By Lorena Castillo
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Antes de iniciar, quiero aclarar que estoy expresando mi punto de vista con relación a este contexto y que mi intención es mencionar algunas cosas que ha hecho falta decir acerca de este tema. Creo que todo tiene su ventaja y su desventaja. Y en esta columna, me enfocaré en la segunda.

Mi generación ha tenido la oportunidad de identificarse con un mundo digital, a una edad temprana. Crecimos con dispositivos en la mano y sin notarlo, creamos un fuerte apego a estos y a sus plataformas. Esta nueva industria del entretenimiento ha hecho tan bien su trabajo (no es la única, la primera, ni la última), que logró vincular algunas necesidades humanas (como la seguridad, el reconocimiento social y la autorrealización, por ejemplo) a sus servicios (redes sociales) o productos (teléfonos) para asegurarse que la gente sienta que pierde algo importante si no los consume.  Enrique Delgadillo menciona que el ser humano tiene solo dos fuertes motivaciones: el deseo por ganar y el miedo a perder. Esta última es la que mueve a las masas con menos esfuerzo. Primitivamente, perder algo importante es igual a estar en peligro, por lo que el instinto de supervivencia se activa rápidamente para evitarlo a toda costa. Esta es la razón por la que muchas personas han sido o son adictas a esta nuevo tipo de entretenimiento (sin darse cuenta). Por otro lado, también generan que la gente sienta que gana algo importante, si se vuelven consumidores fieles. La ganancia se relaciona estimulando el mecanismo de recompensa cuando se “satisface” la necesidad de aceptación social y de autorrealización, producto de que la persona haya vinculado su identidad con un perfil virtual. La pregunta es: ¿Qué tiene que ver la autopercepción y el nivel de autovaloración de una persona con esto, y por qué se alteran según el “éxito social” que alcance? No tiene nada que ver.

Aclaremos algo:

No eres un perfil (no te desvalorices así)

No condiciones tu valor e importancia como ser humano, a un espacio virtual que no tiene valor alguno

Casi todas las críticas que hacen sobre las redes sociales están dirigidas a cómo el autoestima y la salud mental de la gente han sido dañados; porque la misma gente sobrevalora estas plataformas. ¿Es cierto? Sí. ¿Es lo único que afectan? No. Su uso, ha causado problemas más graves que una autoestima baja, la verdad (colectivamente hablando).

Estas plataformas están diseñadas para controlar la mente humana. Ese es el secreto de su éxito.

La población ha comenzado a darse cuenta de cómo sus patrones de consumo son controlados y que no todo lo que ven es cierto. Personalmente, considero que el daño más grave que ha hecho esta industria en el ser humano (no es la autoestima), es debilitar significativamente su capacidad de analizar lo que hace y por qué lo hace, así como la capacidad de verificar la información antes de aceptarla como verdad o no.

Al reducir la capacidad de análisis, el consumidor es fácil de manipular

Piensa en la dinámica:

Todos (quienes tienen poder de adquisición, acceso a luz eléctrica, un teléfono inteligente o una computadora, e internet) generan contenido. Todos lo comparten, a diferentes tiempos (por eso siempre hay), a diario, todo el año, todos los años. Todos lo consumen. Millones hacen esta operación, una y otra vez.

No tener acceso a la información es tan grave como tener saturación de esta

Sobre estimular al cerebro de esta forma por tiempos prolongados es dañino. Y es así como la gente se idiotiza todos los días. ¡No es normal!

Al terminar el 2019 me di cuenta de la adicción que solía tener al teléfono y a mis cuentas en redes sociales. Algo no me “cuadraba” o daba sentido cuando comencé a cuestionarme el por qué y el para qué utilizaba tanto mis cuentas. ¿Qué gano al ver la vida ajena todo el día, todos los días? Y peor aún, ¿por qué hacer esto y crear presencia en estos espacios se siente como una necesidad? Me espantó ‘cacharme’ un día tomando el teléfono y entrar en todas las aplicaciones de forma automática porque sé que, para que el ser humano haga algo de esta forma, es porque ya tiene una programación inconsciente profunda. Sin saberlo, ya estamos programados para hacerlo de “costumbre”. Ya estamos programados para no dejar de consumir. 

Por eso este año, decidí cerrar mis redes sociales por varios meses (algunas permanentemente, otras temporalmente). ¡Y me alegro de haberlo hecho! Me di cuenta que no tiene sentido ni lógica dedicar mi tiempo y atención mental a “verle la cara a la gente todo el día, todos los días”. No me beneficia en nada monitorearle la vida a alguien, ni que monitoreen la mía. Ni calificarle la vida, ni que califique la mía. Uno tiende a caer en esto, porque usa la vida ajena para distraerse del caos de su propia vida.

Después de meses logré anular el patrón de consumo-idiota que solía tener. Desvinculé mi identidad, mi valor e importancia como persona de estas plataformas. Es posible hacer algo interesante, no hacer nada o sentirse bien, sin sentir necesidad de demostrarlo. ¡Y se siente muy bien ser libre de ello!

Que tener cuentas en redes sociales sea para algo útil y por genuino gusto. Que te genere valor  y que le genere valor a la gente (porque cuentas bonitas y de gente “perfecta” sobran, ya no queremos más). Hoy utilizo IG por dos razones: para compartir estas columnas que escribo con tanto cariño, para comunicar algo que considero útil e importante y para cuando entro de vez en cuando, alegrarme por la felicidad ajena. Necesitamos más gente que celebre de corazón el bienestar de los demás, en lugar de sentirse amenazado por ello.

Si no ganas, pues tampoco pierdas. Des-identifícate y baja el valor que le das a estas plataformas, porque según el valor que les otorgues, ese es el nivel de poder que tienen sobre ti (no es la “sociedad”, eres tú).

Y bueno, deja que tu dedo gordo descanse (sino te dará una tendinitis como me dio a mí, jajaja).

 

Gracias por llegar al final.

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Me gusta compartir lo que siento que me ha hecho ser mejor persona. Soy alguien con un hambre insaciable por aprender y crecer constantemente.

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