By Brújula
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Mauricio Rosales/ Colaboración/

Hablar de racismo en Guatemala pareciera ser una realidad del diario vivir. Pensar en racismo, en este país, es tan natural como ver la luz del sol cada vez que otro día se aproxima; tan simple y sencillo como observar los billetes que circulan en cada rincón, o como dar un paseo por la Avenida Reforma ¿quiénes son los personajes que allí aparecen? ¿habrá dentro de ellos algún indígena? Evidentemente, no. Son todos hombres “notables” y “prestigiosos” que aportaron a la historia de este país sus conocimientos y permiten reconocer a la Guatemala de hoy en día.

Es lo que es, estamos constituidos, pensados y educados a partir de una sociedad clasista y racista.

Este fenómeno, ha sido llevado ya a un nivel puramente psicológico en la sociedad guatemalteca; atravesando, desde su nacimiento, en la oligarquía, hasta las clases bajas y pobres, pero jamás “indias”. Seguimos reproduciendo las mismas lógicas racistas que no nos permiten aceptarnos como un país multiétnico y con suma riqueza cultural. El proyecto oligarca-racista ha logrado enraizarse en todas las castas de esta sociedad. Creería necesario poder remitirnos a la creación del concepto “ladino” como la negación de lo “indio” y todo lo que pueda estar relacionado con este. De esa manera, la ladinización permitió el marginar, de manera desmedida, a los pueblos indígenas. Este proyecto, que alcanzó su cúspide en la Reforma Liberal de 1871, dejó como resultado, el auge de una categoría que no tendría nada que ver con aspectos étnicos, ni culturales, sino más bien sociales. Nos han inventado imaginarios para hacernos creer que lo indígena es inferior, ínfimo; que las personas que pertenecen y se identifican con esta clase social, tan igual como las otras, son los residuos y escorias del país en el que vivimos.

“El indio es shuco, es haragán y grosero”.

¿Hasta cuándo hemos de ponernos en su lugar? ¿Cuándo comprenderemos su ideología, su estilo de vida y sus costumbres que nacen a partir de la explotación, la servidumbre y la marginación? Pero, desde luego, fundamentalmente debemos reconocer que hemos legitimado al racismo como un mecanismo de defensa, no solo estatal, sino que también social. Nos hemos aprovechado de nuestra “blancura” o de nuestro “mestizaje” para abusar y aventajarnos de los menos desfavorecidos, de aquellos que son tan guatemaltecos como nosotros.

La instauración del Régimen Liberal permitió, entre otras cosas, mecanismos de explotación hacia los indígenas, desvalorizando todo aquello que pudiera relacionarse con ellos. Desde sus formas de vestimenta y costumbres hasta sus formas de justicia y jurisdicción. Dicho sistema, logró instaurarse y mantenerse, diría hasta la fecha, en los modelos de Finca; espacio que consolidaría las relaciones sociales y permitiría al Estado manejarse bajo los criterios serviles, de mano de obra barata y paternalismo. Pero no podemos dejarlo como algo muerto, o de exclusividad para la finca en la actualidad, sino que también verlo como algo presente en cada ámbito y espacio de las relaciones sociales en la cotidianidad que vivimos actualmente, en el siglo XXI.

¿Desde cuándo lo indígena es menos que lo occidental?

Es precisamente lo indígena lo que nos avergüenza; ¿por qué estudiar un idioma maya, habiendo tantos otros idiomas importantes? ¿por qué aceptar un sistema de justicia que no está regulado ni escrito? Son solo algunas de las preguntas que nos permite ver la intencionalidad de siempre occidentalizar lo indígena; siempre traerlo a las corrientes de las cuales hemos aprendido de este sistema perverso, encerrado y conservador. Desde luego, lo indígena es tan auténtico y genuino como lo occidental tanto en sus costumbres, cosmovisión y formas de organización.

¿Qué tanto estamos dispuestos a analizar para terminar de reconocer que los indígenas son parte de esta tierra? No podemos quedarnos de brazos cruzados permitiendo que la imperante idea racista prevalezca por más tiempo en nuestra sociedad. Todo guatemalteco tiene derecho a una vida digna, no importando la forma en que se viste, el lugar donde vive o el idioma que hable. Terminemos de una vez por todas de legitimar el discurso que nos presenta el ser indio como la máxima expresión de falta de educación y escoria de la sociedad. Es hora de cambiar nuestra argumentación, la forma en la que hablamos, la manera en que vemos a los demás. Estar orgullosos de nuestro país, es estar orgullosos de lo que en él habita; sentirnos orgullosos de nuestra riqueza, no solo natural, sino humana también. Basta ya de llamarnos “indios”, de denigrar a otros sin conocer sus realidades, sin dejar de ser humanos y saber que todos, absolutamente todos, tenemos el derecho de ser tratados de la misma manera.

A las cosas por su nombre, y yo, me siento orgulloso de ser parte de un país con pueblos indígenas que reivindican sus derechos aún cuando gran parte de los ladinos les dan la espalda. No quiero seguir siendo parte del juego dicotómico que atribuye el Estado a los “blancos” y la nación a los “indios”; me resisto y me niego a seguir reproduciendo las prácticas racistas en una sociedad y un país que busca salir adelante cada día más. Porque no podemos esperar resultados diferentes, si seguimos haciendo lo mismo.

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