Alexander-López-Junio

Alexander López / Opinión /

Hasta hace algunos meses me percaté y acepté la realidad de ser quien soy, debatiéndome entre el ser y dejar ser.

La más difícil lucha fantasmal es la que se tiene con Dios, porque no solo es difícil aceptar el hecho de ser diferente, sino también el hecho de sentir la desaprobación de Dios a través de sus “fieles” en la tierra. Es difícil, pero no imposible continuar siendo cristiano al lado de mis necesidades, afectos e incluso, desaprobaciones terrenales. A mi edad, puedo ver con otros ojos la religión y las enseñanzas de la Biblia, no desde las propias necesidades de quienes la interpretan, sino desde el amor incondicional del que se promulga hacia los demás.

Por el resto, la sociedad impregna en sus individuos el miedo a lo desconocido, a lo que no pueden entender o dar significado, atribuyéndole entonces una connotación de perversión, vida desenfrenada, libertinaje, pedofilia y demás a la bisexualidad y homosexualidad.  Las decisiones más difíciles en el ámbito de mi bisexualidad u homosexualidad habrán sido decir a la vida, y la otra decirle a mis padres sobre mí, siendo quizás la primera decisión más difícil que la segunda. Duró alrededor de 17 años el tratar de respetar quién era y ahora, con la honestidad del caso hacia mí y mis padres, estoy más satisfecho y orgulloso de ser quien soy.

Asimismo, como cuando estaba en el proceso de aceptación, observo a otros que se debaten y sufren en el silencio de su orientación e introversión; me hace pensar y respetar que cada quien tiene su propio proceso de aceptación. Además, infunde en mí cierto sentir esperanzador por ellos y ellas, para que algún día se conduzcan por el camino que les llene de felicidad y los haga sentir plenos. También, me causan pesar y sentir aquellos conocidos y amigos que teniendo tendencias homosexuales, se jactan de no serlo y juzgan a los que sí tienen las agallas de enfrentarse a su propia familia y a una sociedad poco abierta. Sin embargo, estas personas se ocultan en una relación heterosexual o –por la experiencia de unos cuantos conocidos- ingresan a una orden religiosa, para ocultar su verdadero yo, sin pensar en el daño que causan a los demás.

Por mi parte, la ternura del ser humano me hace trascender y amar incondicionalmente -siempre a través de mis valores- tanto a hombres como mujeres. La transición de la aceptación es continua y difícil, pero gratificante y esperanzadora.

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