Pamela Avilés/ Opinión/

Las mejores dudas vienen a nosotros después de una de esas conversación con amigos, familiares o conocidos; y es precisamente el caso que motiva esta columna. En repetidas ocasiones amigos y amigas llaman pidiendo consejo porque tienen problemas con su pareja. Al terminar la conversación con ellos, suelo escuchar frases como “es que tú no sabes lo que siento” o la típica “pero es que yo se que él es bueno en el fondo”. Con esto en mano, dediqué tiempo a leer sobre el amor como parte de la psicología humana, y es por eso que deseo explicar una cosa que muchos desconocemos y es que la razón es una parte necesaria para amar, así lo afirma Friedrich Nietzsche:

En el amor siempre hay algo de locura, más en la locura siempre hay algo de razón. 

El hombre ha sido considerado como un individuo que se encuentra en constante búsqueda de respuestas; de aquí surge, en gran medida, que la vida esté llena de clichés. Algunos de estos son la simplificación, en una expresión, de asuntos complejos de la vida. Sin embargo, hay otros que surgen con la misma intención pero resultan ser lo contrario a una simplificación y terminan siendo dañino para el ser humano. Uno de los clichés universalmente más renombrados se resume en frases como: “el corazón quiere lo que el corazón quiere” , “nadie escoge a quien amar” o el aún más popula r“no lo busques, el amor tocará tu puerta”.

Son estos clichés sobre los cuales se ha construido la cultura romántica de nuestros tiempos.

Estas frases nos han hecho adoptar una cultura de amor espontáneo y completamente emocional, una cultura donde la razón tiene absolutamente nada que ver, donde pensar no es amar, más bien una realidad en la cual el amor no se piensa, donde “nos dejamos llevar, porque así es el amor”. Se cree que amar es únicamente actuar y gozar cada momento en el que esa persona especial se encuentra a mi lado, y actitudes en donde se da por sentado que “si me ama, lo va a hacer sin pensarlo” o donde “lo amo y por eso no necesito saber más”.

Un amor de película, eso queremos. Un amor donde instantáneamente haya química, donde cosas como las finanzas, la profesión, sus creencias y valores no importan, porque todo lo que necesitamos es un beso apasionado bajo la lluvia, un “perdón” al son de una serenata, o una semana fugados en algún lugar donde vivimos una aventura de amor inigualable. Sí señor, todos soñamos con un amor tan emocional como ese. El problema es que el amor emocional, como se ha descrito en las líneas anteriores, no da lugar a la parte racional. Cuando amamos con el corazón y solamente con dicho órgano, tendemos a minimizar los defectos de nuestra pareja y alabar únicamente las cosas buenas.  Sin embargo, debemos considerar que en cualquier pareja encontraremos siempre actitudes y valores tanto positivos –que suelen ser los que compartimos y admiramos- como negativos –que son aquellos que nos lastiman, no compartimos y nos molestan-.

Cuando amamos con el corazón y la cabeza, aprendemos a distinguir lo positivo de lo negativo pero más importante aún, aprendemos a considerar si los aspectos negativos no son de mayor peso que los positivos; es decir que racionalmente buscamos que los valores positivos sean igual o más que los negativos, buscamos crear un balance. Ser capaces de crear este balance es escoger a quién amamos y a quién deseamos entregarle nuestro corazón. Así que básicamente todo se resume a que todos podemos y debemos escoger a quién amar, y para ello debemos hacer dos simples cosas: primero conocer quiénes somos, qué queremos y sobretodo nuestros límites, y una vez sepamos quiénes somos, sabremos los estándares que deseamos encontrar en nuestra pareja.

Cuando nuestro amor es puramente emocional, usualmente aparecen diversas situaciones que promueven ciertas problemáticas individuales que también pueden llegar a alcanzar los niveles sociales.

Así pues, y aunque parezca un poco fuera de lugar, es preciso promover la racionalidad en el amor para evitar posibles problemáticas individuales e incluso sociales. ¿A qué me refiero con esto? Bueno, cuando un hombre o una mujer se involucran en una relación que es en su totalidad emocional, la probabilidad de que dicha relación sea víctima de problemáticas como la violencia física y/o psicológica, son en verdad muy altas. ¿Por qué? La explicación es que si yo conozco quién soy, podré exigir y saber quién entra en mi vida, pero si no lo sé, no tendré estándares que buscar en mi pareja, y por tanto estaré más vulnerable a afrontar situaciones dominación, manipulación, e incluso violencia física dentro de una relación.

De acuerdo a la Ley para prevenir, sancionar y erradicar la violencia intrafamiliar (Decreto 97-96), “La violencia intrafamiliar constituye una violación a los Derechos Humanos, (…) debe entenderse como cualquier acción u omisión que de manera directa o indirecta causare daño o sufrimiento físico, sexual, psicológico o patrimonial, tanto en el ámbito público como en el privado a persona integrante del grupo familiar, por parte de parientes o conviviente o ex conviviente, cónyuge o ex cónyuge o con quien se haya procreado hijos o hijas”.

De acuerdo al Instituto Nacional de Estadísticas (INE), para el año 2012 se registraron 36,107 casos de violencia intrafamiliar, siendo la violencia psicológica y física las más comunes, y de estas, la psicológica es la superior. Así, es de enorme importancia que aprendamos a elegir a nuestra pareja y comprender que a pesar de que si, el amor necesita de las emociones, también necesita de la razón para evitar que nuestras prioridades emocionales nos lleven a basar nuestras decisiones únicamente en sentimientos. Claro, es importante mencionar también que las variables que pueden causar violencia intrafamiliar, son muchas, pero me atrevo a afirmar que evitar este fenómeno empieza reconociendo racionalmente si alguien es digno de nuestro tiempo y amor.

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