como independiente, pero no revelan si son empleados o no de alguna cámara gremial, o bien, en casos concretos, si tienen algún interés económico que se afecta cuando discuten determinado tema. Por ejemplo,  un columnista que se presenta como independiente y discute sobre los beneficios que representaría para el país que se aprobara alguna norma para apoyar subvenciones estatales al café, sin mencionar que es empresario cafetalero.

En todo caso, lo transparente sería revelar que se tiene ese interés.

Es saludable hablar de los conflictos de interés porque nos muestra que las intenciones de quienes se nos presentan como castos y puros no son congruentes con la imagen que pretenden proyectar. La opinión de una persona no puede considerarse independiente si tiene intereses detrás que representar. Y está bien, es justo hacer una defensa de los intereses que se representan. La cuestión es revelarlo para que el público entienda desde dónde se está tomando la posición en el debate. Pero seguimos en una especie de letargo, donde este tipo de cosas no nos importan. Los ejemplos mencionados tan solo son una pequeña parte del problema: mírenlo en el diseño del Estado, donde los órganos directores de ciertas instituciones públicas (la SAT, la Junta Monetaria, el Fontierras) están conformadas por los directores de determinados ministerios, y un representante de los gremios, de los mismos sujetos que están intentando regular. ¿Saben qué régimen político se caracterizó por ser sumamente nacionalista y buscar la dirección del Estado por medio de gremios? Se los dejo de tarea. Pero sí, ya es hora que, como sociedad, asumamos que los conflictos de interés son nocivos para la democracia.

Te dejamos también la columna de Luis Arturo Palmieri que tiene otra postura sobre el tema. 

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Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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