El y Ella

Fotografía tomada en Comitancillo, San Marcos por Charles Hope, 2013.

Ana Raquel Aquino / Opinión /

Las metáforas pueden ser engañosas; hacen pensar a la gente que entienden algo cuando en realidad solo entienden cómo sería.

El pénsum de Derecho incluye hacer prácticas. Casos reales. Con situaciones de las cotidianas, por lo menos en Guatemala. Este es el relato de la historia de doña Jacinta y don Sergio*. Me asignaron el caso hace un mes. Doña Jacinta es de Jalapa, don Sergio de la capital. Se conocieron y decidieron casarse. Unirse el día del cariño un año después que yo nací. Al contrario de lo que todos pensarían no es una historia dramática. Es la normal, la permitida socialmente, la de siempre.

Las cuentas salen así, llevaban: veinte años de casados, dos hijos, una casa, un negocio, problemas de comunicación y alcoholismo por parte de don Sergio, derroche de dinero y machismo. Hace seis meses doña Jacinta inició un proceso para solicitar medidas de seguridad en contra de su esposo. ¿La razón? Él se fue a vivir con otra. La vecina es ahora “su mujer” para rematar con el cliché. Ahora tiene dos hijos más de esta nueva unión. Curioso, cuenta doña Jacinta, que por las noches a don Sergio le daba una especie de nostalgia y quería regresar a “su casa” como él dice. Así que a ella no le quedó más que evitarle la entrada por las madrugadas. A él le daba por ir a dormir a la par de ella, sin previo aviso. Supongo que el juzgado tenía razón al otorgar las medidas de seguridad. Por el momento don Sergio no puede estar cerca de ella o de la casa que ambos construyeron desde aquel día del cariño.

Ahora el objetivo de doña Jacinta es pedirle a don Sergio que le “ayude” con ochocientos quetzales al mes para su “subsistencia”. Aquí es donde entro yo. Mi trabajo es llegar a un acuerdo con don Sergio, que beneficie a ambos y sea un respaldo escrito solo por si él ya no quisiera seguir pagando.

Ella no llegó a sexto primaria. Él maneja un negocio que según él no le da para pagar la nueva renta con su nueva mujer e hijos –en sus palabras-. Entiendo la mirada vacía de doña Jacinta, lo quiso. Él la defraudó, reincidió en la historia de su infancia; desenterró sus miedos.

Ella cuida a un bebé por las mañanas. Gana el salario mínimo dividido tres. A sus cincuenta y cuatro años debe ser difícil estar cuidando a un bebé de meses. Además en la última reunión me contó que había pedido un préstamo y utilizó el espacio del garaje para abrir una tiendita.

La felicité por ser una supermamá, conozco a varias y soy hija de una.

Conté la historia a varias personas, algunos estudiantes y abogados, de aquellos de sangre fría; no tanto por lo que han hecho sino por lo que han visto. ¿Drama? Ninguno. Esto es lo frecuente, lo usual decían mientras yo no entendía a qué hora me había transportado a la dimensión pesimista, a este país sin salida. Aseveraban conformistas, como si no existiese posibilidad que les pasara a ellos. “Diga que no le pega” replicó alguno. Aquí es alivio saber que siempre puede ser peor.

Lo cuento no por novedoso sino por trascendental. Siempre he creído que los detalles encierran el todo; que analizando el caso concreto podemos saber si garantizamos los derechos mínimos que la norma general otorga; que los derechos fundamentales son normas relativas, nunca absolutas, susceptibles a la adaptación de la sociedad, a su evolución como humanidad.

Pero hemos fallado como sociedad el día que estos casos son lo habitual. El día, como hoy, que aceptamos estas problemáticas no como excepción sino como regla. El día que mentalizamos el estar agradecidos por nuestra situación porque pudo haber sido peor. Casi nunca se habla de lo que puede estar mejor.

Pero, admitámoslo, yo no tendría caso si don Sergio supiera de su obligación de brindar alimentos a doña Jacinta, su esposa.

Yo no tendría caso si la economía fuera lo suficientemente buena como para que doña Jacinta pudiese vivir de su negocio, trabajo o jubilaciones. Yo no tendría caso si a ambos les hubieran dado una educación, no solo de calidad sino de superación. A lo mejor yo no tendría caso si don Sergio no derrochara todo su dinero en bebidas alcohólicas y por esto doña Jacinta decidió echarlo de la casa y gracias a eso ahora ella se gana el título de mujer valiente en vez de víctima. Yo no tendría caso, y probablemente habría menos trabajo para tanto abogado, si el Estado hiciera su trabajo en vez de estar delegándolo a entidades privadas, por falta de tiempo o capacidad, da igual. Yo no tendría caso y espero ya no tener este en poco tiempo si la justicia llegara, sin tantas formalidades, más eficiente y de manera inmediata.

La empatía nos hace humanos, ningún caso es un caso más. Ningún caso debiese pasar desapercibido. El sistema somos todos, cada historia nos pertenece como sociedad. Ella y él también somos usted y yo.


*Utilicé nombres ficticios para este relato. 

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