José Pablo Febrero 1

José Pablo del Águila / Opinión /

Pienso en las víctimas de Sepur Zarco e inmediatamente se me viene la mente el caso de Cristina Siekavizza. Desde un punto de vista superficial, estos dos hechos trágicos parecen estar en caminos distantes y paralelos. En ambos casos varía la sindicación de los delitos, pues en uno se juzga por femicidio y en otro por agresión sexual, entre otros. Sin embargo, sí es posible realizar una comparación de ambos y el ejercicio de contrastar el uno con el otro puede llevarnos a una conclusión provechosa.

Hagámoslo. Escudriñemos lo que tienen en común la incógnita del paradero de Cristina Siekavizza y las constantes violaciones que sufrieron las mujeres q’eqchíes. Veamos, en ambos casos fueron hombres –en uno un civil y en el otro un grupo de soldados-  los que violentaron la dignidad de una mujer. Aquí hay, entonces, una primera similitud: la mentalidad machista como fuerza motora que incita a los individuos reducir la naturaleza de la mujer, creyendo que con su cuerpo se puede hacer lo que se dé la gana, desde violarla hasta matarla a golpes, si el don considera que así lo amerita.

Pero cuál es el fin de estar comparando ambos casos, se preguntarán algunos. Bien, la respuesta a esa interrogante está en observar con detenimiento una interesante tendencia. Recuerdo bien que cuando los medios de comunicación –en una decisión muy acertada, debo recalcarlo-  atiborraron sus planas con detalles de lo que le había ocurrido a la señora Siekavizza y muchos de mis allegados clasemedieros para arriba (de esos que se visten con ropa de marca, que van a la Universidad privada, que viven en residenciales descomunales y que pasan su día pendientes de la jornada futbolera del fin de semana –no estoy juzgando a nadie, conste-) asumieron un papel inusitado de indignados. Algunos, aunque de forma muy tibia, se sentían preocupados por el caso y este era tema de conversación frecuente entre amigos. Seamos honestos, no es muy común que los que tuvimos –me incluyo- la oportunidad de asistir a colegios privados hablemos de las noticias del día. ¿Por qué, entonces, sí nos preocupamos por este trágico suceso? ¿Será porque en este caso la víctima era ladina y vivía en un residencial?

¿Se sintió intimidada la élite al darse cuenta de que sus seres queridos mujeres también eran vulnerables a sufrir tal agravio? Todo parece indicar que sí.

Pero ahora trasladémonos al otro plano, al de las mujeres q’eqhíes que dicen haber sufrido violaciones por los soldados y a quienes el Ministerio Público respalda. Ellas también son mujeres, al igual que Cristina, y ciertamente su caso no ha tenido la misma suerte para estar presente en las conversaciones de nosotros los clasemedieros. ¿Por qué? ¿Será porque las mujeres q’eqchíes tienen tez morena o porque visten trajes regionales?  Todo parece indicar que sí. Es incómodo reconocerlo porque demuestra que, como buenos chapines, nos basamos en criterios de clase para elegir de qué luchas nos apropiamos y de cuáles no. Entonces, los criterios son: si y solo si vive en un residencial (o por lo menos en el casco urbano), si su tez no es tan morena, si va al mall a comprar su outfit y frecuenta Cayalá, Oakland, Miraflores, Pradera, etc. (o por lo menos ha ido alguna vez), entonces merece que nos preocupemos de su situación (y con suma ligereza, vaya consuelo).

En virtud de lo susodicho, resulta imprescindible que los que conformamos parte de esa élite –me incluyo nuevamente-, que tiene la oportunidad de haber estudiado en centros privados, de ir a la universidad y vivir en bonitos residenciales, adopte una postura de autorreflexión respecto a los trágicos sucesos que han ocurrido en nuestro territorio y que nosotros, deliberadamente o no, hemos contemplado. El país vivió un conflicto armado interno, donde hubo represión y atrocidades de parte del Estado. Particularmente en el caso de Sepur Zarco, quince mujeres indígenas fueron esclavizadas y violadas, a veces frente a sus hijos. Sus esposos fueron desaparecidos y a ellas no les quedó de otra que someterse a las voluntades inescrupulosas de un grupo de soldados, enfermos o no, quién sabe. Si esto no nos parece suficiente motivo para incluirlo en nuestros temas de conversación, realmente es un indicio de nuestro asombroso nivel de cinismo.

Es un imperativo moral que adoptemos una actitud solidaria con quienes han sufrido agravios.

Reconocer que en el pasado hubo violaciones a los derechos humanos no debiera de ser razón para ser tachado de izquierda o algo por el estilo, pues las ideologías sirven para orientar el quéhacer público y no para interpretar hechos del pasado.

Dicho lo anterior… Por Cristina Siekavizza, por las quince mujeres q’eqchíes, por el joven Molina Theissen y por todos los que en su momento fueron violentados, ¡¡¡Exijamos justicia!!!

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