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Isabela Carranza/Colaboración/

Muchas mujeres nos preocupamos por las manchas que aparecen en nuestra piel, en nuestro rostro. Las arrugas y pliegues en el contorno de nuestros labios y en la cornisa de nuestros ojos. Por las libras de más que tenemos y los rollitos de nuestro abdomen. Por las estrías que marcan nuestra piel y la celulitis que invade nuestros glúteos. ¿Cuántas conversaciones no he tenido con mis amigas en la cual nos quejamos de nuestros defectos e imperfecciones?. Envidiamos a las más flacas y a las modelos de piel impecable. Nos sentimos defectuosas al ver a una Gisele Budnchen o Adriana Lima en las pasarelas de Victoria’s Secret con piernas largas y abdomen plano. También nos sucede cuando vemos a nuestra amiga que luce perfecta -todas tenemos una de esas amigas que parecen salidas de una revista de moda- o a una conocida que hace parar el tráfico.  Sin embargo, me pregunto: ¿a qué costo?

Las manchas de mi piel son mías porque me las he ganado tomando baños de sol, corriendo al aire libre, jugando en la playa o mirando el cielo.

Los pliegues en mi piel se llaman también líneas de expresión. Ese nombre no es vano, es porque me he expresado, he reído hasta sentir dolor, he llorado y gritado cuando lo he necesitado, he vivido y eso se refleja en mi rostro.  Las libras de más y los famosos gorditos que tanto aborrecemos son la muestra del helado que me comí con mis amigas, de las fresas cubiertas de chocolate con las que me consolé algún día, del pan que compartí en la mesa con mis padres y de la pizza que cociné y comí con mis amigos; y cada una de ellas las disfruté. Las estrías en mi piel son las marcas que me ha dejado la vida, ya sea porque dimos vida o porque en algún momento tuve más de unas cuantas libras extra, son las marcas que me demuestran que mi piel es frágil y no es de acero, que se puede romper, siente frió en las noches y calor en el verano. Se eriza con recuerdos y caricias y se lastima con golpes.

No digo que esté mal cuidarse, al contrario, cuidarnos es sinónimo de querernos. ¿Pero qué costo estamos dispuestas a pagar por la perfección? Hoy decido amarme y tirar mis complejos. Si hago ejercicio es porque amo mi cuerpo, no porque lo aborrezco. Si como sano y procuro que ese sea mi estilo de vida, no seré mi peor verdugo al momento que decida comerme un pastel; si cuido mi piel con cremas y bálsamos también usaré bálsamos para el corazón y el alma. Si cuido mi cabello será sabiendo que me veo igual de hermosa con cola, ondas, pelo lacio o rizos. Haré una cita con los mejores estilistas: el sol y el viento para secar mi cabello y broncear mi piel, la arena para exfoliarme y los buenos amigos para que le hagan un lifting a mis labios y vuelvan mi seriedad en sonrisas.

Hay una sola cosa en la que no dejaré de invertir. Mis ojos. Y no me refiero a las cremas para disimular mis ojeras o los tratamientos para el contorno. Me refiero a la chispa y el brillo natural que tienen mis ojos, y los de todas. Si yo invierto en mi espíritu, mi alma y mi felicidad, la chispa de mis ojos siempre estará brillante y la ventana de mi alma siempre será cautivadora. Los ojos nos delatan. Si estamos apagadas por dentro estamos apagadas por fuera, si estamos felices con nuestra vida, deseosas de vivir y agradecidas con lo que hoy somos, nuestros ojos reirán con nosotras y realmente gozaremos de la belleza verdadera.

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