By Brújula
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José Rodolfo Ruiz /Corresponsal/

Es una pena que desconfiemos de nuestro cuerpo policial cuando deberíamos de poder confiar en él. Sin embargo, el deberíamos nos indica claramente que estamos en una situación en la cual no nos encontramos en el escenario ideal.

Recuerdo que hace algunos años escuché que entraron a la casa de una persona a robar mientras esa persona estaba adentro. Más tarde fue a presentar su denuncia a la estación de policía para encontrarse que quién la atendió era uno de los ladrones. Desconozco la veracidad de esa historia pero no es la única vez que escuchamos acerca de agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) involucrados en actos delictivos.

Por todos es conocido los casos en los cuales agentes detienen automóviles para “pedir mordida”, sea con o sin motivo valedero. Hemos escuchado de personas a quienes las ha detenido una patrulla en calles desoladas y con poca luz para robarles e incluso secuestrarlos. Al haber un tiroteo en la vía pública es común escuchar el “para variar, la policía: ¡tarde!” aunque quienes llegan aún más tarde son los señores del Ministerio Público que procesan la escena por una eternidad para no encontrar pruebas suficientes que se sostengan en corte.

Este año un video guatemalteco que alcanzó un estatus de “viral” comparable al de Reyes Mayén fue el de los agentes policiales que bebían y festejaban durante horas de servicio. Por supuesto, no hicieron falta las fuertes críticas de la sociedad, los argumentos de defensa del director de la PNC, las declaraciones de investigación del Ministro López Bonilla y el inevitable despido de los involucrados.

Y así, los casos para desprestigiar a la institución podrían continuar.

Sin embargo, todo cambió hace poco cuando fueron asesinados 9 policías en Salcajá, Quetzaltenango. Repentinamente nació una empatía de la sociedad hacia la institución policial, al punto que Alejandro Sinibaldi llegó a ser fuertemente criticado por el comentario publicado desde su cuenta en Twitter, en el cual brindaba aparentemente más importancia a un juego de fútbol que al asesinato de los servidores públicos.

Las investigaciones se dieron de inmediato, así como un aumento de presupuesto para la compra de nuevo armamento para el cuerpo policial. Hace pocos días se anunció que la búsqueda de los asesinos había terminado. Y entre los acusados se encontraban, nada más y nada menos que, otros agentes de la PNC.  Quienes estamos pendientes de los medios hemos visto los artículos o reportajes que rinden homenaje a los oficiales asesinados, haciendo énfasis en que hay agentes que son honestos y trabajan para el bien de los guatemaltecos.

Personalmente, estoy de acuerdo en creer que la PNC es una de las instituciones en donde se cumple el dicho de “justos pagan por pecadores”.

¿Quién sabe qué porcentaje de los miembros de la Policía Nacional Civil son personas honestas y dedicadas a su trabajo y el bienestar de los ciudadanos y cuántos son los corruptos y delincuentes que le dan la mala imagen a la institución?

Considero que estos agentes honestos deberían ser reconocidos y respetados por su ardua labor a pesar de la mala paga y malas condiciones de trabajo (aquellas adicionales a poner su vida diariamente en riesgo como requisito laboral). Sin embargo, esto sucederá solamente en un escenario ideal. Me refiero a que esto no está ni cerca de suceder, y que aunque la opinión del público respecto a la PNC haya cambiado, esto será algo temporal. Esa nueva empatía por la institución y el reconocer que hay personas honorables, dedicadas y verdaderos héroes dentro de la organización, que pasan desapercibidos y son despreciados como daño colateral diariamente, desaparecerá dentro de poco. Como todo en la opinión de masas, el hecho lamentable de Salcajá será olvidado, y todos los agentes que pierden la vida sirviendo al pueblo diariamente no serán propiamente reconocidos.

Esta conclusión es algo que no escapa a la lógica. Los seres humanos somos clasificadores por naturaleza; parece obvio que de ahí nacen los estereotipos. Y el lamentable estereotipo del policía guatemalteco es que es un corrupto haragán, y es este estereotipo el que pronto regresará a la mente de todos los guatemaltecos, a pesar del lamentable hecho de Salcajá.  No será hasta que eliminemos del cuerpo policial a todos los que cumplen con dicho estereotipo, que la sociedad note el cambio e inicie a confiar en las personas asignadas a nuestra protección.  Una reforma policial integral puede ser un buen inicio.

Sin embargo insisto, ese es el escenario ideal en donde no nos encontramos.

 

Fotografía: nuestraesquipulas.com

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