Victor Abel Rojas Calderon
Ayer no durmió bien.
Casi era medianoche cuando puso su rostro sobre la almohada. No supo cuándo se durmió. Recuerda haber soñado con el tiempo. No fue un reloj lo que vio en sus sueños, fue un río que tenía su propio ritmo; eso lo dotaba de la bella capacidad para danzar con el día y acariciar a la noche. No sabe cómo terminó el sueño, porque lo despertó la alarma del reloj.
Al levantarse, aún no había salido el sol, la ciudad pernoctaba. Tomó un baño caliente, se vistió, se peinó, guardó algunas galletas en su mochila y se preparó para salir. Todo lo hizo con un adormitado deseo por llegar al parqueo para seguir durmiendo.
Manejó sin lucidez, su mente seguía obtusa por el ciclo nocturno. Algunos conductores se le cruzaron imprudentes; no se atrevió a bocinar, aún no era el momento para irrumpir las calles con tal estruendo. Al madrugar, logró escapar del caótico tránsito y cruzar con agilidad la ciudad. Por fin llegó a su destino, a su primer destino, aún le faltaba llegar a muchos otros lugares…
Permanecía la oscuridad y eso le pareció perfecto; retomó el descanso, se durmió en su carro mientras llegaba el momento de dar inicio a la jornada. Soñó con un bosque oscuro en el que caminaba en busca del río; anhelaba verlo y sumergirse en él. De nuevo, desconoció el fin del sueño, sonó la alarma.
Se bajó del carro con su mochila en la mano. El sol ya había salido, pero él no se percató de ello. Caminó adormitado, azonzado y cansado. Confiaba en que algún día, en sus sueños, lograría llegar al río y adquiriría esa bella habilidad de bailar con el tiempo, danzar con la naturaleza.
Ahí va.
No está seguro de cuándo está despierto, porque se siente dormido cuando abre sus ojos.
No está seguro de cuándo está dormido, porque se siente despierto cuando concilia el sueño.
Y si no está seguro de cuándo está despierto y de cuándo está dormido, ¿cómo puede estar seguro de cuándo vive o muere?
