By Liza Noriega
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Liza Noriega/

Pocos se resistieron a buscar su colegio cuando leyeron que se había publicado un listado  con los mejores y los peores establecimientos educativos de la ciudad, incluso yo. 

El colegio donde estudié toda mi primaria y básicos rankea en el puesto 29.  Y fue a través de dicha publicación que recordé que formalmente estudié en un “instituto privado para señoritas”, nombre que a mi gusto posee una fuerte carga conservadora y machista, para un colegio que me dio las bases de una formación con conciencia de mujer.

Estoy segura que como yo, muchos hicieron el ejercicio por puro morbo y placer – o en su defecto, decepción académica- de encontrar entre el listado de colegios un nombre conocido.  Sin embargo, más allá de ese ejercicio lúdico, considero que la publicación digital* en sí misma puede resultar peligrosa en términos de perdernos o desviarnos del tema que debería motivar algo tan importante como lo son los resultados de las pruebas estandarizadas en educación.

Cabe preguntarse –con fines constructivos- cuáles eran los objetivos detrás de esta publicación.  Seguramente uno de ellos era (o es) servir como instrumento informativo para las familias al momento de realizar la elección del establecimiento educativo de sus  hijos. Y no está de más. Es decir, los padres de familia buscarán siempre la mejor calidad educativa para sus hijos, y si existe una publicación que facilite esta búsqueda, bienvenida.

Sin embargo, ¿qué sucede con aquellas familias que encontraron los establecimientos de sus hijos entre los peor rankeados? ¿De quién es la culpa de tener a los niños en un colegio que puntea menos de diez puntos porcentuales en las pruebas de lenguaje y matemática? De acuerdo al razonamiento lineal del listado, la culpa es de las familias, porque teniendo una amplia gama de posibilidades de elección, eligen un establecimiento de baja calidad.

Y es que este tipo de publicaciones no siempre son pertinentes al ámbito educativo.

En Latinoamérica estas herramientas son conocidas como “semáforos educativos”.  En Chile incluso se han impreso mapas regionales donde el padre de familia puede observar en rojo los peores establecimientos, en verde los mejores y en amarillo aquellos promedio.   Para algunas organizaciones, los semáforos educativos se han convertido en una herramienta de transparencia y rendición de cuentas, “accountabilty” educacional.

Pero como dice el dicho, no porque todos lo hagan significa que es lo correcto.  Las pruebas estandarizadas en educación se utilizan como una medida del gobierno y en este caso, del Ministerio de Educación, para verificar la calidad educativa de determinadas áreas y el alcance de estándares internacionales.  Como Estado, las pruebas son de utilidad para estudios comparativos de cohortes, con la finalidad de planificaciones internas, punto final.  El problema es cuando los resultados de estas pruebas se utilizan con fines mercadológicos, lanzándolos sin ninguna contextualización a los padres de familia, quienes reciben y leen los resultados en blanco y negro.  “El colegio de mis hijos es mejor que el colegio de los hijos de mi cuñada y de mi vecino”; pensamientos perversos que seguramente rondaron la mente de algunos ciudadanos guatemaltecos.

Más allá de cuestionar o ventilar el top ten de los mejores colegios de la ciudad, como sociedad deberíamos cuestionarnos otras problemáticas que estos resultados evidencian: ¿De qué forma y con qué temporalidad DIGEDUCA – la dirección responsable del MINEDUC detrás de la prueba- entrega los resultados a los centros educativos? ¿Qué hacen los centros educativos con estos resultados, los utilizan para mejorar sus prácticas pedagógicas? ¿Son estos resultados entregados a los padres de familia (a quienes por principio, únicamente deberían interesar los resultados del propio establecimiento) como una medida de acceso a la información? ¿Cuántas personas laboran en DIGEDUCA y qué capacidad poseen para brindar seguimiento a los cambios que en teoría debieran realizar los colegios? ¿Cómo miden estas pruebas la formación integral de los alumnos?

¿Cómo garantizo que del “mejor colegio” salgan los “mejores ciudadanos”?

Como lo mencioné en una publicación anterior, “Lo perverso de este tipo de mecanismos es que le traslada la culpa al establecimiento y a las familias que pueden acceder a cierto establecimiento en particular, y no al Estado y  las políticas educativas que realiza por mejorar los resultados educativos.” (EditorialGT, 2012)

Y todo esto, porque nadie se cuestiona si el establecimiento educativo que hoy se posiciona en el puesto 30, hace dos años se encontraba en el 50 y durante estos años ha volcado todos sus esfuerzos en mejorar la calidad educativa del mismo.  Esos pequeños logros internos –como parte de un proceso- no son interés de nadie porque lo que vende, y vende bien, es que hoy dicho colegio se encuentra en el puesto 30 y tiene “encima” la carga de 29 mejores establecimientos educativos.  29 establecimientos con contextos y realidades propias y diferenciadas, que poco tienen que ver con ese centro educativo que ha logrado avanzar año con año.

Después de muchas reflexiones y vueltas en la cabeza, consideré oportuno realizar esta reflexión. Vueltas en la cabeza porque aplaudo que ContraPoder sea uno de los medios que esté tomando con seriedad el tema de educación en el país, cosa que pocos realizan.  Sin embargo, y como educadora, creo importante dialogar en torno a esta idea “de mercado” que publicaciones como estas pueden provocar. Habrá que complementarse con otras notas, como la explicación del porqué los centros educativos privados de acceso económico más alto puntean mejor –en general- que los de un menor acceso, la responsabilidad del MINEDUC en garantizar igualdad en las condiciones de calidad educativa para todos sus habitantes, entre otros.

A partir de allí, considero que las reflexiones podrán llevarnos finalmente a colocar el tema de la educación dentro del debate público.

* En la versión digital se incluye el listado de los establecimientos educativos. Sin embargo, se hace la anotación que en la edición impresa (a la cual personalmente no he tenido acceso, y por ende, es posible que mi análisis se encuentre incompleto) es posible acceder a otras reflexiones sobre: ¿Qué es la evaluación del Ministerio de Educación a los graduandos?, el análisis de “los 25 mejores y peores” y la educación pública, el mapa de su ubicación, lo que los padres de familia y los alumnos valoran más allá de los resultados y una entrevista a Miguel Ángel Franco, exviceministro de Educación, quien defiende, cuestiona y explica la utilidad de las pruebas.  Sin embargo, es importante reconocer que la mayoría de ciudadanos guatemaltecos seguramente se conformará con la lectura digital, y por ello, la necesaria reflexión.

 

Fotografía: www.roadcasesusa.com

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Editora. Creo que los momentos y emociones vividos junto a otros son los que realmente nos construyen en este mundo, más allá de las teorías y contenidos.
Politóloga, un poco escéptica, fiel creyente de la educación.

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    Ana Paredes / 25/06/2013 at 17:52 /Responder

    Te cuento que una reflexión similar tuve yo ( después sentirme orgullosa del no. 13 que ocupa el colegio en el que me gradué), y fue principalmente al darme cuenta de cuales colegios puntean entre los primeros 5 o 6 y percatarme que uno de esos, es de los formadores de las mentes femeninas mas retrógradas de Guatemala ¿Educación para qué y para quién? Bien lo ha recalcado muchas veces Andrés Zepeda en sus columna: Este sistema educativo está creado para generar borregos que sirvan al sistema y que garanticen el status quo y las dinámicas de opresión que vivimos en este país (racismo, clacismo, MACHISMO y muchos mas ismos).

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