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María Alejandra Morales/ Opinión/

La idea de convertirse en un adulto se presenta de diferentes maneras en el transcurso de la vida. Durante la infancia es casi un fenómeno desconocido, los “grandes” son la representación más exacta que tenemos de protección y cuidado. Durante la pubertad más bien parece algo fastidioso, repetitivo y aburrido, seguramente ese ritmo de vida no encaja tan bien dentro de la rebeldía de la mente de un puberto. Con el desarrollo de la juventud llegan a desarrollarse una serie de eventos que nos confunden, emocionan y alertan sobre lo que viene. Actualmente, a mis 21 años, me he chocado de frente con mi futuro, ese tipo desconocido que aparentemente estaba tratando de ignorar. Es muy fácil hacer planes a largo plazo, claro sin estar trabajando para concretarlos aún, pero hoy el futuro me dice “es tiempo ya”. Creí que este momento nunca iba a llegar, el momento en que los alumnos de primer año de la universidad tuvieran la edad de mi hermano más pequeño, y pensar que hace tan poco estuve ahí.

Esa fase de crisis existencial, supongo, es absolutamente natural.

Mientras comenzaba mi penúltimo semestre este año, empecé a darme cuenta que ya no era una niña, ya me había percatado de eso antes pero nunca había examinado a profundidad mi situación actual.  Pequeñeces como sentirse muy independiente porque genero mis ingresos o porque ya no pido permisos, porque tengo conversaciones “de adultos” con mis papás, o porque mi identificación me permite pedir bebidas alcohólicas en cualquier lugar del mundo ¿Parece muy cool verdad? Honestamente, creo que no me imaginaba que mi vida sería así a esta edad. Muy habituada al estilo chapín, esperaba bastante menos independencia en este punto de mi vida. Aunque debo admitir que a veces extraño poder sacar a todas luces la niña que aún existe en mí.

Hoy cada vez más, los roles que desempeño me exigen actuar como una mujer madura. Prácticamente solo cuando estoy con mis amigos puedo dejar de ser la “yo madura”, para pasar a convertirme en lo que coloquialmente se conoce como “güira”, lo cual no me molesta ser en absoluto. Creo que algo esencial para sobrevivir a ese momento de crisis, es no dejar de ser lo que en verdad soy, ser auténtica. Obviamente vendrán momentos de confusión, porque los he tenido y muchos, en que se hace necesario encontrar ese término medio que me permita conservar a mi niña pero responder como mujer.  He aprendido lecciones muy valiosas en los últimos meses, definitivamente una de ellas ha sido que no hay imposibles, tampoco malestares eternos.

Cada uno de los objetivos que nos proponemos son alcanzables, es natural y comprensible la incertidumbre y el miedo, lo que no se perdona es dejar de tratar.

Si me pusieran a escoger entre qué quiero ser, si la niña inmadura o la mujer, les diría que elijo ser yo. Mis actitudes a larga van a definir lo que soy y lo que pretendo ser. Puedo molestar, jugar y bromear como güira, pero también sé actuar como lo que voy a ser, una profesional. La vida no es un juego pero le gusta jugar, la única regla es no dejarse de divertir en el trayecto.

Es necesario promover una cultura de autenticidad y como primer paso tomo la decisión de no apagar la niña que hay en mí, para que cuando que cuando trabaje no se me olvide que para ser única hay que hacer las cosas con ilusión, creatividad y pasión.

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