By Ricardo Diaz
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Como una bofetada en la cara, se puede interpretar la inclusión de Guatemala en la lista de países que no formarán parte de la “Cumbre de la democracia” a celebrarse el 9 y 10 de diciembre. Una triste y cruda realidad que nos identifica como un país de fachada democrática, pero de practicidad represiva y coercitiva. El contexto centroamericano evidencia que la democracia liberal progresista en el Triángulo Norte de Centroamérica, vive una crisis existencial en la cual, los únicos damnificados son la población.  

Las consecuencias no se han hecho esperar con la puesta en escena de la ley Renacer por parte de EE.UU hacia Nicaragua, son solo una muestra de la dura política exterior que se puede experimentar a nivel centroamericano, las alarmas y focos de atención deben enfocarse en retomar la ruta para el diálogo, búsqueda de soluciones y propuestas. Estas soluciones han quedado en el olvido de la realidad democrática actual forzando a la misma población a tomar otro tipo de medidas para ser escuchados.  

La democracia guatemalteca ha sufrido una serie de fragmentaciones que nos han dejado rezagados en las diferentes esferas de la sociedad. El mismo Estado se ha visto absorbido por la gran cantidad de demandas. 

La ciudadanía necesita respuestas que puedan ser materializadas en el corto plazo, el redireccionamiento para rescatar la esencia del sentido democrático debe ser un ideal y responsabilidad que no solo se debe dejar en manos de nuestros representantes.  

La pandemia ha demostrado la fragilidad institucional que se ha desatado en los últimos meses a través de decisiones y acciones que vulneran la práctica democrática.  

Resulta contradictorio, pero verídico, hablar de dictaduras democráticas ya que de alguna manera han servido de plataforma para el posicionamiento o renovación de gobiernos que se han amparado de prácticas ruines para seguir ejerciendo el poder, sin embargo, olvidan que el precio es demasiado alto y solo generan daños colaterales al largo plazo. 

El COVID-19 fue una oportunidad para los diferentes gobiernos para reivindicarse con la población, ya que era clave garantizar el acceso al sistema de salud y el derecho a vacunarse. Tristemente la realidad y experiencia indican lo contrario.  

Vivimos en sociedades que experimentan una pérdida de legitimidad gubernamental y política en la cual, los procesos de elección parecen ser solo formalismos y un oscuro disfraz, la nula credibilidad en aparatos estatales, populismos, represión y monopolización de poder son ingredientes puntuales para estructurar estados autocráticos del siglo XXI. 

Los pilares para un buen sistema político actual deben fundamentarse en una correcta retroalimentación entre gobernantes y gobernados a manera de crear un nuevo contrato social, que busque soluciones a problemáticas actuales, sin embargo, no se debe olvidar la racionalidad que se debe ejercer para elegir con criterio. 

En simples palabras, salir del mito de solo votar sino elegir con el único objetivo de romper con el mito de que los estados democráticos se han convertido en una utopía. 

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