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Wanda León/ Opinión/

A todos nos ha pasado que deseamos realizar alguna actividad que es de nuestro agrado y con la cual nos sentimos identificados, sin embargo,  dependemos de la opinión y la autorización de otras personas cercanas a nosotros, como lo son nuestros padres, tutores y autoridades educativas, para poder ejecutarlas sin causar alguna conmoción, sino un efecto positivo en la persona y su entorno. En ciertas ocasiones, nuestras acciones no son bien percibidas por estas personas y no se nos permite continuar realizándolas. Esto puede darse debido a problemas personales, problemas académicos e incluso legales; algunas veces estas disposiciones son acertadas, pero hay ocasiones en las que no hay una razón considerada aceptable y que deja ciertos espacios de incertidumbre.

Es en ese momento, en el que la persona debe tomar la decisión de continuar obedeciendo el mandato que le fue dado, o confrontar esta disposición con los argumentos que considera adecuados y defender sus convicciones.

Durante mi infancia estudié en una institución que llevaba a cabo responsabilidad social, dirigida específicamente a las personas de la tercera edad que viven en las calles. Como estudiantes fuimos introducidas hacia esta experiencia como factores importantes en el desarrollo de la misma, por lo que compartíamos con ellos el almuerzo, juegos de mesa y momentos en el que ellos nos relataban historias de sus vidas y sobre sus familias. Asimismo, en esta institución se admiten personas con capacidades diferentes así como estudiantes con Síndrome de Down, esto facilitaba el desenvolvimiento de estas personas y las hacían sentirse iguales al resto de nosotras.

Luego comencé mis estudios universitarios en la Universidad Rafael Landívar, donde ofrecen diversas actividades para el desarrollo humano, espiritual, de convivencia estudiantil y de responsabilidad social. El primer año estudiando allí, me involucré en un proyecto de construcción de casas para personas afectadas y sin posibilidades económicas. Sin embargo, al poco tiempo de haber iniciado me fue prohibido continuar realizando esta actividad. Pasaron algunos años y participé en otras actividades dentro de la universidad, como lo fueron clubes y deportes, pero seguía existiendo en mi interior un vacío que a pesar de lo que hiciera, permanecía.

Así continuó esa sensación hasta que llegué al cuarto año de mi carrera, cuando me di cuenta que me faltaba algo, que lo había estado dejando a un lado por mucho tiempo y que ya no podía hacerlo más.

Fue en ese momento cuando tuve que expresar la situación a mi padre, ya que él era el que no permitía que yo me desenvolviera en ese campo. No fue rebeldía, mucho menos superioridad lo que demostré, si no hacerle ver lo importante que era para mí poder realizarme como persona en todos los aspectos, y que esa actividad era fundamental para llevarlo a cabo. Él se mostró sorprendido de la madurez con la cual abordé el tema y expresó su alegría porque yo luchaba por lo que anhelaba, que mis convicciones eran acertadas y que estaba de acuerdo en que comenzara nuevamente a formar parte de la responsabilidad social en la universidad.

Con la respuesta positiva de mi padre, me acerqué al Voluntariado Social Landivariano (VSL) y me aconsejaron asistir a una fundación para personas con Síndrome  de Down. Mi experiencia no podría haber sido más gratificante, ayudaba a maestras de la Fundación Margarita Tejada a impartir clases donde aprendían a hacer diferentes manualidades para la venta de esos mismos productos y desarrollar en ellos diversas habilidades. Allí conocí a Fernanda, una joven de 20 años de edad, la hija mayor de cinco que son en su familia; es sumamente trabajadora, coqueta, optimista, cariñosa y perseverante en todo lo que realiza. Nunca olvidaré una ocasión cuando estábamos en el taller de cibaque haciendo un individual y yo debía asesorarla. Hubo un momento en que traté de tomar el individual para hacer una parte que ella no podía; Fernanda tomó mis manos y me dijo: “no, yo quiero aprender a hacerlo”. Quedé impactada por sus palabras y su miraba al hablar, quería ser ella quien lo hiciera y tenía la certeza que lograría hacerlo. Al igual que esa ocasión, Fernanda logró realizar todas las actividades que le fueron dadas durante ese año. Por mi parte, fui aprendiendo cómo comportarme y qué es lo que debo hacer en un voluntariado, esto gracias a las formaciones que nos da el VSL durante todo el año para garantizar una buena labor y continuar la lucha por cambiar Guatemala, y brindar oportunidades desde una pequeña semilla que cosechamos día a día en los diferentes proyectos que tiene.

En la vida, personas cercanas tratarán de guiarte por caminos que creen es lo más conveniente, habrán muchos y de diferentes tipos, pero está en ti comprobar cuál es el mejor; como persona inmersa en un mundo donde no puedes existir sin la ayuda de otros, donde el trabajo en equipo es crucial, donde las oportunidades no son equitativas y donde las necesidades están a flor de piel.

Seguir tus convicciones y más aún defenderlas, es una misión que solo tú puedes realizar.

 

 

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