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La Anónima / Opinión /

Al igual que Pablo Rodrigo, un joven que despertó de un coma después de escuchar a Wisin y Yandel, el reggaeton vino a cambiar mi vida y mejorarla.

Yo era de estas chavas que decían “qué asco el reggaeton, es música para ignorantes”, y disfrutaba sentirme superior por no escucharlo. Me regocijaba en mi círculo cercano por escuchar música clásica y poco conocida para la mayoría, me sentía especial. Una especie de pseudo hipster con aspiraciones clasemedieras.

Hasta que un día, un amigo gay me tocó y mi mundo cambió por completo.

Estábamos en una fiesta, todos bailaban al ritmo de lo más sabroso y candente del reggaeton moderno. Mujeres encima de hombres, hombres encima de mujeres, dándose la mano, tocándose la cadera, sintiendo su piel. Yo estaba incómoda en la esquina, observando la danza del sabor.

Estaba incómoda, porque desde pequeña me enseñaron a desconectar mi cuerpo con mi mente. Mis padres no me hablaban de educación sexual, pero sí me hablaban de las violaciones y cómo, por ser mujer, era una posibilidad que debía evitar. Escuchaba historias y anécdotas de mujeres violadas y cómo habían logrado salir adelante. Una de estas historias me cautivó, era sobre una señora que había sido secuestrada y violada, pero ella estaba tan concentrada en no sentir que durante toda la violación, ella estaba perdida y no tenía trauma de ello.

Me impactó y comencé a buscar artículos para dejar de sentir, quería lograr esa desconexión entre cuerpo y mente. Después de un tiempo, lo logré. Era incapaz de sentir cansancio, hambre o siquiera las ganas de ir al baño. Mi mente y mi cuerpo iban en diferentes direcciones.

Ya no me daba miedo ser violada.

Pero en esta fiesta, algo cambió. Mi amigo, que se identifica como “gay”, me dijo que bailara con él y se comenzó a pegar. Jamás había bailado pegado y las únicas fiestas a las que asistía, lo único que me interesaba era la comida, detestaba la idea de tocar la mano sudada de otro ser humano. Cuando me negué a bailar pegado, me comenzó a tocar y me dijo: “soltate”.

¿QUÉ SIGNIFICA ESA PALABRA?. Me la habían dicho por tantos años, que era tan “stiff”, tan controladora y que solamente tenía que aprender a “soltarme”. Pero nunca había entendido a qué se referían, ¿cómo se suponía que me tenía que soltar?. Me encontraba en un espacio protegido, él no me iba a violar, él ni siquiera sentía placer de tocarme, no era lascivo el baile, entonces decidí bailar pegado y aprender. Mi amigo me daba vueltas, me enseñaba a deslizarme entre sus piernas y por primera vez, me solté.

Aquí empezó la adicción. Había perdido tantos años de cultura general de reggaeton y tantas fiestas, que me di cuenta que yo no sabía bailar. Así que empecé a practicar con el espejo y en ropa interior. Me vestí como las mujeres en los videos de reggaeton.

Los miraba e intentaba imitar los movimientos, pero me di cuenta que mi cadera estaba “trabada” y que era imposible que se moviera de forma sensual. Sin embargo, de tanto practicar durante meses  llegué al punto de lograrlo, por fin.

Sentí la liberación más grande de mi vida, todos mis miedos y prejuicios aprendidos se caían frente a mis ojos. De repente, mi cuerpo ya no era tan desagradable como antes, me sentía atractiva, valiosa y empoderada. Entendí la música, el movimiento y cómo acciones físicas pueden provocar cambios mentales.

Yo era la ignorante cuando rechazaba la música sin conocerla, yo era la que tenía los prejuicios. Al escuchar la letra, me di cuenta que la mayoría de las canciones alababan el cuerpo femenino y le daban el poder de decir qué quería y cómo lo quería. Para el reggaeton, es normal que una mujer tenga líbido, que tenga una sexualidad y que tome el control.

Desde entonces, el reggaeton es parte de mi vida, y nunca me había sentido tan libre y tan feliz de poder disfrutarlo.

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