pie

Nicolás Martínez/

Diestra es mi impresión del humano, porque lo conozco y él me conoce. De él bebía vida y veneno y de él disparataba y atrapaba mentiras para mi lápiz. Amor le di, y cuando ante mí se desnudó, tal cual era, ni más ni menos, lo odié. Vi en su piel la mirada de un maniquí sin nada que ofrecer excepto vacío y perfección, y en sus ojos la lascividad que acompaña a aquellos que huyen de la maldad. Cuanta no fue mi alegría cuando supe que estaba condenado, y porque humano soy, me regocijaba en nuestro tormento. Muchas veces le presenté oportunidades de acabarme, al humano. Pero no dio el golpe final a tiempo, y yo me escabullí a mi soledad antes de que cayera su niebla, su pesadez. Me dispuse a pensar en el humano para siempre con asco cariñoso. Pero algo filoso y pequeño nos detuvo.

¿Qué pasaba? ¿No era nuestra doctrina huir del humano y de su abrazo? Porque el humano es malvado, sin lugar a dudas. Humanos son aquellos que corren, desmienten y se mantienen ajenos a sí mismos, Humanos son aquellos que viven del amor como sanguijuelas pero no se atreven a amar, humanos son aquellos que montan morales sobre morales, empatía sobre empatía, justicia sobre justicia, hasta que no pueden ni lidiar ni entender su carga, humanos son aquellos que se elevan sobre los que son como ellos, en su imaginación, humanos son los que construyen sobre ademanes y susurros, y pegan sus ladrillos con ellos y humanos son los que te escuchan sin perdón. Una vida lejos de ellos es lo que anhelábamos. Nuestra victoria proclamada con propiedad consistía en no dejarnos vencer por ellos. Ni responderíamos a sus provocaciones, ni estas nos convertirían en monstruos. Si lograbas salir de la vida sin que los seres humanos te llevaran a la destrucción, habías llegado a lo más cercano de la salvación.

Pero allí se presentaba aquella tez marcada por la insolencia y la fogosa felicidad bidimensional ¡Rotunda fue mi negativa ante esta bruja! ¿Qué pretendía al poner filtros sonrosados ante mis ojos? Esta farsa, esta enemiga de la ciencia, esta fe, pretendía ejercerse ante mis ojos sobre el humano. Poco sabía que lo que quería no era salvar a los humanos de mi asco aislado, su objetivo era aún más horrible.

“Porque lo que no hastía no es vida, has de hastiarte del humano, de su casa y de su agua”

“¿Cómo puedo?” Dije “¿cómo te atreves, a ti, a quien nunca he dirigido palabra, a quien concienzudamente ignoro, a hablar de esa goma emponzoñada como si fuera néctar, a ese calabozo como una casa y a ese reflejo de barro como un amigo?”

“Registré tu casa” me dijo “en ella conservabas cartas y signos, todos de ellos. ¡Hasta las uñas de sus pies conservaste!”

“El alma tiene que comer” le dije “Si bien me humilla y me aterra, humano soy y como humano me miro. Del humano como y bebo y a él me apego para saciar mi pena, pero nadie diga nunca que tomé del plato más de lo necesario para no morir de hambre.”

Entonces la Fe se me acercó y me susurró con seriedad sin precedentes. “No hay victoria en tus palabras. Al humano lo cargas en la carne, en el pelo y en los ojos. En el corazón llevas a esas aves rapaces y no acechan más que la tierra que sobrevuelan. Algún día el humano que amas y rehúyes te vencerá. Y de ti solo quedará aquella raíz venosa que retuerce el estómago, ese insecto que rehúye, que indaga y que corta. Y cuando esos fantasmas se levanten con tu piel a los hombros, en los brazos tomarán lo que amas y lo llevaran como trofeo, hasta que un día, sus roñosas manos titubeen, y se haga añicos”. Aterrado, corrí junto al humano. El humano extrañado, pero sorprendentemente cálido, me recibió con su indiferencia.

Hoy, le sonrío al humano como quien se debe llevar bien con su carcelero.

Pero….de vez en cuando, al caminar junto a él, veo un pequeño brote salir de su nariz, o su oreja.

Ahora conozco su florecer, su liberación de la tierra para expandirse, para ignorarse, para dar. Veía al humano como quien destruía con sus lágrimas, pero conozco ahora su tez más oscura, más serena.

El humano es aquello que aconteció una vez cuando el universo se volvió consiente, cuando se reagrupo tras la muerte de Dios y, como la nieve, callo todo el sobre el vacío para cambiar, para verse reflejado en las estrellas.

Si bien no perdono al hombre, la fe por el me acompaña siempre vigilante, siempre atenta a ese pequeño brote, esa pequeña valentía de amar, a todo y a nada. “Camino entre los hombres como quien camina entre los árboles”.

A veces, en el bosque, me veo amando, y sonrío mis pies, a las raíces que me salen de los dedos.

Imagen: Chema Madoz

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