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Y acostado vio hacia arriba. En sus ojos negros no se veía reflejado más que un metálico cielo estrellado. ¿En qué estará pensando el niño? ¿Estará pensando en Dios? ¿O estará Dios pensando en él? Al final del día, ambas cosas parecieran ser lo mismo.

“Si de Él somos una creación, pues también somos Él.” Pensó. “Así como un ebanista deja una parte de su alma en la madera que sus dedos tocan, en cada clavo que cuidadosamente inserta en el pecho de su arte.”

Y su madre estaba sentada en la esquina. Su pelo negro y rizado caía en su dorso hacia el infinito, confundiéndose con la oscuridad del cuarto. Solo una pequeña vela suspiraba su último aliento mientras transformaba la cera en el la pequeña llama que alegre titiritaba.

Y en ese momento algo – que parecía ser un fantasma – entró cuidadosamente a su corazón; y de su corazón corrió ligeramente hacia su cabeza.

“Aquel Dios no existe.” Le dijo su mente a su corazón.

Y su corazón negó. Pero aquel sentimiento se quedó pululando en medio, intermitente.

Y su madre volteó hacia él; sus rizos se encorvaban ahora, pero se mantenían siempre firmes. El tiempo se suspendió y el cabello de su madre parecía de lino, o de madera perfecta para las manos contestes de un delicado ebanista. Algunas de las fibras negras intrincadas por las otras.

Y aquella dejó a un lado su libro y se limpió las ramas que tenía creciéndole en las suelas de los pies. El niño se sentó, sintió el calor del metálico firmamento pasar de su cara a su aureola. Aquella se levantó. Y se acercó a abrazarle.

“Esto es Dios.” Afirmó su corazón a su mente. Y el pensamiento dejó de pulular y se asentó en su garganta.

En ese momento habrá pensado el niño, que seguramente que Dios no era mítico, ni un estilo artístico, ni la forma en la que la lluvia cae delicadamente y se transforma en el rocío del pasto de las mañanas, ni la forma en la que el sol ardiente se eleva al mediodía resplandeciendo, y así dotando de vida a todo aquello que ha existido y que existe, ni la forma en que las aves se despreocupan volando por sobre los hombres. Ni que Dios era la violenta guerra, ni la economía, ni la política ni la matemática y mucho menos la ley.

¿Habrá pensado, entonces, que Dios es aquello que existe cuando una madre abraza a su hijo? Si eso no era Dios, al menos era algo que se le asemejaba. Su corazón se sintió reconfortado; y su mente se regocijó; pues había perdido su religión.

Y las raíces se hubieren entrometido nuevamente entre éstos. Y se echó nuevamente al piso. Y ponderó el niño, mientras veía la inmensidad del metálico cielo; y cómo las estrellas sonreían entre ellas.

“¿Perder una religión? ¡Pero si yo no he perdido absolutamente nada!” Se dijo a sí. Y fue en ese momento en que se amó como el niño que era, y el hombre que sería. Porque entendió para sí que el sentido del hombre no es aspirar al largo camino de la muerte; sino que es navegar por los mares tibios de la nostalgia.

Y con ese sentimiento se echó a dormir, sabiendo que, al perder su religión, habría recobrado su humanidad.

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