By Daniel Monroy
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Hace unos días, platicaba con una amiga sobre los efectos que ha tenido la pandemia en la forma en la que ahora vemos y entendemos la vida. Para algunos, el hecho de trabajar y estudiar desde casa ha sido interesante y les ha permitido desarrollarse en otras áreas de su vida, pero para otros, se ha convertido en algo que lentamente empieza a ser desesperante y abrumador.

En lo personal, he estado en ambos lados.

Pero más allá del trabajo remoto y las actividades cotidianas que ahora ocurren en el confinamiento, durante la conversación me puse a pensar en cómo ha ido evolucionando, en estos últimos meses, la forma en la que percibo la situación que estamos viviendo.

Recuerdo que al principio, cuando los casos de COVID-19 eran solo noticias, sin implicaciones personales y familiares, mi forma de ver todo esto estaba basada en que era una cuestión de esperar a que el tiempo pasara. Teníamos que cuidarnos, encerrarnos y seguir la vida. En resumen, la pandemia era cuestión de tiempo. No sabía cuándo, pero algún día íbamos a salir de esta situación.

Pueda que sea ingenuo, pero no voy a mentir que así me sentía. Y así transcurrían los días.

No recuerdo cuándo, o en qué mes fue que empecé a darme cuenta que quizás ya no solo era de esperar a que el tiempo y las cosas volvieran a su estado normal. El coronavirus dejó de ser noticia y pasó a ser parte de la historia de algunos familiares y personas conocidas.

Poco a poco te vas dando cuenta de lo frágil y efímera que puede ser la vida y que nuestra capacidad de controlar las cosas, es prácticamente nula. Que no importa en qué creemos y qué hemos hecho a lo largo de nuestro recorrido, la vida puede terminar en cualquier instante. Sin avisar, todo se esfuma. Todo en algún momento se derrumba.

Y aunque suene dramático, cuando veo muchas cosas que acontecen alrededor y leo algunos testimonios, me doy cuenta que esa es la situación a la que todos estamos sujetos.

Luego de pensar en lo que platicábamos con mi amiga, me atreví a decirle que ahora ya no pienso en simplemente esperar y esperar a que todo llegue a su fin, sino que realmente pienso en cuántas de las personas a las que amo y son parte de mi entorno, van a llegar hasta el final.

De nuevo, parece una historia exagerada o una película en donde todos están buscando sobrevivir, pero cuando escuchas que una familia perdió a su papá en menos de una semana, cuando un amigo de tu papá pierde la vida en cinco días, te das cuenta que eso puede tocar tu puerta en cualquier momento.

A punto de terminar el año, como todos, todavía sigo esperando, viviendo un día a la vez, agradeciendo cada día porque puedo despertarme y bajar a la cocina a comer, puedo sentarme en mi computadora con internet a trabajar y estudiar y en las noches, tengo una cama con todas las cosas necesarias para no pasar frío y dormir cómodamente.

Vivo agradecido y mi fe, es lo que me ayuda a pasar los días en donde todo parece que esto no llega a su fin.

Agradecer, vivir y de vez en cuando soñar. Así son los días. Esa es mi “nueva normalidad”.

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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